Los despatriados y la sociedad psiquiátrica

Con la arremetida económica provocada por la Reforma Tributaria Estructural (RTE), votada por una gran mayoría de senadores, se agudizan las precariedades sociales en un país como Colombia con altísimos índices de pobrezas. Colombia calcula la pobreza a partir de los ingresos monetarios de los hogares, pero también a través del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), que evalúa cinco dimensiones de los hogares colombianos: condiciones educativas del hogar; de la niñez y la juventud; trabajo; salud, y acceso a servicios públicos y condiciones de la vivienda. Analicemos solo dos de ellos: con el salario mínimo decretado (SMD) por el gobierno nacional, un colombiano en promedio difícilmente puede tener una educación complementaria de calidad, digo  de “calidad integral”  porque a pesar de la gratuidad, un estudiante requiere ciertos componentes complementarios para ampliar su  capital cultural y educativo (ir a cine, a teatro, comprar un libro, transporte, alimentación, acceder a internet o  poseer un dispositivo computacional por mencionar algunos que de seguro están por fuera del apoyo estatal) lo que convierte el slogan de la “Colombia la más educada 2025” en un sofisma, sin posibilidad de cumplimiento total. Peor aún, con el incremento de gravámenes a los libros que afecta el crecimiento cultural-educativo y desestimula mejorar las competencias lectoras de comprensión e interpretación de textos, agravando más el problema de la calidad educativa y sus resultados.

Además la RTE, ataca de forma indirecta la política de seguridad y convivencia en su sentido más básico de promover el entendimiento para mejorar las relaciones cotidianas.

En el contexto politiquero de las ministras Giha y Garcés (sin el sentido colectivo o para el bien común) y de poder (atesorar más, sin importar sus efectos) vemos como se tergiversa en los programas de opinión de radio y televisión la falsa propaganda  donde se expresa que se quiere que la población lea más y amplié su visión del mundo, pero inversamente la política cultural fomenta piensen menos y sean más fácilmente gobernados. Claramente todo lo que se muestra en realidad, es la política contraria y disonante al trípode paz, equidad y educación, menores índices de lectura y mayores índices de pobreza. Seguramente pronto vendrán las protestas y las movilizaciones de los irriritados trabajadores, acá en las américas coloniales hablamos de los irritados, no de los indignados porque las acciones de la gente, del soberano pueblo son de enojo, rabia y extrañamente de poca protesta a pesar de que con estos actos legislativos se violentan derechos fundamentales como la educación, la salud, la vivienda, la recreación, la paz entre otros más. Los  indignados sí se consolidaron en Europa en mayo de 2011 como un movimiento de protesta y acción política, para promover una democracia más participativa, amplia e incluyente con pretensiones de distanciar los partidos políticos tradicionales, el dominio de los bancos y establecer una autentica división de poderes en el sistema constitucional.

Como educador me preocupa todo lo que sucede, porque lo que observo es una política para la desigualdad ciudadana y la afectación indudable al proceso de paz, prioritariamente en sus pilares de duración, veracidad y perdurabilidad. Sobre todo ahora que se agrede a los más pobres, con más impuestos, menos ingresos y más entrega a la indignante y perversa oferta económica de más trabajo y menos remuneración. Con RTE y SMD, se incita al pueblo a ser más dispuesto al conflicto, al todo vale, a la corrupción, a la explotación y la violencia. Como consecuencia, la gente ahora está más irritada, intolerante, trabaja con menos calidad y menos deseo de hacer las cosas bien.

Estas actuaciones destrozan  familias, modelos de escuela, relaciones de vecindad, de ciudadanía y alimenta el conflicto social, la prostitución, la drogadicción y el malestar de todo tipo. Todos estos ambientes cercenan el desarrollo económico, la tranquilidad y la visión de futuro de un país que busca falsamente “incluir” excluyendo. Por todo lo anterior, la población cada día está más enferma, corremos nuevamente el riesgo de que pasen cosas peores de las que cotidianamente vemos, padres que ofertan a sus hijos, niños muriendo de hambre, aumento de indigencia y desigualdad y en fin una serie de cosas paranoicas dignas de una sociedad psiquiátrica.

Para terminar, se estima en Colombia que un 60% de su población está en la pobreza (más de 20 millones) y otra cifra considerable en la miseria.

Toda esta política engañosa y falaz provoca que muchos coterráneos salgan del país, sean “despatriados” y busque una oportunidad en el extranjero. Colombia hoy es el país de la desigualdad, de la marginación y las más profundas inequidades. Uno queda despatriado cuando no encuentra la oportunidad educativa, laboral, de tranquilidad y crecimiento en su propio territorio y se ve obligado e emigrar. Por ello, cabe preguntarnos

¿Qué podemos hacer? ¿Cuál es la salida?

Aquí no pasa como en los antiguos griegos, donde la política era el arte de la convivencia, de gobernar para el bien común y  de compartir un sentido colectivo de nación. Acá antagónicamente, se condena al pueblo al sometimiento extremo y a la implacable destrucción de sus más arraigados valores ciudadanos (la libertad, la generosidad, la honestidad, la participación).

El respeto por los electores y por más del 80% de la población de estratos populares y económicamente los más esclavizados ha desaparecido. Por lo que casi todos los colombianos estamos  psiquiátricamente enfermos y socialmente famélicos. Ante tanto  post-verdad y sofisma solo queda la organización alternativa de la ciudadanía. Afortunadamente, hay movimientos e indicios de cambio porque la respuesta contraria a la tiranía de los gobernantes está en la postpolítica que se avecina. Esperando que los nuevos agentes de lo político no sean más de lo mismo o sombras de un discurso populista que mundialmente ha sido superado. Ya veremos qué pasa en las próximas legislativas, no podemos perder la esperanza de vida y de cambio o peor aún la memoria, porque quien pierde la memoria no existe, ha muerto.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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