Verdades incómodas

El cine y la literatura apela a la memoria para registrar la fugacidad del acontecer y encontrar la verdad desde el foco o la sensibilidad del guionista o del autor. Especialmente ante la desintegración y la muerte se manifiesta su necesidad de reafirmarse en los recuerdos y salvarse del olvido. En esta experiencia hay diversas manifestaciones artísticas de gran factura que han de perdurar como riqueza del patrimonio cultural de  un país.

Queda para la historia de Cali la vida, las películas y documentales de Luis Ospina en torno a la ciudad y al paso del tiempo sobre la misma. Ospina amplió el ángulo de visión de la realidad social e imprimió en sus obras su particular sentimiento y pasión. El cine fue su vida, a Cali la llevaba en su alma y con ella la nostalgia por la arquitectura y los lugares de sus afectos que el indolente desarrollo y la mercantilización no le perdonó a la ciudad.

La obras de Ospina no podrán faltar en las memorias de Colombia, entre otras, Agarrando pueblo, película que simula ser un documental para criticar a quienes para ganar réditos con sus filmes aprovechan la pobreza, alterando escenas o acudiendo a montajes; Oiga Vea, es la mirada a los Juegos Panamericanos de 1971, de personas que no pudieron ingresar a los escenarios pero se asomaron desde afuera al evento que auguró cambios radicales de la ciudad; Unos pocos buenos amigos, en este homenaje a Andrés Caicedo le acompaña el sentimiento por la pérdida de la memoria y el olvido por parte de la gente del común de la persona y obra de su amigo; en Adiós a Cali refleja todo el dolor por la transformación y la demolición de los muros de la memoria de la ciudad, en tomas que dejan ver la huella y detalles de lo que fue y ya no es; y en Todo comenzó por el fin, su objetivo era narrar la historia del Grupo de Cali que hizo cine, momento en el cual se le atravesó su enfermedad y la conciencia de la inminencia de la muerte, situación que también plasmó en el filme.

Puede que algunas manifestaciones literarias o cinematográficas resulten incómodas o políticamente incorrectas, a costa del mismo autor o de quienes toca y de la sociedad implicada. Luis Ospina legó una obra crítica y provocadora fruto de su percepción y reconocimiento a la memoria como valor y recurso para recuperar la historia. La sensibilidad del artista permitió desde lo personal iluminar el contexto histórico y social. Esto sucede especialmente en obras de corte autobiográfico o en primera persona, como es el caso también del escritor Fernando Vallejo.

Tal vez por la posición provocadora de Vallejo y a la vez nostálgica, a más de su indiscutible calidad narrativa, Luis Ospina admiró sus obras y personalidad. De ahí que le mereciera un documental, La desazón suprema, valioso registro para la posteridad acerca de la personalidad del autor, abarcando todos sus intereses y facetas. Vallejo le  permitió a Ospina un contacto cercano, en su propia casa filmarlo y descubrir en palabras del mismo realizador, un hombre humano, demasiado humano que como en sus libros, habla en nombre propio.

En El río del tiempo (Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia y Entre fantasmas), así como en La virgen de los sicarios y demás obras, fluye la rica y maravillosa prosa del escritor, evocando los recuerdos e imprimiendo su propia y singular visión del país y de la humanidad. Tras su osada transgresión de lo convencionalmente adecuado, subyace el dolor del autor ante los recuerdos de los “días azules” en la Medellín de su niñez, la devastación por la superpoblación del mundo y el martirio al que la humanidad somete a los animales. Y le duelen los muertos que registra su libreta: solo en ella van quedando los nombres de los seres que fueron. Tampoco olvida el reloj que ya se va a parar. En el conversatorio de la Feria del Libro de Bogotá 2019, se declara loco, porque solo así puede decir lo que dice, tal como Cervantes hizo parecer loco a don Quijote, pues de otro modo, le habría caído encima la Inquisición.

Su actitud irreverente e hiriente frente a los políticos, la iglesia y la procreación, resulta incómoda para algunos sectores. Naturalmente que en las verdades de provocadores como Luis Ospina y Fernando Vallejo no hay una verdad oficial, ni general bajo los cánones tradicionales, es la verdad de la memoria y del pensamiento libre, de una visión con la cual pueden estar de acuerdo o no algunos o muchos o ninguno. Es la licencia permitida en el arte cinematográfico o la literatura, a la memoria que ausculta y busca la verdad, y entre realidad y ficción amplía el ángulo del lente para abarcar el drama de la vida, los sueños, las pesadillas y algo más.

Imagen: https://bit.ly/2oGmaxb

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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