Lucidez y pragmatismo

Las visitas del Secretario de Estado norteamericano a Ciudad de México y Bogotá parecen señalar un cambio en la lucha contra el narcotráfico. Se pasaría del concepto de guerra librada en los países productores al de estrategia integral, que contempla entre otros los aspectos sociales y económicos del problema.

La retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán significa que Estados Unidos acepta el fracaso del enfoque militar en la lucha contra el terrorismo islámico y que se debe continuar pero privilegiando otros métodos. El hecho entraña una señal con relación a otros conflictos en los que no se ven esperanzas de éxito.

Como ha sido la guerra contra el narcotráfico en otras latitudes, la guerra anti terrorista en el medio oriente fue un fiasco. Los costos desde su comienzo hace veinte años pueden contarse en trillones de dólares, mientras las bajas militares, las víctimas civiles y los desplazados se cuentan por millones. Naciones enteras como Iraq, Afganistán, Siria y hasta el muy civilizado Líbano son ahora Estados fallidos. La receta del fracaso puede resumirse así: muchas bombas y balas, ningún interés por la gente y su progreso.

Entre tanto en esa región del planeta se ha multiplicado exponencialmente el número de grupos terroristas, y persisten regímenes impredecibles con capacidad de destrucción nuclear como Pakistán. Todo a la sombra fundamentalista y omnipotente de los ayatolas iraníes.

Mucho antes de estos acontecimientos, en junio de 1971, el presidente Nixon había declarado la lucha sin cuartel contra las drogas. Sin embargo partió de una concepción errada: la carga debería recaer sobre los países productores, aquellos de frágil desempeño económico, graves dificultades en el campo social e instituciones desfallecientes. En esa división absurda de las cosas poca importancia se dio a contener los hábitos de consumo en el país del norte, desmantelar las redes de distribución y controlar los flujos financieros internos.

Pasado medio siglo el balance en la guerra anti drogas no puede ser peor. Las muertes por sobre dosis en EE.UU. pasaron de una por cien mil habitantes en 1970 a veinte en el 2019. Aparecieron nuevos narcóticos más perversos y accesibles como el Fentanilo. La oferta a crecido vigorosa, los precios son moderados y estables. Todo mientras la América situada al sur del río Grande está herida por una confrontación sin futuro.

Esta es una realidad que los colombianos padecemos y conocemos de sobra. Pero hay otros casos como el de México, tanto o más patético que el nuestro. Se estima que entre el 2006 y el 2021 en esa nación se produjeron 350.000 muertes relacionadas con el narcotráfico y desaparecieron 72.000 personas por la misma causa.

Pasar de una guerra a una estrategia integral, multidimensional, para lidiar con el narcotráfico no va a ser fácil. Todas las guerras son un negocio y en este caso concreto los herbicidas, los helicópteros, los aviones, los equipos de comunicación, las investigaciones e incluso los servicios carcelarios para guardar a los miles de infractores yanquis son provistos por empresas estadounidenses que facturan billones de dólares y se apoyan en poderosos lobbies. Romper esa maraña de intereses podría ser imposible.

Ojalá el presidente Biden y el secretario Blinken tengan la lucidez, el pragmatismo y la determinación para hacerlo.

Columna recuperada del Diario El  País
Foto de la Cancillería

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario