Resurrección

Este tiempo de pascua, me conecta con el silencio del presente, el mejor acompañante para reflexionar sobre lo trascendental en la vida. En ese encuentro personal, surgen en mí algunos cuestionamientos sobre el exceso de ansiedad en la cotidianidad y el lugar de la muerte en la vida. Rami expresa de manera hermosa: nadie voltea hacia atrás y se lamenta de dejar este mundo. ¡Lo que se lamenta es cuán real pensamos que era!

¿Qué busca la ansiedad? ¿Qué intenta prevenir la ansiedad? ¿Acaso la muerte? En pequeñas dosis, la ansiedad resulta necesaria en nuestra adaptación, pero cuando pierde su necesidad se convierte en un exceso de mí, condensada en ese futuro inseguro, incierto, que se muestra amenazante y que nos exige tomar decisiones perfectas, olvidando lo más importante que dichas decisiones sean conscientes para que puedan emprenderse. Se vuelve un costo difícil de asumir, y ese temor a fracasar en la decisión se convierte en el nudo que paradójicamente impide continuar con proyectos académicos, relaciones de pareja, oportunidades laborales, entre otros. Esto me llevó a pensar que la vida se vuelve agitada, repleta de compromisos, ideales inalcanzables, acumulación de posesiones o resultados, con la percepción angustiante de tener poco tiempo destinado para hacer nada más que vivir. Ahora resulta necesario vivir bien, vivir exitosamente, vivir feliz.

Me incomoda el solo hecho de pensar en asignarle al tiempo la condición de no productividad, ¡que devaluado se encuentran el descanso, el retorno a la pausa y el conversar con profundidad! Resulta extraño que cuando supuestamente se presencia una mayor libertad, tengamos tantas dificultades para encontrarnos con otros,  para vivir el presente. Lo importante queda en el olvido porque no se logra saber que se quiere. ¡Pausa! la mente y el cuerpo piden presente, abandonarnos al presente consciente, ese que nos fortalece cuando se es frágil, ¿No es acaso esto cercano a morir?

¿Es un instante la muerte o una condición permanente para poder vivir? Que trasparente es la muerte, simplemente llega un día para recordarnos nuestra condición  de impotencia, para señalar esa finitud, para darnos vida. Resulta innegable pensar que para vivir es necesario morir, que aquello que muere genera cambio, transforma. La muerte física es certera en su llegada pero la muerte a sí mismo, ese es un caminar constante, una evolución permanente. Probablemente la única tarea importante que tenemos en la vida sea, aprender a convivir con la muerte, digerir la pérdida de eso que creemos ser. Esto resulta difícil posiblemente porque se considera la vida una posesión, algo que me pertenece, un eterno retorno y está en juego en cada encuentro con los demás. La carga se aligera cuando somos conscientes de que no se basta a sí mismo, de que hay una falta que aunque se busca completar no desaparece como falta. Tal vez solo en ese momento se pueda ser libre para vivir, para acompañar a quien se ama y para pensar en que se puede construir una realidad como país diferente. No se resucita para sí mismo, se resucita fuera de sí, en los demás, para los demás.

Imagen: https://bit.ly/2PJta6a

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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