La paz como responsabilidad histórica

En Colombia muchas veces en aras de avanzar históricamente, el país tiende a sumirse en la polarización y en la confrontación política. Preceptos o ideales como la paz, lejos de unir al grueso de la representatividad política, tienden a constituirse en elementos que repelen a unos de otros. El espíritu nacional pareciera no alcanzar para estar de acuerdo en lo simple, en aquello que desde todo punto de vista sería lo idóneo para el futuro.

La paz debería ser sin duda un derecho, y a la vez, la aspiración máxima de toda sociedad. En una auténtica democracia todos los esfuerzos políticos deberían estar encaminados a garantizar la búsqueda de la mejor convivencia posible y de un sistema político vigoroso y estable, en el cual surgieran las iniciativas necesarias para el avance hacia la consecución de los cuatro pilares más importantes para la paz: la igualdad, la prosperidad económica, la movilidad social y la justicia social.

Sin embargo, en Colombia el ejercicio político de ciertos sectores y el modelo de desarrollo cada vez más avasallante, han tenido en jaque permanente a todas las opciones reales para alcanzar la paz. Las tergiversaciones discursivas y la instrumentalización de los episodios más tristes de nuestro trágico conflicto armado, se han constituido en las herramientas electorales de una clase política que prefiere responderle a intereses privados antes que velar por el bien común.

El resultado del Plebiscito y el posterior papel ejercido por los del No desde que obtuvieron su victoria, son pruebas reinas de la democracia reducida que impera en Colombia. Que un Partido Político pueda desplegar una campaña electoral basada en el engaño, la desinformación y el cinismo dice mucho de la madurez política del ciudadano colombiano. La vigencia política de quienes socavan intencionalmente el diálogo democrático, ha dejado de ser una broma de mal gusto para constituirse en un fenómeno preocupante que pareciera indicar que los discursos cada vez más recalcitrantes, retardatarios y radicales tienen una cabida importante en el grueso de la población.

Ante este escenario desolador, no queda más que hacer de tripas corazón y seguir buscando las opciones para que el país encuentre un norte y un referente político sano. La educación tiene que empezar a jugar un papel cada vez más activo en la superación de la inmadurez política. La paz será un hecho en Colombia cuando el ciudadano de a pie, se dé cuenta que su actitud y accionar tienen una consecuencia para el futuro nacional. El colombiano promedio también debe asumir su responsabilidad histórica con la paz.

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