Por los siete rios

Motivo de orgullo de Cali han sido sus siete ríos. Sus aguas y el río Cali que atraviesa la ciudad le dan frescura y belleza en medio de la magnífica naturaleza del Valle del Cauca. De ahí viene la inspiración del poeta Eduardo Carranza al decir que Cali es “un sueño atravesado por un río”. Por este sueño y con ocasión de la celebración del Día Mundial del Agua, es oportuno recordar el derecho fundamental al agua, y el derecho a que sus aguas reciban sus afluentes y corran por su cauce sin alteraciones por vertimiento de residuos o productos químicos, a fin de preservar su existencia y la de los organismos que integran  su ecosistema.

En sus Apuntaciones Histórico Geográficas de la Provincia de Cali, Belisario Palacios describe los ríos y tierras del distrito así: “El suelo está bañado por lo ríos Cauca, Jamundí, Pance, Lile,  Melendez, Cali (compuesto éste de los arroyos de las Nieves, Pichindé, Santa Rosa y Aguacatal) y las quebradas de Cañaveralejo y Menga: todas estas aguas descienden al Cauca”. Más adelante el autor remite a descripciones  que de la ciudad  realizó la pluma del literato D. Antonio González Toledo al escribir la biografía del General caleño Eliseo Payán (año de 1887): “Hacia la salida de Popayán comienza la verde llanura que se llama la Chanca de memorable  recuerdo en nuestra historia, después del barrio pintoresco de Santa Rosa, y abajo de la ciudad, como para hacerle a sus pies más blanda la tierra, los ríos desde tiempo inmemorial, han derramado sus aguas en el seno del llano y forma una laguna que se llama Agua-blanca, por lo cristalino de sus linfas. De la montaña próxima desciende un río que en las cabeceras truena al romper sus ondas en las peñas azules, baja caudaloso y sonante, todavía a una cuadra de la plaza principal, y después se recrea perezoso en fondos profundos y diáfanos, al acercarse al Cauca, que corre a una legua de distancia”.

Ha sido grande el amor de la ciudad por su río, especialmente el de quienes le conocimos sus aguas claras y raudas pasar bajo el puente Ortiz. Aquel caudal se ha ido reduciendo y su agua enturbiando. Aún cuando se han realizado esfuerzos para su protección, no han sido suficientes para contener el ataque delincuencial que desde diversos puntos le han infringido impunemente distintos actores, o para resolver situaciones sociales que propician de tiempo atrás el creciente deterioro de sus aguas y riberas. La deforestación, los residuos químicos de la minería, construcciones no permitidas, explotación de sus piedras y otros eventos han sido causa de su menoscabo. Al parecer, el control de las autoridades y de la ciudadanía tampoco ha sido lo necesariamente contundente.

La labor realizada por Karen Viviana Vivas para sus tesis de grado en Ciencias Ambientales, destacada por Santiago Cruz Hoyos en su columna del diario El País, titulada La silenciosa muerte del río Cali, actualiza una alarmante situación. Se informa que la minería cada vez más creciente por el precio del oro, ha ocasionado la pérdida de cientos de áreas de bosques de páramo y la contaminación con mercurio de las aguas, suelos y sedimentos, sobre todo en Pichindé, veredas Peñas Blancas, en el Alto del Buey y el sector de minas El Socorro, en índices que superan los límites de normas internacionales. Están suficiente y científicamente demostrados los daños que ocasiona en cadena la contaminación por mercurio a hombres, animales y demás organismos de la naturaleza.

El pensamiento y las sociedades  han evolucionado en el sentido de reconocer que los ríos y el ecosistema no deben considerarse “cosas” sujetas al arbitrio o al lucro del hombre, en tanto son organismos vivos cuya existencia hace posible la subsistencia en el planeta, y por consiguiente son esenciales y de interés común. El derecho humano al agua y al saneamiento reconocido explícitamente por las Naciones Unidas pasa en primera instancia por la preservación de los páramos y ríos en un medio ambiente libre de sustancias químicas que amenacen la salud de las personas y animales que acceden a ellas, especialmente en área rurales. Se entiende que las medidas de seguridad deben iniciarse desde las fuentes y riberas de los ríos por parte del Estado, que tiene entre sus funciones constitucionales la de prevenir y controlar factores de deterioro ambiental e imponer las sanciones legales que correspondan.

La ciudadanía de Cali consciente de lo que significan sus siete ríos para la ciudad y la salud, tiene una vez más, el reto a través de sus colectivos, organizaciones o veedurías de contribuir con evaluaciones y seguimiento a las acciones públicas y privadas en torno a dicha riqueza natural, a fin de ser un factor adicional de observación y control sobre aspectos puntuales. Naturalmente que la atención y medidas eficaces tienen que provenir de las autoridades ambientales competentes del orden nacional y regional para el cumplimiento de las normas legales sobre conservación y salubridad de las aguas, así como la gestión para la concientización urbana y rural acerca de la trascendencia del cuidado de los ríos.

Foto: Archivo El País

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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