Vi-viendo a Cali en bicicleta

Hace 7 meses soy ciclista casi de tiempo completo y ya no entiendo cómo fui dueño de carros. Ni cómo recorrí 20.000 kilómetros por año durante 5 lustros en el perímetro urbano de Cali, lo que da la delirante cifra de 500.000 kilómetros de huella de carbono. 42 veces el diámetro del planeta tierra, quemando gasolina entre Yumbo y Jamundí. Vaya.

Aún no sé cuál fue el detonante de esta decisión: Si la congestión inmarcesible del sur; o el examen anual de sangre que indicaba que el colesterol seguía subiendo y que era hora de hacer más ejercicio; o la conciencia de que estamos degradando el medio ambiente en este retazo de cielo que es La Sucursal y que el tan anunciado apocalipsis no llega de repente en un meteorito, sino que lo producimos nosotros poco a poco con nuestra irracionalidad tan bien argumentada; o la inercia de los ciclistas serios.  Ok, lo diré sin más rodeos: fue pasar la barrera de los cincuenta años y querer devolver el tiempo, aunque fuera pedaleando.

Lo cierto es que fue una opción acertada. Primero fue la emoción adolescente de recibir la bicicleta comprada por internet que llegó empacada y llave en mano. ¿Bicicleta con llaves?, claro, tiene candado (no vivimos en Suiza) y una batería porque es eléctrica.

Lo siguiente fue ver la cara desencajada de algunos amigos y conocidos preocupados por mi situación económica: “¿Cómo que tuviste que vender el carro?” Confieso que fue divertido y el comienzo de una especie de despertar de conciencia respecto a lo anestesiados que vivimos con los apegos materiales.

Luego vinieron las primeras salidas y la preocupación por el reloj, el celular, la billetera y las tarjetas de crédito. Ya no tenía la falsa seguridad del vidrio polarizado arriba con el aire acondicionado adentro. Mi hermana me vendió un seguro buenísimo, sigo con el viejo celular y guardo la American en la casa, aunque la orden sea “nunca salga sin ella”.

Lo mejor estaba por pasar. Llegar a la esquina del semáforo, detenerse, bajar el pie para guardar el equilibrio y compartir espacio público con los obreros, fue muy incluyente de parte de ellos que no me discriminaron; ni siquiera me miraron feo por mi irremediable pinta de gomelo. Es más lo que nos une que lo que nos divide y ser ciclista permite descubrirlo.

Pronto el ejercicio físico y las endorfinas empezaron a hacer lo suyo: más energía, mejor ánimo, más enfoque mental, más productividad y menos cansancio. Y sí, bajaron el colesterol y el peso corporal.

Luego hice mi balance financiero. Y para tranquilidad de mis amigos y conocidos mis ahorros empezaron a mejorar. Mi cálculo arroja que la gasolina, los seguros, el mantenimiento, los repuestos, parqueaderos y la depreciación, me están ahorrando unos 15 millones de pesos al año.

Está claro que nadie devuelve el tiempo y menos pedaleando. Pero puedo asegurar que así se siente.

Créditos imagen: Augusto Ilian.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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