La hora del delirio

Al sol de hoy, es casi una certeza que Joe Biden se coronará como el 46avo Presidente de Estados Unidos tras una intensa y escalofriante jornada electoral que mantuvo al mundo al borde de un colapso nervioso. Por un lado, este resultado supone una nueva aura de legitimidad que solo puede brindar una victoria contundente del voto popular, acompañado, por supuesto, de la consecución de la mayoría simple en el Colegio Electoral – sistema arcaico y obsoleto de democracia indirecta que no vale la pena explorar en esta columna, pero que invito a los lectores a repasar para entender la victoria de Trump en 2016 -.

No obstante, esta victoria aparente no está exenta de preocupaciones, generadas principalmente por la decisión de Trump de autoproclamarse como ganador de forma anticipada en la jornada electoral, cuando aún faltaban votos por escrutar. Peor, sus infundadas objeciones a los votos no presenciales, han generado un nuevo escenario de lucha política y, potencialmente, jurídica, que abre la posibilidad a una nueva ola de estallido social.

Esta no es una situación atípica en Estados Unidos. A lo largo de su historia han tenido una serie de impugnaciones electorales que han sido resueltas, mayoritariamente, de manera pacífica. No obstante, lo inusual de esta elección es el personaje, el cual lejos de ser un hábil camaleón que sabe jugar con las pasiones de un sector de la población norteamericana, parece ser, más bien, un megalómano empedernido, firmemente creyente de su retórica incendiaria y capaz de llegar, en virtud de esa creencia, a las últimas consecuencias en su afán de aferrarse al poder.

Ello podría no ser peligroso en sí mismo si se contara, por lo menos, con una masa electoral moderada, capaz de separar el discurso de campaña de los hechos objetivamente verificables. Lastimosamente, el fenómeno Trump lleva años generando un aura de desconfianza de lo que se podría catalogar como “hechos verificables” y ha construido un mundo paralelo, de “hechos alternativos”, donde sus seguidores reciben de forma constante una retroalimentación que acentúa el delirio colectivo.

El problema del que delira, por supuesto, es que rara vez tiene conciencia del mundo paralelo que ha creado y del riesgo que supone su impredecible actuar. En ese sentido, la pregunta que no me deja dormir en las noches es hasta dónde ha llegado ese delirio, ¿ha permeado, acaso, las instituciones que tendrán que tramitar las acusaciones de fraude electoral en las siguientes semanas?

Se percibe una nube oscura en el horizonte estadounidense, esperemos que solo sea una llovizna y no una tormenta.

 

Foto de Travis Saylor

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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