El triunfo de la marca Trump

En un artículo publicado en la Revista de Negocios de Harvard dos días después de la elección de presidente en los Estados Unidos, Joan C. Williams, distinguida profesora de leyes de la Universidad de California, expuso los argumentos que permiten entender lo que muchos analistas y personas no captaron sobre la clase trabajadora americana y su inclinación hacia Donald Trump. Para la profesora Williams, la clave del triunfo del magnate se debió principalmente al malestar creciente de la clase obrera blanca hacia el discurso de la élite política de Washington cuya narrativa privilegió el multiculturalismo, pero le dejó a Trump el grupo poblacional más tradicional.

En la última semana se ha buscado la manera de comprender por qué Donald Trump ganó la presidencia de los Estados Unidos; no obstante, toda explicación quedaría inconclusa si no se incorpora al análisis las razones por las cuales la campaña de Hillary Clinton fracasó, aun cuando se consideraba que todo estaba dado para que ella sucediera a un presidente que, como Barack Obama, roza el 60% de popularidad.

Algo tuvo que ocurrir en el electorado que votó mucho menos que en 2008 y 2012: hace ocho años fue elegido el presidente con 69 millones de votos, mientras en 2016 fueron necesarios 11 millones de votos menos. Y la respuesta está lejos de la rica costa del Pacífico o de esos estados prósperos del noreste, donde se sitúa Nueva York, en los cuales la candidata demócrata venció sin relativa dificultad.

El mapa electoral de los Estados Unidos muestra cómo los estados del centro, menos urbanizados y lejanos de las costas, se inclinaron por el candidato republicano. Regiones donde la agricultura y las manufacturas suelen ocupar al grueso de la clase trabajadora, donde hay menos población extranjera y desde las cuales la conexión con el resto del mundo es menos intensa que en las grandes ciudades de las costas.

Justamente fue en esos rincones de la América profunda desde donde salió el voto inconforme que no supo interpretar Hillary Clinton y que con gran facilidad pudo interpretar su contrincante. Fue en los pueblos de Kansas, Missouri o en los menos industrializados estados de Michigan y Wisconsin donde se definió la elección presidencial: esas zonas que se sienten olvidadas por la clase política de Washington.

Mientras los demócratas orientaron su discurso hacia las bases de la sociedad, los grupos étnicos minoritarios, las mujeres y concentraron sus estrategias en presentar soluciones técnicas contra la desigualdad, los republicanos fueron efectivos en reconocer que los miedos, la incertidumbre y el inconformismo no estaban asentados entre los desposeídos, sino en el ciudadano del campo y en los llamados trabajadores de cuello azul; esos empleados de la industria que no son necesariamente pobres, que no cuentan con estudios universitarios, son mayoritariamente blancos y que quieren que se les garantice acceso a un trabajo estable que les brinde la posibilidad de acceder a una vivienda, a un automóvil y a una jubilación. Los mismos a los que el mensaje demócrata, progresista e igualitario, no llegó: esa clase media que devenga en promedio 64 mil dólares al año, pero a la que le importa menos el valor del salario mínimo por hora o la ampliación de la cobertura en educación superior.

Indefectiblemente el problema no eran los más pobres ni los más ricos, era la clase media inconforme con su situación económica. Un asunto simple pero que los demócratas no pudieron interpretar a tiempo. No hay duda que bajo el gobierno de Obama se crearon empleos, se recuperó la economía y se concibieron nuevos programas orientados a los más pobres -como el Obamacare-. Pero la clase media percibió un desequilibrio en la atención pública y se sintió huérfana  ante su creciente malestar material. Y fue precisamente esa franja la que sí supo explotar Trump con su discurso populista.

La marca Trump

La mejor respuesta a la insatisfacción de las clases medias norteamericanas terminó siendo la marca Trump. Frente a una representante del establishment como Hillary, que no logró conmover ni cautivar al electorado y que era fácilmente asociada a la clase política, Trump se erigió como una carta alternativa  que más allá de un proyecto político, encarnaba un símbolo. Un símbolo muy estadounidense de prosperidad económica, grandeza y transgresión política.

Y es que Trump encarna muchos de los emblemas de la cultura popular estadounidense. Su trayectoria como magnate mediático en busca de aceptación social en la élite de Manhattan lo ilustra muy bien. Desde muy joven como heredero de una firma inmobiliaria, se encargó de auto promocionarse a través de reportajes en prensa e inversiones ruidosas. Compró y quebró aerolíneas, casinos y hoteles. Se metió a un ring de lucha libre, actuó en la famosa película Mi pobre angelito, fue la figura principal en un reality, adquirió un equipo de fútbol americano, ha escrito varios best seller sobre cómo hacerse millonario y ha sido tema de las revistas de corazón en varias ocasiones. Su incorrección política es el reflejo de una cultura del bullying o el matoneo, de la ratificación abierta de la primacía del norteamericano blanco de clase media junto con sus valores, aspiraciones y prejuicios.

Con esos antecedentes y reencauchando el slogan de campaña de otro republicano mediático, Ronald Reagan, “Make America Great Again”, Trump esbozó en su retórica populista una forma excluyente de pueblo. Por “nosotros” se refería a los ciudadanos norteamericanos blancos con menor educación y desplazados por las transformaciones económicas. Y por “ellos” o los “otros”, se refería a los inmigrantes, los latinos, afroamericanos, profesionales; pero también a algunos poderes establecidos como los grandes medios y los burócratas en Washington.

Para la profesora Williams, la mayoría de los trabajadores de cuello azul tienen poco contacto directo con los ricos fuera de los shows de televisión. Pero los profesionales los ordenan todos los días. “El sueño no es convertirse en clase media alta, con sus diferentes patrones de comida, familia y amistad; el sueño es vivir en su propio ambiente de clase, donde usted se sienta cómodo – sólo con más dinero”. Lo prioritario para ellos es alcanzar la independiente y darse sus propias órdenes y no tener que obedecer a nadie más como lo dijo un operador de la máquina a Lamont en el estudio publicado por la revista de negocios de Harvard. “Poseer su propio negocio es la meta. Esa es otra parte del atractivo de Trump” sentenció Williams.

En síntesis, Trump se presentó como un defensor del hombre corriente. Como el estadounidense modélico. Alejado de la narrativa grandilocuente, progresista y genérica de Obama, el magnate prefirió recoger el descontento cotidiano y responderle con algo de extravagancia, pero en un lenguaje coloquial y directo a sus electores. Como lo señaló The New York Times, Trump terminó equiparando su propia condición de marginado entre los círculos exclusivos estadounidenses, con los resentimientos de la clase blanca frente a los profesionales, los burócratas y los tratados comerciales. Al final se impuso siendo su principal portavoz.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario