El populismo económico de Trump

A principios de 2016 parecía un mal chiste decir que Donald Trump podría ser siquiera candidato presidencial por el Partido Republicano y luego electo presidente de los Estados Unidos. Frente a un pool de políticos profesionales como Marco Rubio, Ted Cruz o Jeb Bush, la presencia de un empresario mediático, caricaturesco y sin ningún bagaje en los temas del sector público parecía una idea poco factible. Paradójicamente, en la historia de los Estados Unidos, un país que sustenta buena parte de su orgullo nacional en el emprendimiento y el éxito empresarial, los empresarios rara vez suelen protagonizar algún papel en la vida política de la nación; no obstante, en un ambiente donde la profunda crisis de finales de la década pasada apenas empieza a superarse, justamente ha sido la trayectoria de Trump en los negocios la que le dio ese elemento diferenciador que le ha dotado, además, de una herramienta poderosa para su discurso en contra del establecimiento político americano.

El empresario calculador, multimillonario, de vida personal desordenada y gran arraigo popular por su participación en programas de televisión, logró capturar el inconformismo de las bases conservadoras con las políticas de Barack Obama y aprovechar el desgaste normal de un partido que lleva ocho años en el gobierno. Su carácter fuerte, su capacidad para expresar lo primero que se le viene a la mente y sus posturas radicales, lo convirtieron en uno de los grandes críticos del presidente Obama. El primer éxito de Trump fue, entonces, encarnar la oposición radical al gobierno demócrata, que ninguno de los otros candidatos republicanos supo expresar y capitalizar. Trump fue creciendo en los sectores más reaccionarios del conservadurismo norteamericano, la oposición radical y en los imaginarios complotistas, donde su retórica incendiaria supo atrapar adeptos. Y ahí está el resultado: no hay manera de negar que Donald Trump tenía una posibilidad lo suficientemente alta de llegar a ser presidente de los Estados Unidos.

A menudo, se suele asociar al candidato republicano como un exponente puro del populismo, quizás sustentada esta noción en su carisma, en su carácter y en la identidad que ha logrado construir en torno a su figura, que se auna con el hecho de ser percibido como uno más de la base conservadora de la sociedad americana: blanco, emprendedor, cristiano y dotado de un marcado acento nacionalista, es decir, uno que entiende muy bien los anhelos de este segmento de la población. Esto se hace mucho más evidente al hacer un análisis de sus principales propuestas que, dicho sea de paso, no han sido el énfasis de su campaña tanto como sus frases efectistas sobre temas sensibles como la inmigración, el terrorismo y el gasto público, triada estructurante del pensamiento neoconservador estadounidense. Pero quizás convenga someter primero a contraste la realidad de la economía de los Estados Unidos con las principales propuestas de Trump:

Donald Trump ha sido especialmente crítico con la política económica de Obama que ha sido claramente un programa orientado hacia la superación de la crisis profunda que vivió el aparato productivo de los Estados Unidos en 2008 y llevo al PIB más grande del planeta a una contracción no vista desde 1929. Las recetas keynesianas aparecieron en escena ante el estruendoso escenario depresivo global  a fin de garantizar que industrias y sectores económicos claves como los bancos no colapsaran. Obama inyectó una cantidad considerable de dinero que fue acompañado de una baja a casi cero de los tipos de interés de la Reserva Federal, lo que básicamente fue una mezcla de política fiscal y monetaria expansivas que mantuvieran viva la demanda agregada del mayor mercado mundial. Ocho años después, las estadísticas económicas de los Estados Unidos dan cuenta de una recuperación de los principales indicadores económicos y de una respuesta positiva del producto, como se aprecia en la gráfica 1.

Gráfica 1

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La caída del sector financiero en 2007 y su contagio al sector real de 2008 marcó uno de los puntos más críticos de la historia estadounidense en los últimos setenta años en materia económica. El PIB registró crecimientos negativos en 2007 y 2008 con la consecuente destrucción de empleos, cuya tasa empieza a recuperarse en el año 2011 de forma sostenida hasta hoy. Si bien el crecimiento económico esperado para 2016 está aún por debajo de las expectativas, (no se espera que el PIB tenga crecimientos superiores a 3,5%), en los siguientes años, el reto macroeconómico más importante es mantener estable la expansión del producto y la generación de empleos.

El gráfico 2 revela el comportamiento del mercado laboral en los últimos ocho años, donde a partir del inicio de la recuperación económica, la tasa de desempleo ha venido reduciéndose hasta situarse en mínimos históricos, un momento que los economistas caracterizan como pleno empleo y que se podría considerar el mayor logro de la administración Obama.

Gráfica 2

 

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Por supuesto, persisten retos, y de hecho la economía estadounidense aún es frágil ante las volatilidades del ciclo económico, así como algunos programas gubernamentales como el de la asistencia médica –obamacare- muestran algunas fisuras que están demandando recursos adicionales y se han convertido en una fuente de críticas de Trump y los sectores conservadores. Y allí entra en escena el núcleo duro del discurso conservador y sobre el que ha centrado su programa el candidato republicano: el gasto público, el manejo macroeconómico y la negación de los efectos positivos de la política económica de la administración Obama.

Las ideas esbozadas por la campaña de Trump pretenden conducir, según palabras del candidato, a lograr la mayor revolución fiscal desde la era de Ronald Reagan. Y aquí se genera la desconexión del programa económico del candidato del Partido Republicano con el contexto de la economía estadounidense: ¿cómo garantizará Trump que se sigan generando empleos? ¿cómo mantendrá la economía en crecimiento? ¿podrá mantener la senda del gasto público y evitar una espiral inflacionaria? En este momento de desaceleración global, la política fiscal que se adopte, puede significar la diferencia entre una nueva crisis o la preservación de la recuperación económica.

Por un lado, Donald Trump plantea una serie de reformas en la estructura impositiva: propone reducir los impuestos a la clase media y a las empresas, brindar exenciones a las clases de menores ingresos, eliminar algunas deducciones adicionales y elevar los impuestos a los de mayores rentas; una propuesta con aroma populista muy atractiva para los votantes conservadores. No obstante, su campaña no ha mostrado los datos y proyecciones que demuestren que estas reformas no afectarán el recaudo tributario y que, por tanto, no impedirán la eliminación del desequilibrio fiscal que promete acabar en ocho años. Si los ingresos se reducen, las necesidades de endeudamiento se elevan y la capacidad contra-cíclica del gobierno federal se vería seriamente comprometida.

El discurso conservador más radical suele apelar al nacionalismo y entra en notable contradicción con las ideas de libertad económica representadas por el Partido Republicano. El candidato republicano a la presidencia ha prometido revisar los acuerdos comerciales vigentes entre los Estados Unidos y otros países, aplicar importantes restricciones a la migración y plantea una serie de medidas proteccionistas que pretenden privilegiar la producción nacional. Un ejemplo clásico es la promesa de imponer un arancel del 35% a las importaciones de vehículos desde México; desde que entró en vigencia el NAFTA, tratado comercial de América del Norte, muchas empresas ensambladoras se han localizado en territorio mexicano con la expectativa de disponer de factores de menor costo relativo. El asunto reviste gran trascendencia cuando más de la mitad de los proveedores de partes de automóviles son estadounidenses, lo cual, ante un aumento de los aranceles y una baja de la demanda de vehículos ensamblados en México, afectaría negativamente a esos productores de autopartes. El asunto se repite en distintos sectores como los textiles, los alimentos procesados y partes tecnológicas. Pero, por supuesto, hablar de la defensa de la producción nacional en detrimento de la competencia extranjera, es popular y endosa votos.

Por el lado de la demanda, el panorama no es tampoco claro. Aunque Trump promete alivios fiscales a la clase media y a los trabajadores, es probable que el efecto de las medidas proteccionistas sobre los precios se vea reflejado en un aumento de la inflación, lo que en últimas terminará gravando los ingresos de quienes menos ganan. Y este riesgo exige realmente una revisión cuidadosa, no se puede esperar que una economía abierta como la de los Estados Unidos no tenga consecuencias negativas ante una decisión política de reducir su apertura a través de barreras cuantitativas y no cuantitativas al tránsito de factores, insumos y bienes y servicios.

En un país inmerso en varios conflictos internacionales, con la permanente amenaza del terrorismo y con una economía frágil en recuperación, la tentación de aplicar la doctrina Monroe cobra gran validez y se vuelve en la bandera de un candidato ansioso por seducir a las bases más conservadoras y poco interesadas en entender el contexto de su realidad. Donald Trump ha entendido que el ciudadano americano promedio se siente inseguro cuando abre las puertas al mundo y se horroriza con la idea de ver al hombre blanco y cristiano convertirse progresivamente en una minoría, en medio de mano de obra barata de origen extranjero. El proponer un muro en la frontera con México, las medidas proteccionistas y la exaltación del producto nacional por encima del producto extranjero, pueden hacer que un empresario sin experiencia política, excéntrico y con poca visión de los asuntos internacionales sea presidente de la nación símbolo de las libertades, del libre mercado y de la inversión extranjera. Toda una paradoja que podría ser explicada escuetamente por el encanto del populismo económico del cual Donald Trump es el gran símbolo, pero al que se suman cada vez más políticos en Europa y seguramente en Latinoamérica.

 

 

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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