REPENSAR EL CENTRO

El centro de la ciudad es el espacio físico que aglutina tanto a un número amplio de empresas como de entidades del orden municipal. El centro histórico no es solo un conglomerado de calles abarrotadas, bancos, vendedores ambulantes e iglesias; no, el centro histórico es el corazón palpitante de la urbe, es su esencia, su historia y en él se concentran las raíces, las creencias y todo el crisol que forja la identidad del caleño.

Para nadie es un secreto que el centro de Cali –y en especial su casco histórico- desde hace décadas se ha convertido en un verdadero muladar. Un espacio que otrora albergaba hermosas edificaciones coloniales y de estilo republicano hoy ve cómo se multiplican en él parqueaderos grises y derruidos, amoblados de mala muerte y basura.

La indigencia, prostitución, consumo de drogas, invasión del espacio público y el creciente deterioro de las pocas joyas arquitectónicas que aún nos quedan a los caleños se hace cada año más evidente. Contaban nuestros abuelos que antiguamente las plazas de la ciudad servían como tertuliaderos memorables; las familias disfrutaban de sus tardes en parques icónicos y los mayores discutían tranquilamente sobre asuntos mundanos. Anteriormente, existía una verdadera apropiación del espacio público. Pensar en eso ahora, y dadas las condiciones actuales resulta imposible.

Quizás sea momento de preguntarnos, ¿por qué los caleños tenemos tan poco sentido de pertenencia? ¿Con qué nos sentimos identificados los caleños? Una de las respuestas sociológicas y antropológicas lleva a la indefectible conclusión de que los caleños gozamos de un difuso sentido de pertenencia, entre otras razones, porque no conocemos nuestra historia. En suma, el caleño promedio no conoce su pasado y no asocia su lugar de nacimiento en especial, a ningún monumento o lugar físico en particular. Parte del sentido de pertenencia de cualquier ciudadano se asocia directamente con las edificaciones icónicas; Londres tiene al Big Ben; París a la Torre Eiffel; Buenos Aires a su Obelisco y México D.F. su zócalo.

Nuestros mayores nos legaron una ciudad con verdaderos tesoros que fueron inmisericordemente destruidos; el antiguo Batallón Pichincha, el Hotel Alférez Real, el Palacio de la Gobernación, la Escuela de Artes y Oficios, el antiguo Colegio de Santa Librada y tantas otras edificaciones que llenaron de orgullo a la más notable de las generaciones. ¿No va siendo hora de recuperar dichos símbolos caleños? ¿No fue capaz Londres y Dresden de reconstruir sus monumentos y edificaciones después de la Segunda Guerra Mundial? ¿No es el falso histórico la técnica arquitectónica más accesible para traer de nuevo a la vida nuestros viejos edificios aniquilados por el voraz auge del modernismo?

Quizás una de las formas menos exploradas pero más eficientes para recuperar el civismo y el sentido de pertenencia de los caleños sea el de revitalizar el centro. No solamente haciendo de él un lugar agradable, transitable, pacífico y próspero, sino reconstruyendo de nuevo la historia que nos fue arrebatada. Tal vez la presente propuesta no sea la más atractiva en términos electorales; es seguro que existen cuestiones más urgentes que el primer mandatario de la ciudad deberá tomar en consideración; pero lo que es cierto, es que Santiago de Cali, jamás podrá recuperar su otrora civismo y gloria, si no se empieza a afincar en la psique de sus habitantes un verdadero sentimiento de pertenencia y cuidado.

Es el momento de dar el sano debate de la recuperación de nuestro centro histórico, de sus joyas demolidas y de una reforma que permita cambiarle la cara a este sector; los beneficios de este esfuerzo, se pagarán solos en el futuro.

Imagen: Augusto Ilian

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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