Primavera nacionalista

Ian Kershaw, reconocido historiador inglés, escribió a finales de la década pasada una de las biografías de Adolf Hitler más completas. En la pasada navidad, finalmente recibí como regalo ese minucioso tratado de más de 1000 páginas donde se plasma con detalle la vida del dirigente alemán y se exponen sus delirantes ideas. En rasgos generales, Kershaw explora cómo las ideas de Hitler giran fundamentalmente en torno a la raza, a la grandeza de la patria, a nociones erráticas de la economía y una visión contradictoria de la democracia -usarla para llegar al poder y luego proscribirla-. En su cabeza habitaba un programa nacionalista radical que exaltó la idea de una Alemania grande y digna y que saliera del abismo al que lo empujaron los vencedores de la Gran Guerra. En el fondo, su nacionalismo vino acompañado de un sentimiento de revancha.

Con el surgimiento de figuras como Trump en los Estados Unidos y Le Pen y otros líderes nacionalistas en Europa, estas ideas parecen que tienen toda la vigencia dentro del electorado y, al mejor estilo de la Alemania Nazi, es aprovechado por maestros de la comunicación política para exaltar las reivindicaciones y concentrar la rabia en un enemigo, generalmente externo: Hitler vio a los enemigos de la patria en los bolcheviques y en los judíos, Trump en los mexicanos y los musulmanes, Le Pen en los inmigrantes y en la Unión europea, así como otros lo ven en la integración económica, política y cultural. Agitan las banderas y los ánimos y convierten esa agitación en proyectos políticos con profundo respaldo popular. La autarquía, sustentada en privilegiar la producción nacional y en restringir las relaciones económicas con el mundo, forma parte esencial del programa nacionalista y, en principio, suele generar buenos resultados: durante la Alemania Nazi, el desempleo se redujo, se construyó un estado de bienestar y se apoyó la iniciativa privada, a pesar de la existencia de un modelo de estado cooperativista. Sin embargo, fue la economía de guerra la que terminó por echar al traste las conquistas sociales del nacionalsocialismo alemán; sí, la guerra que Hitler mismo concibió arruinó el sueño.

Los tiempos han cambiado y la integración económica, las cadenas globales de valor y el fenómeno globalizador han definido el carácter de los países. El nacionalismo, al entrar en riña con estas tendencias, tal y como lo concibe Trump, puede suponer un elevado riesgo que implique un retroceso notable en las conquistas del sistema económico. Por ejemplo, frenar las importaciones -muchas de ellas materias primas- con aranceles, impone un costo adicional a la producción nacional que termina siendo asumido por los consumidores: emerge entonces la amenaza de la inflación, el impuesto regresivo por excelencia. Sin contar que muchas empresas verán encarecida su producción y perderán competitividad, lo que se traducirá en pérdidas en sus balances financieros y en la reducción de sus plantas de personal. Hoy el nacionalismo no constituye una amenaza de una inminente guerra, pero sí pone en peligro grandes avances -no en vano, en esta era se ha reducido la pobreza, por ejemplo, como nunca antes-.

Y a pesar de lo inviable del discurso de los nacionalistas, asistimos a una primavera del nacionalismo, que no es otra cosa que una herramienta política muy eficaz para obtener mayores votaciones y ganar elecciones, pero que no tiene respuestas eficaces ni viables para cumplir sus promesas. Los movimientos nacionalistas responden a los deseos más profundos del pueblo, interpretan sus miedos y dan respuestas de fácil digestión, normalmente sofismas (¿o alguien cree que aniquilar a millones de judíos acabó con la especulación financiera que denunciaba Hitler y que según él acababa con Alemania?). De allí que es un imperativo defender los valores liberales, de la integridad y del humanismo más puro; aunque el sistema económico y político liberal no es infalible y merece una revisión de modo que sus beneficios se distribuyan con algo más de equidad, es improbable que cerrando y encareciendo el acceso a bienes y servicios se encuentren respuestas saludables para sociedades cada vez más globales. El nacionalismo es propaganda y, como toda primavera, pronto se terminará.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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