La huella de Obama en la historia

 

El saliente presidente de los Estados Unidos entrará en la historia como pocos líderes en el mundo y sin necesidad de esperar el balance de su gobierno. Y es que en un país donde la guerra civil estalló por cuenta del intento de abolir la esclavitud, hace menos de 150 años, que un abogado de clase media, afroamericano y brillante orador haya sido elegido presidente de la nación más influyente del mundo constituye ya un capítulo relevante y único.

Los Estados Unidos enfrentaban momentos muy críticos, por cuenta de dos guerras en las que se habían embarcado como resultado de una orientación unilateral de su política exterior y una profunda depresión económica, que llegó tras años de riesgos exageradamente altos que acumuló el sistema financiero y la desregulación gubernamental de los bancos.

Tras una década donde el terrorismo mostró su peor rostro en el suelo americano, la pobreza aumentó conforme la economía se deterioraba y el pesimismo se apropiaba de la opinión, la aparición de Obama impregnó de entusiasmo al mundo.

Sin embargo, la esperanza que transmitía el presidente Obama contrastaba con la rabia del establecimiento conservador americano que veía en su talante progresista algo no menor a una amenaza. El interés del gobierno demócrata de ampliar la cobertura en salud, de adoptar políticas de género y diversidad y de imponer controles a las ventas de armas de fuego, precipitaron la reacción de las bases conservadoras que, enarbolando la tesis del riesgo en el lenguaje del célebre economista Albert Hirschman, convencieron a muchos sectores de los potenciales retrocesos que en nombre del progreso traía Barack Obama. Tal vez por eso en su último discurso del Estado de la Unión, el presidente se refirió con pesar a la polarización en su país: es uno de mis pocos remordimientos sobre mi presidencia, que el rencor y la sospecha entre los partidos ha empeorado en vez de mejorar. Y quizás por eso el 55% de los estadounidenses cree que, tras su gobierno, la división en la nación se ha deteriorado.

Obama representó la antítesis del establecimiento republicano de los Estados Unidos. Sin embargo, las condiciones generales del país no daban espacio a impulsar medidas conservadoras: la economía se detenía y en diciembre de 2009, tras cuatro años de caída en la producción, entraba en una aguda recesión (el PIB creció -2,78%, según el Banco Mundial), en el sector privado eran más los puestos de trabajo que se destruían que los que se creaban y el consumo y la inversión se detuvieron en seco ante la incertidumbre propia de la crisis y de las perspectivas de recuperación.

La expansión fiscal de 831 mil millones de dólares, cuyos efectos entraron a contar en la deuda nacional, pusieron a prueba la tradición keynesiana de la demanda agregada y vía gasto público estabilizó a la economía más grande del mundo. El principal resultado de la expansión del gasto del gobierno fue el desempleo, que se redujo desde 2009 hasta hoy en casi cinco puntos porcentuales, a niveles que algunos economistas catalogan de pleno empleo.

Una de las obsesiones del ala progresista del Partido Demócrata que representa Obama ha sido la cobertura en salud de los más pobres. Quizás para los observadores más desprevenidos costaba entender que una nación como los Estados Unidos tuviera sin acceso a servicios médicos a casi un cuarto de su población y, más aún, que por los criterios fiscalistas de Washington a lo largo de las últimas décadas el avance en ese sentido fuera mínimo.

Con el Obamacare se logró llevar cobertura a cerca de 20 millones de ciudadanos pese a que la estructura misma del sistema de salud y la tenaz oposición republicana impidió una mayor profundidad. Su diplomacia blanda, del “soft power”, desactivo una guerra nuclear con Irán, restableció relaciones diplomáticas con Cuba y promovió el diálogo como método para la resolución pacífica de los conflictos internacionales, lo que le valió la distinción del Nobel de Paz. De igual forma sembró en la conciencia internacional frente la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático como una prioridad, que se plasmó en el compromiso suscrito por 195 países en la Cumbre de París del 2016 para limitar el aumento de la temperatura global.

Pese a lo anterior, la política antiterrorista de Obama, deja un sabor agridulce.  Su gobierno encontró y dio de baja al enemigo número uno de Estados Unidos, Osama Bin Laden, artífice del 9/11; pero no pudo contener el surgimiento y expansión del Estado Islámico y nunca cerró Guantánamo, una de sus promesas más simbólicas al llegar al poder.

Quizás el mayor error de Obama fue no haber asegurado la continuidad de sus políticas públicas mediante un sucesor de su misma corriente. Quizás no fue un error, sino una fatalidad de la política contemporánea el ascenso del populismo en una de las democracias más sólidas y estables del mundo.

Ambas conquistas en empleo y salud son un notable legado que deja Obama en materia de bienestar. Y es que pese a que Obama llegó a ser calificado como un político light por el historiador Tony Judt debido a la timidez de sus controles a Wall Street tras la crisis económica de 2008 y la vaguedad de su lenguaje político, la figura de Obama  y su legado cobrará mayor realce y prestigio en el contraste con el populismo ultraconservador de Donald Trump. Mientras Obama siempre apeló a la esperanza y a la fuerza espiritual de una nación unida en la diversidad, multicultural y abierta, mientras que su sucesor invoca abiertamente al miedo, el racismo, la xenofobia, el machismo y la superioridad moral de los valores estadounidenses más tradicionales entre la clase media blanca. Mientras Obama usó las redes sociales para multiplicar un mensaje de ilusión y fe para levantar a un país tras una crisis económica devastadora, Trump viralizó noticias falsas,  agudizó temores e insultó a diestra y siniestra barriendo con toda prevención ética en la vida política norteamericana. En el contraste, Obama emerge como un gentleman y Trump como bully. Un caballero encantador versus un bravucón profesional.

Mientras Obama se convirtió en referente moral para muchos jóvenes en una era en que escasean las figuras políticas con talla histórica, Trump se levanta como la figura digna de imitación para los extremistas de derecha en otras partes del mundo, particularmente en Europa. Obama deja la Casa Blanca con el 55% de popularidad. Más alta que la de sus antecesores, igual a la de Ronald Reagan y mayor que la de Bill Clinton y George W. Bush cuando dejaron el despacho oval.

Por el solo hecho de haber sido el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos ya tenía su lugar asegurado en la historia. Pero su gloria como estadista crecerá con el tiempo, en especial, en perspectiva con la era política que inicia, donde la verdad, el respeto en la diversidad, la confianza común y los principios humanistas, han sido desplazados de golpe por la falsedad, el miedo a lo distinto, la rabia por el que viene de lejos, la humillación del más débil y la exaltación del microcosmos individual sobre la infinita complejidad del mundo. Un camino que solo puede engendrar el fanatismo político tras la pérdida de los valores esenciales de la democracia.

Deja un Comentario