Volver a la historia

La identidad nacional se forja a través de experiencias y elementos normalmente afincados en un territorio, que caracterizan a una colectividad.  Se trata de vivencias que suscitan un sentido de pertenencia y nos determinan, en razón al lugar de origen o de acontecimientos que engloban a la comunidad. De ahí que la independencia que se conmemora en la actualidad a 200 años de la batalla de Boyacá sea un hito en la formación del Estado, porque logró la liberación del poder absoluto y arbitrario de la Monarquía Española en una campaña a la cual se unieron gentes de extensos y diversos territorios, en función de la libertad.

Una cabal comprensión de la heroica gesta libertadora y de los hechos en los siguientes años, requieren una vuelta por la historia que abarque los tiempos primitivos, la colonia, los influjos de la ideas de la ilustración, las condiciones sociales, entre otros aspectos. Lástima que ese contexto no sea conocido por fuera de los recintos históricos y de estudiosos, porque varias generaciones han sido desprovistas de la materia de historia en su educación escolar. Tampoco se enseñó el entorno social con una mirada inclusiva y objetiva.

Fueron determinantes en los sucesos de la Nación hasta la fecha, las condiciones en que se dio la nueva organización política, al pasar a manos de los criollos, la administración de los asuntos domésticos y públicos. Aún cuando no contaban con experiencia en las gestiones de orden económico y civiles, las ideas europeas y norteamericanas habían permeado el ideario de la independencia. Sin embargo, subsistió la cultura hispánica con sus rigideces, vicios y desigualdades, con las obvias consecuencias y sin el logro de la pretendida modernidad.

Si bien, muchas circunstancias que reflejan la identidad como construcción social y cultural que nos determinan han sido tratadas por expertos en la materia, la huella de la identidad también se encuentran en la literatura. Ésta nos enseña escenarios que la historia oficial no alcanza a descubrir, por tratarse de hechos omitidos o desconocidos, positivos o negativos. Son obras que introducen a realidades cotidianas pero colectivas, y a dinámicas o regiones en medio de la trama y sus protagonistas. La literatura, sin desconocer la importancia de rigurosos estudios sociales e históricos, refleja las tensiones en los órdenes establecidos, la alteración de los valores, el conflicto entre los diferentes idearios y la situación de los otros por fuera del centralismo.

 “Manuela” (1858), más allá de ser una novela costumbrista de Eugenia Díaz Castro, contribuye al reconocimiento de la identidad nacional al mostrar la diversidad de sus gentes y clases sociales, las corrientes liberales, conservadoras y populares, el disentimiento histórico de las élites, la ciudad y lo rural, la contradicción entre las propuestas modernas y las acciones, y muchos más hechos que hasta hoy suceden. En “María” (1867) de Jorge Isaacs, no solo está la novela romántica que se desarrolla en la significativa hacienda, bajo la jerarquía feudal del padre y la mentalidad colonial. Hay también una voluntad del autor de abrir un espacio en “el Paraíso” para destacar la presencia de los negros y de Feliciana, reviviendo el drama de quienes por la fuerza llegaron a estas tierras. Son precisos los términos de Antonio García Lozada, en el artículo “María: identidad, construcción/ reafirmación nacional”, al señalar:

“La construcción de una identidad cultural en Colombia ha sido reduccionista e ideológica, porque se ha construido desde lo blanco, lo occidental, lo católico o lo terrateniente, excluyendo todo lo demás: etnias, mujeres, negros, campesinos, obreros, grupos locales, etc. Pues si bien, el desarrollo de una identidad nacional durante la creación de la república pudo constituir un paso importante como resistencia a la injerencia extranjera, provocó al mismo tiempo una política de exclusión al interior de los grupos nacionales. De allí que la María independientemente de ser un discurso literario, imaginarios, nos sirve de fuente para mirarnos o encontrarnos o leernos sobre la diversidad de los modos de vida privada, y social, estableciendo una conversión de los mitos culturales públicos y juega un papel relevante en la desmitificación de su exclusivismo trascendental. En la María hay una muestra del mecanismo de inclusión que intenta crear una representación amplia del sujeto colombiano”.

También están las novelas de la violencia en “La Vorágine” de José Eustaquio Rivera (1924), “El día señalado” (1964) de Manuel Mejía Vallejo, “La mala hora” (1962) de Gabriel García Márquez, “Cóndores no entierran todos los días” (1972) de Gustavo Álvarez Gardeazabal, entre otras. Cómo no reconocer en esta obras otra realidad nacional cuando gana la violencia, la venganza,  la “pacificación” o el siniestro y honorable personaje político, en una u otra región del país, a lo largo de los años.

“La tejedora de coronas” (1982) de Germán Espinosa, novela extraordinaria, declarada por la Unesco Obra Patrimonio de la humanidad, aborda a través de la Genoveva Alcocer – joven criolla en tiempos de la colonia- los acontecimientos históricos que la atravesaron a lo largo de su larga existencia y sellaron su destino. El paso de su arcadia feliz a la toma de Cartagena, la  violación, la incursión en el mundo ilustrado de Europa y Estados Unidos y el regreso, sin abandonar su creencias ancestrales, hacen de ella un ser que como podría decirse del latinoamericano, es inestable y ambivalente entre dos mundos.

Cuando se trata de experiencias de tiempos pasados, es difícil que las nuevas generaciones las sientan y valoren. Avivar el sentimiento de pertenencia y conservar una identidad nacional con celebraciones públicas e imágenes de los héroes, no es suficiente. La gente ha ido perdiendo la conexión con el pasado, como si éste no fuera parte del presente. Solo con la enseñanza de la historia y la literatura en obras como las mencionadas, que atrapen en el buen sentido a las nuevas generaciones, es posible recuperar la memoria del país, para reconocerse en el espejo de los acontecimientos, y no quedar como dicen, condenados a repetir aquellos que no merecen repetirse.

Referencias.

Antonio García Lozada, “María: identidad, construcción/ reafirmación nacional”. Revista Aleph. 18 de diciembre de 2006.

Imagen: https://bit.ly/2MZj15L

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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