En primera línea

Pareciera que en Colombia la irracionalidad ha alcanzado una dimensión insospechada. So pretexto de la libertad de expresión y al amparo del descontento y las marchas legítimas, personajes enquistados en sindicatos, autoridades locales, partidos políticos e incendiarios, han dado con la solución a los problemas sociales, matar lentamente al enfermo. El enfermo es el país convaleciente de una pandemia, que cuando empezaba a despertar le quitaron el oxígeno.

Han desconectado la circulación de la economía y a los ciudadanos de su trabajo, alimentación y salud. Los bloqueos a las vías y arterias ojalá con ayuda de explosivos logra tal cometido. Si acaso cuando se les ruegue y suplique a los muchachos encargados, dejan un hilo de aire para que pase uno que otro automotor o una ambulancia, que no le tocó en suerte a la señora infartada o a los bebés que iban a morir de todos modos, como lo dijo la vocera de un partido político.

Esa invención de los derechos humanos, del derecho internacional humanitario y de la ley, no aplica en la suprema locura, o mejor dicho, en el imperio de la ignorancia y la indolencia. De paso se tiran los objetivos de las protestas sociales pacíficas de los jóvenes. Muchos de buena fe creen que van a lograrlo gracias al tratamiento aplicado al enfermo, apoyado por fuerzas oscuras que van por otros intereses. Si no es así, que bueno sería que los jóvenes que protestan también alzaran su voz para exigir que salgan del escenario quienes por acción u omisión contribuyen  al empobrecimiento del país y sus gentes, y en cambio, les dejen actuar libremente.

Ser activistas para el logro de reivindicaciones sociales conlleva también responsabilidades y estrategias creativas para mantener su autonomía y vocería. Los denominados indignados han logrado más con un esfuerzo de largo aliento, sin influjos tóxicos y  por voluntad exclusiva de los jóvenes. A 10 años del movimiento juvenil del 15-M (15 de mayo de 2011) en Madrid, España, se le recuerda como una protesta pacífica ejemplar en plazas repletas de jóvenes con sus convicciones y la razón como única arma en busca de cambios sociales. Evitaron respuestas violentas los jóvenes, la policía y el gobierno de entonces, por lo que no hubo pérdida de vidas. Es también cierto que se trataba de una sociedad con una condición social y geopolítica diferente a la nuestra, y un mayor grado de civilización y respeto.

Cuando los ruegos de parar la destrucción y atentados contra la vida no se escuchan y solo impera la intransigencia, no queda más que la esperanza de que se recupere la sensatez y que comprendamos la naturaleza de cada una de las fuerzas que nos ha movido el piso. Hay analistas concienzudos con interesantes miradas y propuestas. Se espera que por su parte, las autoridades y organizaciones nacionales e internacionales sean eficaces tanto para reconocer la legitimad de quienes marcharon pacíficamente, como para comprobar cuáles son las manos delincuenciales que financian y ordenan los bloqueos con tal sistematicidad en puntos álgidos. Con la sensatez se entenderá que los derechos humanos de los ciudadanos deben estar en primera línea, antes que el supuesto “derecho” a bloquear vías de quienes se prestan para ello.

Así no parezca pertinente en estos momentos, hay que sumar otras formas de lidiar y sobrevivir con una realidad tan difícil. No es osado decir que la cultura puede contribuir a mediar en los conflictos para apaciguar las aguas y mirar más allá. Las manifestaciones culturales, la música, la literatura o el teatro, nos involucran de manera lúdica en crisis recientes o pasadas. La imaginación a través de la ficción crea verdades artísticas que generan sentido frente a situaciones complejas de la existencia. De ahí que se valen los acompañamientos musicales o representaciones artísticas sobre las plazas públicas en manifestaciones pacíficas.

Precisamente, con ocasión del movimiento juvenil del 15-M surgieron obras divertidas de gran factura que llegaron al público haciéndole partícipe de las reclamaciones sociales que inspiraron a indignados y activistas. Obras como la Ópera bufa en tiempos de crisis, El crepúsculo del ladrillo, con la Solfónica y un grupo de teatro, es inspiradora y amena independientemente de cuál sea la posición política del espectador, por lo que atrajo una gran cantidad de público. Hubo también teatros de marionetas como “Los Econoñecos”, “Aguañecas” y “Entremeses de una época oscura”. Son las del teatro expresiones que pueden responder bien a fenómenos sociales para entender su dimensión y las posiciones de otros.

Puede que en el teatro de los acontecimientos algún día se aprecien todas la verdades hoy esquivas. Ahí están entre otras, las desigualdades sociales, las manos criminales, los pescadores en río revuelto y las mayorías silenciosas que marchan y claman para que los bloqueos no sigan matando inocentes ni conduciendo al país a la miseria. Difícil para un libretista abarcar el drama actual del país. Pero es bueno soñar que pronto se articularán soluciones de fondo y verdades teatrales “reflejo y caricatura de una época oscura” del pasado en la que parecía haberse perdido el norte.

 

 

 

Referencias:
https://elcrepusculodelladrillo.wordpress.com/2013/10/05/todos-los-videos-3/

Foto: Twitter (@76jCameron).

 

 

 

 

 

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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