Pasar el puente

Un río en muchos casos es una frontera natural que separa dos mundos. Aún cuando se trate de Naciones autónomas con sus propios regímenes políticos y económicos,  en ambos lados del río sus pueblos tienen antepasados comunes y sus territorios colindantes comparten una misma realidad histórica y geográfica. Para superar el obstáculo natural se tienden puentes que invitan a transitar de un lado a otro en aras al intercambio cultural y comercial que su cercanía demanda.

Los puentes son símbolo de transición y también de tensión. En América ello podría decirse del puente sobre el río Bravo entre México y Estados Unidos y del puente Simón Bolívar sobre el río Táchira entre Colombia y Venezuela. A través de ellos se ha visto el éxodo de poblaciones ante su crítica situación económica y política que los sume en una pobreza extrema, sin oportunidades de trabajo ni seguridad. En algún momento hombres, mujeres y niños, con un morral por todo equipaje deciden emprender el camino e iniciar una travesía pasando puentes o atravesando peligrosos caudales del río, ó escondidos entre las trochas, tras el sueño de un futuro para ellos y sus familias.

Pies para qué te tengo es un libro que reúne testimonios de venezolanos refugiados y migrantes en varios países,  fruto de una investigación realizada por Red Clamor con el apoyo de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). Estiman que más de cinco millones de ciudadanos venezolanos han salido de su país hacia otras Naciones ante la pobreza y falta de recursos para atender sus necesidades básicas. Se calcula que hay más de 1.7 millones de migrantes en Colombia entre regulares e irregulares, en el Valle del Cauca 88.850 y en solo Cali 59.343, aproximadamente. “Pies para qué te tengo” es la frase coloquial de los venezolanos que expresa su determinación de salir de Venezuela hacia un destino incierto. El libro permite acercarse a una realidad y ponerse como se dice, en los zapatos del otro, gracias a los testimonios allí recogidos que nos hablan de sus tantas experiencias y penalidades. El hambre, la xenofobia, la discriminación, la falta de un lugar donde dormir le siguen al dolor de dejar su patria: “Yo me acuerdo que iba cruzando el puente en Cúcuta, y yo miraba hacia atrás y me quería devolver. Yo miraba mi bandera perderse a lo lejos y era un nudo en la garganta”.  La pandemia y la inseguridad vino a agravar su situación.

El Gobierno Nacional de Colombia en buena hora tomó la decisión histórica y humanitaria de expedir el Estatuto de Protección Temporal a migrantes Venezolanos. El Estatuto prevé la inscripción en un Registro Único y la obtención de un Permiso de Protección Personal con el cual se regulariza su situación jurídica e identificación. Con ello se quiere evitar la violación de sus derechos fundamentales y posibilitar su integración a la vida productiva y social en condiciones dignas. Este paso se reconoce  como un avance en la dirección correcta y así lo han manifestado diferentes organizaciones internacionales y Naciones. Es de esperar que ellas asuman responsabilidades frente al más grande fenómeno de migración en América. El asunto compete a todas ellas y no exclusivamente a Colombia que tendrá que iniciar sus acciones para hacer efectivo el Estatuto con el apoyo de instituciones nacionales y demás personas en procura de la integración social de la población venezolana.

El sueño americano por su parte, atrae gentes de diversos países latinoamericanos y de exiliados políticos cubanos. Miles de migrantes con niños incluidos, por evitar los controles en puentes fronterizos han fallecido trágicamente en las peligrosas aguas del río Bravo que delimita en parte a México con Estados Unidos. Otra buena noticia ha sido el principio del fin del campamento de refugiados fronterizo de Matamoros, al otro lado del Río Bravo. El Gobierno de Biden inició el proceso de recibir en los Estados Unidos miles de solicitantes de asilo mientras esperan decisión de los jueces. Son refugiados que han tenido que padecer como muchos en otros tantos lugares, la extorsión y la violencia del crimen organizado y el trauma que siempre les acompañará.

Un dramático y representativo rechazo a emigrantes sucedió en 1939. A bordo del Crucero S.S. Saint Louis, partieron de Hamburgo ante la amenaza nazi más de 900 judíos rumbo a Cuba, punto de tránsito hacia Estados Unidos. El gobierno cubano ofrecía en Alemania visas para la isla. Mas cuando llegaron a Cuba los funcionarios no permitieron que el barco atracara, e igual conducta siguió Estados Unidos. El capitán se vio forzado a regresar a Europa con el riesgo que ello suponía. Algunos países acogieron a estos pasajeros, sin embargo muchos perecieron cuando los nazis avanzaron sobre los territorios. La vida del niño Daniel Kaminsky en la novela de Leonardo Padura, Herejes, pudo ser una de las vidas cuyo destino estuvo signado por el drama del barco S.S. Saint Louis.

La historia demuestra que nadie quiere recibir a los emigrantes. No hay conciencia de que el  fenómeno de las migraciones se ha dado desde siempre, durante todos los siglos hasta la actualidad y a lo largo y ancho de todos los territorios del planeta. Sorpresas se llevan quienes mediante el análisis de su ADN conocen los grupos étnicos y regiones geográficas de las cuales provienen. Fue un éxodo el que culminó con la fundación de Macondo para no tener que emprender el camino de regreso.

 

 

Foto por Pixabay 

Referencias. https://pastoralmigrantes-peru.org/pies-para-que-te-tengo-informe-de-la-red-clamor-recoge-testimonios-de-personas-refugiadas-y-migrantes-de-venezuela/

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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