Las sombras y la esperanza

Lo más atroz del coronavirus es el estado de incertidumbre que lo acompaña. En un mundo acostumbrado a las certezas, a las seguridades que provenían de la ciencia, la cibernética y las instituciones establecidas resulta que no, ahora nada es certero ni confiable. Ni siquiera estamos seguros de que nosotros y nuestros seres queridos llegaremos a celebrar algo tan añorado y entrañable como la siguiente Navidad.

Pero el actual paso por el desierto en medio de peligros incontables dejará enseñanzas para el futuro de la especie. Aspectos esenciales de la vida diaria tendrán que ser resignificados en una perspectiva de humanidad, poniendo al ser humano y su bienestar integral en el centro de todas las acciones individuales y colectivas.

Respecto de la dimensión espiritual, somos muchos quienes hemos experimentado por estos días, sentimientos de abandono, de desahucio, de vacío intenso. Nos sobresalta la idea de que no tenemos a dónde volver los ojos y nuestro grito de auxilio se desvanecerá en la nada.
Pareciera que la Fuerza Suprema, el Sumo Hacedor, el Gran Arquitecto o como quiera llamarse a la Providencia, desapareció abandonándonos en manos de la fatalidad.

Con los altibajos propios de la existencia considero ser creyente, de manera que la búsqueda de respuestas me llevó a los escritos del teólogo jesuita Gustavo Baena Bustamante (*) y quisiera compartir con mis lectores algunas de sus reflexiones.

La buena noticia redescubierta es que Dios está en todo instante al alcance de nosotros, íntimamente entreverado con nuestro propio yo, dispuesto a escuchar, acoger, inspirar. El padre Baena expone sus conceptos de manera didáctica y clara, dándonos luces para esta coyuntura particular cuando sentimos desfallecer:

– El Dios real no es un ser lejano de otro mundo sino un cercano e implícito en nosotros. Ya lo tenemos dado en nuestro propio ser. Eso quiere decir que se deja sentir y experimentar en nuestro interior.

– Es el mismo Dios quien accede a nosotros, saliendo de sí mismo, despojándose de su infinitud, situándose en nuestro interior y moviéndonos a salir de nosotros mismos. Cada vez que nos sentimos movidos a hacer esto, estamos experimentando la realidad del acto creador de Dios.

– Experiencia de Dios no es entrar en diálogo con una imagen que nos hemos fabricado o una representación. Experiencia de Dios es entrar en comunicación con ese Dios que habita en mí mismo.

-La experiencia de Dios puede constatarse cada vez que nos proponemos vivirla a consciencia, y nos sentimos impulsados a actuar en auxilio de las personas dolientes; aquellas que en circunstancias como la actual sufren múltiples carencias.

Creo apreciado lector que llegó el momento de tomar la iniciativa e ir a la búsqueda de Él, quien es esperanza verdadera. Tenemos que hacerlo en medio del silencio, en lo más hondo de nosotros mismos. Cada persona puede intentarlo a su manera por los caminos de la reflexión o la meditación. Lo importante es ser capaces de hallarlo para confiarle nuestro pavor y nuestro agobio.

Poniéndolo en palabras sencillas: Dios no se ha ido. Está siempre a nuestro alcance través del recogimiento profundo que nos permite escuchar su voz; está presente en el rostro del prójimo que necesita nuestra compasión.

(*) Gustavo Baena S.J. Revelación teológica de vida cristiana. www.centrofeyculturas.org.co

Imagen: https://bit.ly/39zhTO3

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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