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Las Barreras machistas al desarrollo integral

La especie humana ha sido machista, al menos desde el Neolítico, y probablemente desde antes. Sin embargo, las circunstancias actuales hacen inaceptable que la tradición de subordinación de la mujer se mantenga. En primer lugar, las posibilidades de aporte a las instituciones y la responsabilidad de contribuir a la manutención de la familia son iguales para los dos géneros en el mundo de hoy; no tiene lógica que, si la carga es igual, no lo sea también la autonomía. En segundo lugar, porque los retos de la especie son serios y nos cobijan a todos. Es preciso sobrevivir frente a amenazas de destrucción total que nosotros mismos gestamos y, al tiempo, mitigar las circunstancias adversas que puedan inhibir la construcción de oportunidades para cada quien.

La tarea es, pues, ordenar los procesos sociales para aprovechar de manera efectiva el conocimiento acumulado de manera colectiva, y así enfrentar los retos. El libre desarrollo de la personalidad como propósito está en tela de juicio; puede entrar en conflicto con la necesidad de supervivencia colectiva. Así las cosas, el tiempo es oro, y toda dilación puede ser fuente de peligro para el propósito de defender la libertad individual en contextos restrictivos por razones de fuerza mayor.

Pese a los enormes avances de la humanidad en décadas recientes contra la desigualdad de género, gran parte del globo aún admite la discriminación a la mujer frente al hombre; no se aprecia que ella suma más de la mitad de la humanidad. En Asia la situación es horrible, e inaceptable. Incluso podría aventurarse la hipótesis de que el uso ineficiente de la mitad del talento de la sociedad es el gran obstáculo para el crecimiento económico de Japón desde 1990. En China, aunque quizá menos protuberante, es igualmente abrumador el machismo. En India, donde la tradición era que la viuda se inmolaba en la pira funeraria del marido difunto, la mujer es muy subordinada, así las instituciones políticas, construidas por el partido del Congreso, no lo admitan de manera formal. En los países islámicos el asunto es estremecedor: hay recursos suficientes para el bienestar material universal pero no se admite siquiera que la mujer conduzca vehículo o que despliegue la evidencia facial de su individualidad. Las instituciones están construidas sobre la base de que el varón puede tener varias cónyuges y concubinas, pues el género débil está al servicio del fuerte, y los jóvenes con tiempos extensos sin conocer mujeres se desarrollan con desequilibrios emocionales, que ahondan las distancias de esas culturas frente a Occidente. En Israel, país pequeño pero con pretensiones de contribuir innovación a la sociedad posmoderna, la práctica religiosa, fundamento de la nacionalidad, se ejerce de manera separada: el rezo de los varones es el que tiene valor, y hay segregación locativa para la actividad religiosa según el género. En los países de África Subsahariana, donde imperan Islam o religiones animistas, el machismo es explícito y la subordinación total. Tanto en Estados Unidos como en Latinoamérica la mujer tiene doble oficio, pues atiende la gestión doméstica y participa de la obligación de aportar para sostener el hogar. Solo en los países de Europa Occidental, Canadá, Australia y Nueva Zelanda hay mayor congruencia entre la retórica sobre igualdad de género y la práctica cotidiana.

La situación es preocupante. El desequilibrio crea el desperdicio enunciado para el caso de Japón, y no se puede incurrir en esas deseconomías tan marcadas en las circunstancias problemáticas de hoy y porque, tras una guerra mundial producto de la banalización del mal y motivada con argumentos de carácter étnico, la trivialización del maltrato es inaceptable. Los avances son numerosos, pero insuficientes. En India, Paquistán e Israel ha habido mujeres en el cargo de primer ministro, y en Corea del Sur ha habido mujer presidente, pero en ninguno de estos países se registra rechazo claro a los elementos discriminatorios manifiestos en la vida cotidiana de la sociedad. Las mujeres destacadas son parte de una élite, y el tejido social de las bases popular sigue  fundamentado en la inferioridad y, sobre todo, en la subordinación de la mujer. En Latinoamérica, conjunto de países con raíces en la primera ola democrática, abiertos a pasos más audaces para el reconocimiento de la igualdad de los seres humanos, se escuchan voces de rechazo a los logros jurídicos de la mujer en las respectivas sociedades. También en Estados Unidos, con motivo de la victoria de Donald Trump, se han manifestado mujeres en contra de la posibilidad de que una mujer dirija los destinos de ese país, cuya premisa independentista fue que todos los seres humanos han sido creados iguales, pero donde hubo esclavitud en algunos estados hasta la derrota de las fuerzas secesionistas en 1865 y la mujer solo votó bien entrado el siglo veinte.

Para el desarrollo integral de la especie es esencial retomar la premisa de que las oportunidades deben ser iguales. Por supuesto, no se trata de abolir las normas de la galantería, basadas en la asimetría de fuerza física entre los dos géneros, y que pueden aportar elegancia a la vida cotidiana, con efectos benéficos de control a la violencia. Además, si se computara con rigor a lo largo de la historia la cuenta por pagar del género masculino hacia el femenino por concepto de irrespeto, sería imposible de cancelar en muchos siglos, así se hiciera un esfuerzo enorme para inducir un desequilibrio compensatorio en pro de la mujer, al menos en el plano formal. La igualdad de oportunidades debe comprender todos los momentos de la vida, con ajustes en los procesos educativos cuando las circunstancias así lo aconsejen, dado que nunca habrá plena equivalencia física mientras la especie se ciña a las reglas de diseño natural para los procesos reproductivos. Cabe recordar cómo se decía en Roma republicana que el hombre prone y la mujer supina. Se dice que la mujer madura más rápido y con más alcance. Se aduce como evidencia que aún en los países más desarrollados de Europa Occidental, donde hay verdadera semblanza de equidad de género, los domingos por la tarde el varón se dedica en muchos casos a ver fútbol por televisión, cuando ese tiempo es valioso para labrar relaciones armónicas. Así esa generalización sobre la prelación de las inclinaciones infantiles del varón fuera infundada desde la perspectiva estadística, la mera posibilidad de que se formule es suficiente motivo para hondas preocupaciones. La reflexión de toda la especie debe ser inmediata y profunda. De lo contrario, es posible que se esté botando a la basura la clave para atender los problemas más importantes de manera eficiente.

  * Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

** Ilustración: Consorcio Ciudadano

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