¿Son los jóvenes verdaderamente el futuro del país? Qué hacer y qué no hacer en el presente

En los últimos días han ocurrido tres hechos que personalmente me han estremecido profundamente y a la luz de los cuales es necesario analizar la situación actual de las generaciones más jóvenes del país. Primero, el asesinato de dos jóvenes quienes se dirigían a una institución educativa en las inmediaciones de la frontera entre los departamentos de Cauca y Nariño por parte de paramilitares. Segundo, la masacre y tortura de cinco menores de edad en el sector del oriente de la ciudad de Cali. Tercero, la mutilación de un joven abiertamente homosexual por parte de otro joven en Sucre.

Estos sucesos recientes no son ni nuevos ni aislados, son más bien ejemplos recientes del desbordamiento de violencia que ha sido sistemática por largo tiempo y que está estrechamente relacionada con las dinámicas del conflicto armado, del narcotráfico y de la exclusión social. Por consiguiente, se hace evidente un cuestionamiento profundo a nivel colectivo e individual que sirva para romper definitivamente estas dinámicas perversas. Como sociedad no es posible que presenciemos estos actos y continuemos sin reflexionar para generar un cambio que salve no solo esta generación de jóvenes, sino todas las que vienen de los horrores de la violencia.     

Es necesario entonces, debatir colectivamente, por un lado, el rol del Estado en la garantía de derechos, así como del reconocimiento al potencial transformador de la juventud, y el de la sociedad en términos de exigencia de no repetición del desangre del cual son víctimas los jóvenes colombianos. Por otro lado, de manera individual tenemos la responsabilidad de reflexionar en torno a cómo nuestras acciones contribuyen a profundizar la victimización y exclusión de muchos jóvenes cuando evadimos la discusión frente a la creciente brecha entre aquellos con privilegios y un brillante futuro, y los jóvenes que quedan atrapados en círculos de explotación y violencia, particularmente indígenas y afros de escasos recursos económicos y/o víctimas del conflicto armado.

En Colombia hay toda una generación que condenada a desaparecer si las problemáticas actuales de pobreza, exclusión, falta de oportunidades de educación y empleo, ausencia de posibilidades para la participación efectiva en la toma de decisiones políticas y en la construcción de paz en el país persisten. De acuerdo con el DANE, la tasa de desempleo de la población joven en 2020 entre abril y junio corresponde a un 29,5%, registrando un aumento de 12,3 puntos porcentuales frente al mismo periodo el año pasado (17,2%). Al desagregar las cifras entre hombres y mujeres, vemos una situación aún más alarmante, la brecha de género que ocasiona una creciente precarización de las condiciones de vida. Para las mujeres esta tasa se ubicó en 36,5% aumentando 14,8 puntos porcentuales frente al 2019 (21,7%). Mientras que la tasa de desempleo de los hombres fue 24,5%, aumentando 10,7 puntos porcentuales respecto al mismo periodo en el 2019 (13,8%). En cuanto a los jóvenes que no tienen empleo, ni están estudiando o capacitando, el total para el 2018 fue de 22.9% y las cifras en total de homicidios jóvenes 14-28 años en el 2018 fueron de 5,591.

Si bien reconozco estos datos representan solo una fracción de la complejidad y precariedad de la situación actual de los jóvenes colombianos, y vale la pena profundizar en el análisis estadístico de todas las aristas que impactan a la juventud, ello está por fuera del alcance de esta columna, por ende, con estos pequeños ejemplos espero poder ilustrar brevemente el porque es necesario reflexionar y actuar ahora, e invitarlos a no esperar más.

A pesar del potencial de los jóvenes, de su dedicación al activismo y a la movilización de sus comunidades y de sus pares en diversos territorios del país para defender sus derechos, para participar en la transformación del país a través de la política y de la construcción de paz. La violencia sigue arrebatándole la oportunidad de contribuir a muchos de ellos ya sea por presencia de actores armados ilegales o por vinculación a pandillas y delincuencia común.

Los jóvenes tienen la capacidad de ver desde una perspectiva fresca e innovadora, lo cual les facilita identificar y desafiar las estructuras de poder existentes, así como los obstáculos para los cambios, exponiendo las contradicciones y los prejuicios. Más aún la creciente conectividad, acceso a redes sociales y existencia de herramientas digitales ha incrementado exponencialmente su poder de actuar y movilizar a otros. Además de generar nuevas perspectivas, los jóvenes frecuentemente tienen conocimiento directo y entendimiento de los asuntos que no están al acceso de los adultos, de las problemáticas específicas de su generación, así como de las soluciones más efectivas a las mismas. Los jóvenes comprenden mejor los problemas que ellos enfrentan, por lo que pueden brindar nuevas ideas y salidas alternativas. Particularmente, la participación de los jóvenes de manera formal en procesos políticos fomenta la equidad y contribuye a la creación de políticas mejor formuladas y más sostenibles. Esto puede contribuir a restaurar la confianza en las instituciones políticas, especialmente entre la juventud altamente desilusionada con la democracia representativa y en muchos casos apáticos frente a la política. Es el momento de darle la oportunidad a los jóvenes para que construyan un nuevo país y esto implica garantías concretas para participación en política, acceso a educación, empleo, mejores condiciones de vida, inclusión y erradicación de la violencia. No caigamos en la falacia de decir que los jóvenes son el futuro cuando no estamos proporcionando herramientas concretas ni tampoco garantizando su derecho a existir para poder ver el futuro.

Imagen: https://bit.ly/2EbFFWp

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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