LOS OTROS Y NOSOTROS

“Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”. Gabriel García Márquez.

“Los Otros”, es el título de una excelente película de Alejandro Amenábar, que cuenta la historia de una familia inglesa asediada por los fantasmas de la muerte y la violencia durante la segunda guerra mundial. En la película es difícil discernir los límites entre la vida y la muerte. Sus personajes están atrapados en una atmósfera penumbrosa, rodeados de miedo, temiendo incluso a la luz del día, refugiados en una hermosa e insondable mansión. La madre, protagonizada por la hermosa y frágil Nicole Kidman, protege en forma obsesiva a sus hijos de esa terrible realidad exterior, impidiendo que en la casa se cuele un rayo de luz.  El Padre de familia, convertido en un espectro, regresa de la segunda guerra mundial, y al final desaparece tan misteriosamente como llega. Como espectador, uno se siente fascinado y desconcertado con la trama. La historia genera una especie de miedo metafísico envolvente, pues ignoramos lo que sucede, sin recurrir la película para ello a ningún efecto especial. La trama es tan sutil y a la vez compleja, que es difícil identificar la maldad o bondad en sus personajes, la verdad o la mentira en sus relatos. Es imposible distinguir entre lo vivos y los muertos. Solo al final de la película uno descansa y cree haber descifrado la inteligente trama de su director y guionista, un legítimo heredero de Buñuel y Hitchcock, al combinar magistralmente el surrealismo con el suspenso.

La anterior puesta en escena parece reproducir, como una sutil alegoría, lo que sucede en nuestra realidad. Pero nuestra realidad es mucho más compleja,  terrorífica y esperanzadora. Al punto que deambulamos en un limbo ambiguo y sangriento, entre la guerra y la paz. Con la enorme diferencia que somos los protagonistas de la película y en ella se nos va la vida. En la película nacional no tendremos la oportunidad del espectador, que al salir del teatro empieza a interpretar lo que ha visto, pues es probable que tengamos nuestros ojos cerrados para siempre. Nuestra realidad es más compleja, pues nos parece imposible discernir entre la verdad y la mentira en los relatos de los protagonistas de la vida nacional. Incluso a veces confundimos su propia identidad y no estamos muy seguros de saber con quien tratamos. En más de una ocasión el fiscal de hoy se convierte en acusado mañana. El Ministro se transmuta en convicto y el asesino en salvador. Todos los personajes estelares parecen representar, en forma febril y casi simultánea, los papeles más contradictorios. Los libretos que tienen a su disposición son tan ambiguos, que suelen intercambiarlos. Un mismo parlamento puede ser pronunciado por el inocente y el culpable; el guerrillero y el paramilitar; el pacifista y el combatiente; el funcionario y el candidato. Al escuchar sus discursos no podemos adivinar su bando o partido, pues debemos esperar el resultado de sus acciones. Sólo entonces, al identificar a sus enemigos o víctimas, sabemos quienes son. En fin, una realidad mutante y sincrética, donde las palabras ocultan las intenciones y sólo las acciones revelan las identidades de los actores. Pero no sólo es más compleja nuestra realidad, sino que también es mucho más terrorífica. En efecto, en la película “Los Otros”, al final sabemos quiénes están vivos y quiénes muertos. En nuestro caso, ni siquiera tenemos esa certeza, pues hay miles que se encuentran desaparecidos y carecemos de  pruebas sobre su muerte o supervivencia. Los límites entre la vida, la libertad y la muerte son inciertos y confusos para millones de desplazados. Ellos deambulan peligrosamente entre esas fronteras, como una especie de nómadas por todo el territorio nacional.

Claro que también, a diferencia de “Los Otros”, nosotros tenemos numerosas poblaciones que han desafiado con éxito esas fronteras difusas y móviles del terror, la violencia y la muerte. Y lo han hecho expulsando al miedo de sus territorios y asumiendo con valor civil  la responsabilidad por sus propias vidas. Es el caso de las numerosas Comunidades de Paz de Chocó y Antioquia; los Municipios Caucanos de Caldono y Bolívar; o los del Magdalena Medio; las mujeres de la Ruta Pacífica y de Barrancabermeja, junto a los pueblos indígenas Nasa, Misak, Aruhacos y U’was. Todos tienen en común que rechazan jugar los papeles de víctimas o verdugos, pues renuncian radicalmente al ejercicio de la violencia por su propia mano, así como a delegarla en un tercero que se manche las manos en su nombre. De esta forma, las organizaciones populares, comunidades indígenas y colectivos de mujeres dan lecciones de valor civil y de ética política a cientos de miles de citadinos, confusos y cobardes, que  hoy parecen colocar todos su temores y esperanzas en un senador que, con voz desafinada y ademanes corteses, aconseja al presidente la necesidad de “masacrar con criterio social”, para salvaguardar de la ruina y el asedio sus penumbrosas casas y ricas heredades, secularmente habitadas por su propio miedo y el odio de numerosos sirvientes, algunas veces más sedientos de revancha que de justicia.

Imagen: https://bit.ly/2W6UjoW

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario