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Los avatares de la economía abierta

La economía mundial, cerrada desde la primera guerra mundial, retomó la senda de la integración en 1945, con el fin de la guerra. El andamiaje de la posguerra incluyó el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas en 1948, que se transformó en la Organización Mundial del Comercio desde 1995. Sin embargo, no hay reglas claras hoy, después de más de siete décadas: el país con la mayor economía, Estados Unidos, optó hace años por suscribir acuerdos bilaterales de carácter preferencial, y la Unión Europea y otros países desarrollados han seguido este camino.

El crecimiento económico mundial, muy rápido entre la posguerra y los años sesenta del siglo pasado, se frenó en los setenta pero tomó nuevo impulso a finales del siglo con la orientación hacia la economía de mercado en China e India. El comercio creció con el abaratamiento del transporte marítimo. Por su parte, el mapa político se modificó desde los sesenta, por el colapso de los esquemas imperiales de Occidente en Asia y África, y en los noventa por el agotamiento del sistema soviético. Como consecuencia, hoy hay casi 200 países, muy heterogéneos en población e ingreso per cápita; muchos no estaban preparados para la globalización que impulsaron las nuevas tecnologías de la información y las telecomunicaciones.

Hoy la economía global es volátil: es incierta la perspectiva de precio de los productos primarios; la valoración relativa de las monedas no es sostenible porque el enorme déficit de cuenta corriente de EE.UU., país deudor del resto del mundo en forma creciente, no se corrige, porque la confianza en la estabilidad de ese país fortalece el dólar, para beneficio en el corto plazo de los consumidores americanos, y en perjuicio de su industria y su agricultura, que han perdido competitividad, en tanto que Alemania tiene un enorme superávit de balanza comercial como consecuencia de su vinculación a la Unión Europea, efectiva en lo comercial y lo financiero, pero cuya integración laboral aún es muy parcial, por la diversidad cultural, la naturaleza nacional de la seguridad social y la diferencia de esquemas normativos en materia penal y fiscal; la política de expansión monetaria con la que se respondió a la crisis mundial de 2008 resta valor al ahorro a tasa fija, y no es sostenible en el largo plazo; la integración comercial está amenazada por la intención manifiesta del Presidente Trump de redefinir los acuerdos comerciales, pese a que la tasa de desempleo de EE.UU. está por debajo de 5%.

El ordenamiento institucional del planeta es complejo: aducen soberanía países muy diferentes. La pretensión de autonomía de las burocracias impide reconocer la articulación comercial, intelectual y cultural creciente. Sin embargo, es clara la conveniencia de que los sistemas fiscales y monetarios sean más estables y eficientes. Eso se puede lograr mediante la integración plena entre países más o menos homogéneos, combinada con mayor autonomía de ciudades y regiones para acometer los procesos de desarrollo sostenible que aprovechen sus ventajas comparativas. La unión sin populismos de los países bolivarianos, todos con problemas de mal diseño de procesos públicos, podría ser buen ejemplo para el mundo. El gran beneficio sería rehacer las instituciones públicas, que hoy asfixian a varios de estos países: el ordenamiento de lo público mediante procesos racionales atendería el propósito de construir el estado social de derecho con más coherencia y mucha menos corrupción.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la Corporación Consorcio Ciudadano.
** Publicado en LaRepública

 

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