No olvides que eres mortal

El triunfo, que muy difícilmente el Senado romano concedía a los generales  victoriosos, era el honor que más apreciaban los vencedores. Consistía en entrar a la ciudad a la cabeza de su ejército, para recibir los vítores y aclamaciones de todos sus conciudadanos.  Detrás del general triunfante iba siempre una persona sosteniendo la corona de laurel que se concedía a los vencedores, pero cuya función primordial era pronunciar repetidamente las palabras, “no olvides que eres mortal”, y así evitar que se embriagara en exceso con las mieles de la gloria.

Nuestros líderes suelen solazarse con la vanidad, empequeñeciéndose  y apagando el brillo de los pocos destellos de grandeza que ocasionalmente tienen. No resisten la tentación de lucirse cuando están frente a las cámaras, optando a menudo por tratar  de imponer sus tesis como sea, zahiriendo a sus contradictores.

A pesar de ser avezados políticos, y en muchas ocasiones dueños de conocimiento y cultura, parecen no comprender que el verdadero líder y estadista  debe caracterizarse por expresar sus ideas con vehemencia si se quiere, pero demostrando un profundo respeto por sus contradictores. La verdadera misión de los líderes políticos es construir consensos que logren el bienestar de sus conciudadanos, y esto solo puede lograrse confrontando  ideas y propuestas con el contrario, con la mira de enriquecerlas con las del otro generando el consenso.

Este es el meollo de la cuestión en la crisis que confrontamos desde el 2 de octubre pasado. Son encomiables sin duda la disposición que el gobierno y los líderes del NO muestran  para lograr consensos que generen un nuevo acuerdo de paz que nos una en vez de dividirnos. Sin embargo, con frecuencia, ante las cámaras, los líderes de uno y otro lado borran con el codo lo que con mucho trabajo logran sus colaboradores, anteponiendo el egocentrismo vanidoso, al respeto y la ponderación que debe primar en las conversaciones y en las declaraciones. Obrar así en esta coyuntura es jugar con candela.

Muy pocos de nosotros recordamos, aunque sea por referencia, el ejemplo que Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez dieron a Colombia cuando con grandeza depusieron sus egos  y los intereses de sus partidos, generando el salvador Frente Nacional. La polarización en los años 40 y 50 era mucho mayor que la actual, pero con liderazgo y patriotismo, generaron el consenso que terminó la dictadura y la violencia política de entonces.

La sociedad civil que en buena hora ha reaccionado y ha venido expresándose con loable madurez, exige a los dirigentes del país que lleguen a acuerdos sobre la paz. Es por lo tanto su deber deponer vanidades y ambiciones político-partidistas, para cumplirle a Colombia y a la sociedad civil, que tienen muy claro que por encima de todo está lograr que no haya más víctimas ni más muertes. ¡Qué bueno sería que nuestros dirigentes, al despertar cada mañana, oyeran el estribillo de “no olvides a las víctimas ni a los más débiles” y obraran con grandeza y desprendimiento! Si no lo hacen, la sociedad civil y la historia se los reclamará.

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