PREGUNTAS Y TRIBULACIONES DE UN CIUDADANO FRENTE AL VOTO

«Por ello, valdría la pena que todos los candidatos y candidatas nos revelaran a todos los ciudadanos el costo de sus campañas y las identidades de sus patrocinadores.»

La primera pregunta es también la mayor tribulación. ¿Tiene algún sentido votar? ¿Puedo, como ciudadano, al marcar el tarjetón, hacer la diferencia? ¿En qué medida, ese acto trivial y casi anodino, puede ser decisorio? Para la mayoría de ciudadanos, al menos en Cali, la respuesta a estas preguntas fue negativa hace casi cuatro años. En las elecciones de octubre de 2015 la abstención fue la ganadora, con el 54.62%. De un censo electoral de 1.611.391 ciudadanos habilitados para votar, participamos 731.317, el 45.38% de los ciudadanos. Y así ha sucedido desde la primera elección, en 1988, con ligeras variaciones en la participación. Pero la abstención siempre ha ganado. Y, seguramente por ello, Cali, como ciudad, sigue perdiendo. Porque toda ciudad es, en últimas, lo que sus ciudadanos quieren o permiten que sea. Es obvio. Mientras menos ciudadanos voten y participen, la ciudad será lo que decida esa minoría que concurra a las urnas. Entonces, la cuestión no es de pandebono, sino de ciudadanía. ¿Por qué la mayoría, que no vota, decide que sea una minoría la que elija alcalde y  se abstiene del ejercicio de su poder y de su decisión ciudadana?

“Todos los políticos son iguales”

Y la respuesta parece también obvia, porque no cree en los políticos, en los candidatos con sus programas y promesas, que casi nunca cumplen, y deciden por ello abstenerse. Entonces caemos en el abismo de la incredulidad y la impotencia ciudadana, cuya máxima expresión de sabiduría es: “Todos los políticos son iguales”, “una mano de ladrones”, con su irrefutable conclusión y decisión: “yo no voy a ser tan tonto de votar por ellos”. Así llegamos a esa masa de listos, inteligentes, honestos y pulcros ciudadanos que detestan la política, porque la consideran una actividad sucia, corrupta y violenta, que nada tiene que ver con ellos. Ellos son moralmente superiores y no se dejan conducir, como un rebaño de crédulos estúpidos, al redil de las urnas, donde depositan sus votos y mueren también sus ilusiones. Ya lo había sentenciado, con su lucidez lapidaria e implacable, José María Vargas Vila: “Quien vota, elige un amo”. Tal es la mayor tribulación y frustración adonde nos conduce la representación política. Ella se convierte en una especie de artilugio que sirve tanto para ilusionarnos como para defraudarnos.  Los políticos no nos representan, más bien, nos suplantan. Una vez ganan las elecciones, no le cumplen a sus electores, sino a sus patrocinadores. Esa es la verdadera alquimia de la corrupción política, generada en gran parte por el alto costo de las campañas políticas. Sus patrocinadores, entonces, cobrarán por la ventanilla de la contratación pública, de los planes de ordenamiento territorial, de las concesiones y licitaciones amañadas, lo que han invertido en sus pupilos. Además, tendrán que repartir la frondosa burocracia  municipal entre los más confiables y leales a esos intereses particulares, partidistas o empresariales, no entre los más competentes para administrar y gestionar intereses generales.  La ciudad se subasta en el mercado. Sus prioridades son definidas y fijadas tras bastidores, en ese mercado de intereses limitados, que pasa inadvertido en medio del jolgorio de los debates y las visitas de los candidatos a los barrios populares y las “ollas” de nuestras ciudades, donde derrochan seguridad, sonrisas, simpatía y popularidad.

Vallas de “Tramparencia”

De alguna manera, sus costosas y numerosas vallas son un excelente indicador de lo que ocultan, así ellas anuncien todo lo contrario. Anuncian transparencia, pero son mamparas de la “tramparencia”.  Mientras más vallas de campañas políticas invadan nuestras ciudades, más lejano y difuso será nuestro horizonte de ciudadanía, pues nos impiden forjarnos una visión compartida entre todos. Sin duda, habría que reformar y eliminar progresivamente el derroche en demagogia publicitaria, para ganar un poco de espacio en reflexión y deliberación ciudadana. Indigna y deprime ver tanto candidato y candidata exhibiendo sonrisas y eslóganes sobre su competencia y honestidad en medio de la sangría de tantas lideresas y líderes populares, asesinados por demandar derechos y decir verdades, por ser demócratas integrales y no figurines de una mercadocracia asesina. Para las mentiras de campaña, están las urnas. Para las verdades de los líderes sociales, las tumbas. Por ello, valdría la pena que todos los candidatos y candidatas nos revelaran a todos los ciudadanos el costo de sus campañas y las identidades de sus patrocinadores. Los compromisos con sus aliados, a la derecha y la izquierda. Que nos contarán para quién y cómo nos van a gobernar. Así, al menos, tendríamos criterios más claros para saber por quién votar, pues sabríamos de antemano a favor de quienes van a gobernar. Entonces decidiríamos hasta donde votamos por la democracia, la mercadocracia o la cleptocracia, sin olvidar la sabida advertencia de Edmund Burke: “Los políticos corruptos son elegidos por ciudadanos honestos que no votan”. Sin duda, de nosotros depende que la elección de nuestro próximo alcalde sea mucho más que un juego de azar, una inversión de pocos en desmedro de intereses mayoritarios o un tinglado de negociados en beneficio de una voraz y hábil cleptocracia, experta en robar periódica e impunemente la confianza ciudadana.

Imagen: https://bit.ly/2N9UmMv

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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