Todos los caminos conducen a Roma

Se cumplió la edición 91 de los premios Oscar, el balance dejó como una de las películas ganadoras del año anterior, a Roma el film más personal del director mexicano Alfonso Cuarón. Se alzó con la estatuilla a la mejor dirección, a la mejor fotografía y a la mejor película extranjera. Con anterioridad se había adjudicado el León de Oro a mejor película en el festival de Venecia, junto con dos Globos de Oro a mejor director y película extranjera.  Pero más allá de los premios adquiridos, ¿Qué hace especial a Roma? Me centraré en dos aspectos que hicieron de esta película una obra maestra.

En primer lugar, Roma presenta un estado de ánimo nostálgico, profundo, con una singular belleza contemplativa, en el que permanece vigente el recuerdo de un fragmento de la infancia, esa que nos recuerda qué somos, en parte por lo que recordamos. Se observa en el movimiento de travelling y paneo permanente de la película retazos de recuerdos de lo cotidiano que recoge lo trascendental de la vida misma.  El gran acierto de Cuarón es que logra con su fotografía, en blanco y negro, transportar al espectador a una historia sin tiempo donde las generaciones se encuentran y desencuentran en un entramado familiar, social y psicológico único. Logra darle vida a los objetos y los espacios. Permanecen llenos de significado, que no se altera con el sufrimiento que presenciamos de una familia fragmentada. Las cosas en la Roma de Cuarón tienen un fin de soporte, conectan la película misma, acompañan ese contenido emocional de la historia que se narra. El garaje, el cigarrillo, el patio, la sala, la cocina, los sonidos, la banda de guerra transmiten el lirismo, la inspiración, la poesía que facilita la reflexión sobre los recuerdos que se entremezclan, colocando en evidencia lo implacable y bello del destino trágico que nos reconstruye.

En segundo Lugar, Cuarón consigue con sensibilidad y sin caer en el melodrama poner el acento en la discriminación étnica, la diversidad cultural y la desigualdad social no solo en México sino en nuestros países latinoamericanos representados en el personaje de Cleo, condenada a trabajar en el hogar de una familia de clase media alta disfuncional que sostiene esa relación de poder sobre la protagonista. Vale la pena detenerse en el hecho de que sea una mujer indígena la actriz principal, una actriz natural, homenaje a las mujeres, representante de esa fortaleza de nuestros pueblos, del dolor soportado por estas tierras que han sido saqueadas, de la injustica que viven los más vulnerables a manos de los que tienen una mejor situación de vida pero también de la posibilidad de ternura, resistencia y resiliencia de esta mujer que es agredida. En la otra esfera una mujer de clase alta que ha sido abandonada por su esposo, golpeada por el dolor pero sosteniéndose en el lugar de madre con mayor posibilidad de expresar lo que siente y reaccionar ante la pérdida. A diferencia de Cloe que atraviesa en silencio el dolor tras el aborto, lo guarda en su corazón hasta que la vida en un momento de máxima tensión abre la posibilidad a pronunciar esa culpa que se mantenía oculta.

En conclusión, Roma es una mirada a la vida, a la sencillez de los momentos, un intento por recuperar esa tradición oral, ese sentido de lo que somos a través del recuerdo sin olvidar que existe un entramado social que también ejerce su presión. Roma es una parte de todos.

Fuente imagen: https://www.nytimes.com/es/2018/12/13/alfonso-cuaron-roma-entrevista/

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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