No saber por dónde empezar…

Una gran duda que no he podido resolver a la hora de sentarme a escribir esta columna es cuál debería ser el punto de partida al hablar de los últimos meses de gobierno, si las causas de indignación en Colombia son tantas y tan frecuentes.

En principio, quería situar la atención sobre los recientes escándalos al interior de la cúpula militar colombiana, expresar mi indignación ante el hecho de que 9 de sus miembros estén involucrados en procesos de falsos positivos y reivindicar nuestro deber como ciudadanos de exigir mejores nombramientos, celeridad en las investigaciones y sanciones a los más altos responsables de dichos escándalos.

Luego me resultó imposible no mencionar la persecución inclemente de la Policía Nacional a los vendedores ambulantes que, tal como demuestra el caso del Sargento Jamir Chavarro en Bogotá, está relacionada con un sistema de beneficios por cantidad de multas interpuestas y con el estrecho vínculo de la policía con las mafias de alquiler irregular del espacio público.

También divagué sobre el nombramiento del señor Darío Acevedo como Director del Centro de Memoria Histórica y la estrategia del uribismo de controlar el discurso alrededor del conflicto armado colombiano, que pasa por los recientes movimientos al interior del Ministerio de Cultura y las denuncias de la Directora de la Biblioteca Nacional.

Menos grave resulta ahora discutir los nombramientos de personas que homologan estudios en notarías para asumir carteras de gobierno de carácter técnico, solo por haber sido férreos defensores del discurso uribista durante su época de oposición.

Más grave pensar en el desastre diplomático en el que está metida la Cancillería de Colombia por dar cabida al discurso guerrerista de Estados Unidos. Pareciera que el señor Holmes olvidó que los gobiernos son esclavos de sus palabras y que una vez creado el ambiente intervencionista en la población latina de Estados Unidos, la salida militar ya no es una estrategia de disuasión sino una opción real y tangible.

Me sigue causando indignación que el Fiscal General de la Nación sea un personaje implicado en el escándalo de corrupción más grande de Latinoamérica y que Colombia sea el único país que no muestra resultados contundentes en sus investigaciones. Además, no deja de sorprenderme los ataques al proceso de paz que surgen desde esta institución, minando la confianza de los desmovilizados y favoreciendo el discurso beligerante.

Fue brillante la estrategia empleada por el uribismo en los últimos meses de gobierno: en lugar de proponer cambios graduales e imperceptibles para posicionar una agenda específica, decidieron abrumar a la opinión pública con nombramientos desfasados, decretos polémicos y hasta con la apropiación de nuestra memoria histórica.

Son tantas las cosas que acontecen al mismo tiempo que resulta difícil para los ciudadanos tener una mirada amplia de la realidad nacional, de hacer seguimiento de los sucesos y apropiarse de un debate que priorice la veeduría y la rendición de cuentas. Tampoco ayuda la postura de los medios de comunicación, que hacen eco de la noticia del momento y evitan, de manera conveniente, profundizar en los escándalos más antiguos.

Lo que nos compete a nosotros es aprender a mirar el panorama completo y no caer en el juego reduccionista del bombardeo mediático. Organizarnos para cumplir metas concretas de política pública, ser críticos con el discurso predominante y rememorar constantemente. Hacer activismo en redes, pero no activismos efímeros que se diluyen en el siguiente escándalo. En resumen, ser agentes de cambio.

Fuente imagen: https://bit.ly/2NMSgjv

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario