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ES LA POLÍTICA ¡ESTÚPIDOS!

Si algo tienen en común con nuestra convulsa vida institucional e incierta transición hacia la paz, situaciones tan complejas y distantes como la tensión nuclear entre Corea del Norte y EE.UU o el conflicto secesionista entre Cataluña y España, es precisamente la ausencia de política.

 

Gamberros de la política internacional

Es patética dicha ausencia en el caso de Trump y Kim  Jong-un, comportándose como gamberros de barrio, demostrando ante el mundo su inmadurez de estadistas. Es deplorable en España, con Rajoy y Puigdemont, incapaces de reconocerse y tratarse como políticos responsables. Y es exasperante en nuestro caso, porque estamos a punto de perder el partido de la paz, por el pantano de Vargas en que Cambio Radical y Rodrigo Lara han convertido el Congreso de la República, sumado al campo minado y mortal de la sustitución de cultivos de uso ilícito. Por todo ello, estamos en vilo de no clasificar definitiva e irreversiblemente en el campo de la política, donde los conflictos –sean geopolíticos, nacionalistas o internos— pueden y deben resolverse sin eliminar a sus protagonistas o impedirles siquiera jugar, como podría suceder con los dirigentes de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Por eso, cabe la expresión: Es la política, ¡estúpidos!  Es su crisis y precariedad, lo que nos tiene al borde de una catástrofe nuclear, la fragmentación de España y el fracaso de la paz interna, convertida ahora en blanco predilecto de oportunistas francotiradores electorales.

 

Falta la Política

La política es lo que está faltando, quizá porque hemos permitido que quienes controlan el balón de las decisiones cruciales: la seguridad mundial, la unidad nacional en España y la paz en Colombia, sean unos jugadores inmaduros, incompetentes y mediocres. Lo más grave es que tienen la capacidad, con la ayuda invaluable de un rebaño de seguidores fanáticos y de medios de comunicación sensacionalistas y frívolos, de aparentar ser los protagonistas estelares e insustituibles del juego del poder. Pero la realidad nos demuestra lo contrario: están a punto de echar a perder todo. Desde la paz mundial, por no avanzar hacia el desarme nuclear; la unidad de España, ante la incapacidad de promover un diálogo creativo y, en nuestro suelo, la consolidación de la paz al impedir el ingreso a la arena política a quienes ayer fueron jugadores letales y crueles en el campo de batalla, pero hoy están demostrando madurez y compromiso con lo pactado.

 

Entre coartadas y fantoches

En el primer caso, la política y la seguridad internacional terminan siendo desplazadas o subordinadas por la megalomanía imperial y la fantochería personal, bajo la coartada de la seguridad mundial, según Trump, o la seguridad nacional, versión Kim. Pero de continuar la escaramuza de pruebas y maniobras militares, esas coartadas los pueden convertir en los mayores criminales de la humanidad y exterminadores de vida en gran parte del planeta.

La tensión desmembradora y polarizadora entre Cataluña y España, es agravada por el fetichismo de una unidad nacional monolítica que sólo existe en la Constitución, pues en la realidad social, económica, cultural y lingüística, España es una Nación de naciones (vasca, catalana, gallega…) que requiere un reordenamiento político y constitucional inminente. Reordenamiento del poder en el territorio y en la vida socio-económica que sólo podrá alcanzarse mediante prolongadas y arduas negociaciones. No a golpes de la Guardia Civil y mucho menos mediante un acelerado e irregular referéndum, que incluso ha fragmentado y polarizado a los mismos catalanes. Al punto que el catalán más querido y reconocido, Joan Manuel Serrat, por su coherencia y defensa de su identidad cultural y lengua vernácula contra la dictadura franquista, es hoy tratado de traidor y casi apátrida, por no estar de acuerdo con el referéndum.

 

Cataluña Vs España: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”

Así lo ha dicho Serrat en Argentina, recordando un refrán popular de su madre, al concederle la Universidad Nacional del Rosario el Doctorado Honoris Causa, el pasado 7 de octubre (https://www.youtube.com/watch?v=TtGSDU5aw9g). Distinción que aprovechó para expresar unas verdades irrefutables, que son una lección magistral de política y una exhortación apabullante para Rajoy y Puigdemont, que bien vale la pena citar in extenso:

“La incompetencia, los intereses no siempre confesables, coinciden en este territorio amado y querido para mí de una manera especial, que se llama Cataluña”, por lo cual exigió “al gobierno español que, por una vez, aunque sea por una vez, tome la iniciativa política y en lugar de mandar contra la ciudadanía a las fuerzas públicas muestre voluntad de conversar con las fuerzas políticas”.  Y “al gobierno de la Generalitat, que abandone su actitud sectaria y proselitista y que antes de enviarnos a todos los catalanes al limbo de la tierra prometida de la independencia, nos podría hablar de los costos que nos va representar a los ciudadanos ir al cielo…  Dirigiéndome a ustedes, señores presidentes, les pido que hablen, que hablen señores, que hablen aunque no sepan de qué, que hablen aunque no tengan nada que decirse, porque nunca se habla lo suficiente cuando hay voluntad de solucionar cosas. Hablen o apártense y dejen que sean otros los que hablen. Otros que entiendan el mensaje de la moderación, que estén de acuerdo con Benito Juárez cuando decía aquello de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Lo que hoy vivimos en Cataluña, señoras y señores, es un fracaso y como dijo el gran intelectual y querido hombre, que fue Joan Fuster: “Un fracaso nunca se improvisa, un fracaso se construye”. Bastaría con recordar una canción poco conocida de Serrat, “Por las paredes (mil años hace…), para comprender que su actual posición no ha sido improvisada, pues allí advierte, tanto al pueblo catalán como al español: “Que la ignorancia no te niegue, que no trafique el mercader con lo que un pueblo quiere ser”.

 

Ciudadanos como jueces políticos de última instancia

Y este estribillo nos viene muy bien a nosotros, en esta etapa preelectoral, donde abundan los mercaderes, la crasa ignorancia y la mezquindad personal en el Congreso, pues pretender impedir judicialmente el ejercicio de la política a los dirigentes de las Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, nos puede conducir de nuevo al laberinto cenagoso y ensangrentado de la guerra.  Valdría la pena imaginar qué habría ocurrido si al M-19 no se le hubiera permitido participar en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente por su extravío criminal del Palacio de Justicia. En estos casos, de nuevo hay que insistir que somos los ciudadanos los jueces políticos de última instancia, quienes con nuestro voto condenamos o absolvemos a quienes aspiran a representarnos. El entonces senador Álvaro Uribe incluso defendió el cumplimiento de la ley de indulto, para garantizar ese derecho a la política de los exguerrilleros del M-19, entre los cuales estaba Everth Bustamente, hoy correligionario suyo en el Centro Democrático y el Congreso de la República. Quizá ahora se oponga porque existe una Jurisdicción Especial de Paz, que todos esperamos arroje verdad y luz sobre las tinieblas de impunidad de nuestro reciente pasado y del presente, pues sin conocer la verdad será imposible la justicia y la reconciliación. De aplicarse el rasero de una justicia draconiana que impida participar en política a todos los que hayan delinquido o tengan responsabilidad directa o indirecta en crímenes atroces, como los “falsos positivos”, entonces quedaría inhabilitado el mismo senador Uribe. Las más de tres mil quinientas ejecuciones extrajudiciales de civiles inermes fueron una consecuencia de su política de “seguridad democrática” y la aplicación de la criminal Directiva 029 del Ministerio de defensa (http://www.semana.com/nacion/articulo/la-historia-inedita-falsos-positivos/349851-3), cuando entonces, como Presidente, era el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas de la República (Constitución Política, artículo 189, numeral 3).  Si el senador Uribe tuviese un mínimo de pudor republicano y una vaga noción de lo que significa la responsabilidad política, debería inhabilitarse inmediatamente de su ejercicio, ya que es un intocable para la justicia nacional, como bien lo ha resaltado el ex-magistrado del Tribunal Superior de Medellín, Rubén Darío Pinilla.(https://www.elespectador.com/noticias/judicial/la-justicia-le-ha-faltado-valor-para-investigar-uribe-ruben-dario-pinilla-articulo-717119).

 

Lo advertía Serrat en una melancólica y romántica canción: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Pero también pasa en la guerra, cuando ella eclipsa y niega casi totalmente a la política. Y de lo que ahora se trata es, precisamente, de cantar otra tonada: de hacer prevalecer para siempre la política sobre las armas, la verdad sobre la mentira y la reconciliación política sobre el odio de la guerra. En fin, la vida sobre la muerte.  Sólo así podremos avanzar hacia una justicia de reconciliación y reparación, situada más allá de absoluciones selectivas y condenas inhabilitantes, como es la pretensión velada de Cambio Radical y el Centro Democrático. Si lo logran, invocando cínicamente “intereses superiores de la patria”, promoverán la impunidad total para aquellos políticos, empresarios y terratenientes que azuzaron la guerra y se enriquecieron con ella.  Por eso hoy le temen tanto a la verdad y a la justicia de la Jurisdicción Especial de Paz, pues están seguros que son intocables para la justicia ordinaria. Bien lo decía Sartre: “Nada es más respetable que una impunidad largamente tolerada”.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la Corporación Consorcio Ciudadano. 

 

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