Vuelta de tuerca

Desde siempre los pueblos afrontan tiempos calamitosos ante los cuales hay dos caminos: la conformidad con sus circunstancias ó la resistencia y búsqueda de un ideal que se oponga a la iniquidad. Como respuesta a una época en que imperaba la injusticia, al hidalgo don Quijote de la Mancha le da por salir a luchar por el reino de la justicia desde su anacrónica postura de caballero andante. El mismo hombre cuya vida a sus avanzados años no había tenido sentido, lo encontrará en sus aventuras fantásticas en compañía de Sancho Panza, su fiel seguidor y alter ego.  

Con el Quijote se inaugura la época del héroe problemático perdedor modificando la perspectiva acerca de la locura y la razón. Al margen de la profundidad y riqueza de la obra, es un recurso ágil recuperar reflexiones de sus personajes en sus andanzas y retos, como los que se le plantean a Sancho cuando habrá de tener el gobierno de una ínsula. Don Quijote dice de su escudero y le da consejo: “Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento; tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo y créelo todo; cuando despeñar de todo, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno,  como el rey con sus alcabalas; y más, que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y  no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare”.    

Con el tiempo cambian los personajes pero persiste en la humanidad el asedio de las injusticias y las malas prácticas, al punto que en algún momento y lugar, el temor y el enojo de los individuos afectados se alzan en un solo clamor. Se retroalimentan en su inconformidad y se cohesionan, pero también surgen convicciones y fantasías colectivas que se perciben como hechos reales que no admiten contradicción. Allí, algunos personajes que se convertirán en líderes o redentores encuentran espacio propicio para exacerbar los ánimos y conducir a confrontaciones u objetivos con fines políticos. Y como se ha visto, el éxito de su discurso radica en generar emociones antes que en una demostración de la razonabilidad y veracidad de su contenido. 

Con el discurso se impulsa una fuerza emocional tal sobre un pueblo, que en algún momento éste resuelve dar una vuelta de tuerca a su acontecer. Puede ser que dicho giro sea eficaz para enderezar el rumbo y alcanzar un objetivo viable y adecuado, gracias a mensajes sinceros y veraces. O puede llevar a mal puerto cuando por generar emociones el pueblo pasa de largo mentiras o proyectos irrealizables, con tal de subirse al tren de la fantasía. Fantasías que llegan a ser confundidas con ideas  y propician una nueva frustración. 

La publicación Líder, héroe o villano: los protagonistas del mito populista de la autora María Esperanza Casullo, refiere las características del mito populista y los tipos de lideres que buscan conducir a un pueblo y convencen encarnando a los indignados y su protesta. De acuerdo con este estudio, el mito populista tiene un héroe dual: el pueblo es el héroe colectivo, que no puede organizarse por sí solo para alcanzar sus objetivos a largo plazo, y el líder populista que acompaña y guía al primero. Este último se percibe como redentor para hacer presentes a los seguidores y luchar contra el opresor o agresor. Estos líderes “se presentan como outsiders, es decir, como alguien que viene “de afuera”, incontaminado por los vicios de la “partidocracia” o el establishment, que se ha visto casi forzado a entrar en la política debido a la indignación moral” por el sufrimiento del pueblo y la traición de la élite. El líder acicateado por un deseo de servir no le debe nada a nadie en términos políticos, salvo a sí mismo. 

La autora trae tres modelos típicos de líderes populistas: el militar patriota, el dirigente social y el empresario exitoso; en síntesis: el militar patriota, modelo del siglo XX en la región, tal como Getulio Vargas, Perón, Juan Velasco Alvarado, Omar Torrijos y Chávez, que por su sentido patriótico supuestamente se vieron obligados a entrar en la política. El dirigente social que surge del activismo en movimientos sociales de distinto tipo, punta de lanza contra dictaduras en América Latina en los años 70 y 80. En los años 90 de la lucha antineoliberal surgen movimientos de trabajadores, rurales y de militancia social por la vía democrática, con líderes como Lula Da Silva, Morales, Fernando Lugo y Rafael Correa. En España, el partido populista de izquierda Podemos, formado en el movimiento de indignados por medidas con ocasión de la crisis financiera de 2008. El empresario exitoso –entre los más relevantes Silvio Berlusconi en Italia, Trump en E.U., Sebastián Piñera en Chile, Mauricio Macri en Argentina, Pedro Pablo Kuczynski en Perú – concibe el país como una “empresa” que debe saber hacer sin las complicaciones de la ideología, y aprender sobre todo a “no gastar más de lo que se gana”. El valor moral es del de la racionalidad instrumental vinculada al desempeño en el mercado, al “éxito” individual que esa persona se siente obligada a devolver a la sociedad.  

En cualquier caso y hasta la actualidad son líderes con fuerte oposición a los que la historia termina pasándoles factura. Sin embargo, ellos son inevitables más aún cuando estos personajes tienen a su alcance redes sociales para disparar contenidos a su conveniencia. La bondad del mensaje a  sus seguidores y la conducción hacia justos y debidos objetivos, es responsabilidad de los líderes. Y es responsabilidad del pueblo y de quienes los representen sobreponerse a las emociones para evaluar con la razón los antecedentes de los líderes, y los elementos necesarios para determinar su sinceridad y coherencia con sus proyectos. 

Referencia. María Esperanza Casullo. Líder, héroe o villano: los protagonistas del mito populista. Nueva sociedad. Buenos Aires. Agosto 2019. 

Foto de Pixabay

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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