Que viva la libertad! Que muera la alteridad!

Hoy día se puede identificar en los relatos de la gente, la referencia permanente a la libertad como valor supremo, innegociable, un bien preciado que se debe defender a toda costa. Elegir lo que se quiere hacer sin ser coaccionado, acceder a cualquier objeto de consumo sin mayores limitaciones o desechar todo aquello que pueda atentar contra la independencia. Da la impresión de que la caída de los referentes de autoridad y la apertura al neoliberalismo abren la posibilidad para asumir esa libertad individual como propósito para vivir y disfrutar del privilegio que trae consigo el ser libre.

No obstante, a cambio de la satisfacción, se encuentra el sufrimiento por la presencia de la ansiedad ante lo catastrófico que se anticipa, la incertidumbre que acompaña la toma de decisiones, la imposibilidad de soportar la intimidad en las relaciones, la soledad como enemiga, y el aburrimiento culposo de no poder ser alguien diferente, síntomas propios del malestar subjetivo que acompaña el dolor psicológico de nuestra época. Sin dudar la pregunta que aparece es: si existe mayor libertad ¿Por qué cuesta tanto vivir la libertad?

Resulta importante para dar respuesta a este cuestionamiento, pensarse en el proceso de individuación que caracteriza la posmodernidad, donde la persona se desprende de los lazos con los referentes sociales externos (religión, educación, familia, gobierno, comunidad) que le otorgaban significado, identidad y bienestar para dar paso a ser el empresario de su propia vida con la obligación, disfrazada de seducción, de ser capaz de gerenciar lo que se proponga para ser feliz y encontrar la autorrealización. Es un llamado vacío, donde la persona asume la creencia de ser capaz de hacer todo, llegar tan alto como se lo proponga indicadores del ideal de éxito que lo deja atrapado en una burbuja empalagosa de ensimismamiento que termina por generarle fatiga y hastío de su propia experiencia que no lo completa.

Byung-Chul Han lo plantea de manera maravillosa en su libro la Agonía del Eros, al afirmar que el sujeto cae en una depresión del éxito ya que al ser incapaz de mirar más allá de sí mismo, termina ocupando el lugar de amo y al mismo tiempo, esclavo de su propia vida.  Promueve entonces el consumismo, el exceso de oferta en las dimensiones importantes de la vida, distorsionando la posibilidad de identificar aquello que realmente queremos. Elegir con la correspondiente renuncia a las demás opciones se torna insoportable, dicho de otra manera para que elegir una opción si se pueden tener todas.

Producto de esta relación sofocante consigo mismo queda entonces gravemente afectada, la alteridad. Entendida como la capacidad de pensar más allá de mí encontrando en la diferencia con el otro un espacio de cuestionamiento, dando cabida para que irrumpa la otra persona, para que pueda decirme algo diferente a lo que sé de mí, para verme afectado con la verdad de ese otro que tiene una proximidad, ¿no es acaso esta condición esencial en el amor al prójimo? Ojalá pueda recuperarse el camino del otro, ser conscientes de los límites, exponerse a ser sacudido por la experiencia de lo distinto, ojalá el ser humano pueda negarse a sí mismo para pensar en el otro como colectividad y entender el valor de lo comunitario como un principio que soporta esa falta de estar completos característica de nuestra humanidad.

Han, Byung-Chul (2014) La agonía del Eros. Barcelona: Herder.

Han, Byung-Chul (2012)Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.

Fuente imagen: https://bit.ly/2HY7b9K

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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