LA HERENCIA MALDITA

Nací en los años noventa y aunque joven, recuerdo con meridiana claridad aquellos episodios de violencia que marcaron al país, y en particular a mi querida ciudad de Cali. Escuché temibles historias sobre mafiosos y narcos; presencié los vestigios de su otrora imperio. Hoy, la mayoría de grandes capos se encuentran en la cárcel o en la tumba, pero su paleolítica cosmovisión del mundo sigue más viva que nunca.

Es así como después de meditar meticulosamente sobre el fenómeno narco que se infiltró en toda la institucionalidad y que emasculó la voluntad del colombiano promedio; llegué a la indefectible conclusión de que la peor herencia que nos dejó el narcotráfico, no fue los miles de muertos, las cientos de bombas y atentados; ni aquella terrible reputación que marcó a Colombia con el INRI de ser un narco estado, sino, el haber cambiado para siempre los valores morales de la sociedad colombiana y en especial de la Caleña.

No es casualidad que mi generación y la que le sigue, a pesar de ser la que con más herramientas cuenta para trazar proyectos vitales exitosos (YouTube, opciones de financiamiento para estudios superiores, becas, facilidad de viajar, aplicaciones para potenciar el conocimiento y emprendimiento, entre otros) sea la generación más estúpida, facilista y materialista de todas.

Curiosamente, para la gran mayoría de mi generación, resulta más importante el resultado final que el proceso; la cultura de lo fácil se ha permeado como un cáncer agresivo entre las membranas de la juventud; la riqueza adquirida a través de la tramoya, “el tumbe” y la turbiedad de algunos empréstitos es celebrada como un acontecimiento digno de alabanza. El trabajo duro es visto como una deshonra. Y así, quien mejor viste, quien mejor auto conduce y quien más opulencia muestra, es admirado como si se tratase de un dios humanado.

La herencia maldita del narcotráfico no solo se ha permeado en la psique de la juventud, sino que también ha llegado a inmiscuirse en el ámbito de las relaciones afectivas. Ya la lealtad no es un imperativo en las relaciones amorosas; algunos hombres y mujeres mutan de pareja por los beneficios que puedan encontrar en otra, sin desmedro de los sentimientos de las mismas. Algunas mujeres, cada vez más plastificadas se enconan en demostrar una vida perfecta a través de las redes sociales y a perfeccionar lo exterior, como si de una subasta se tratara. No es casualidad que términos como sugar daddy hayan empezado a proliferar en estas oscuras épocas.

Igualmente, algunos profesores no han sido ajenos a esta tragedia. Ellos, que deberían ser el faro moral de nuestra sufrida colectividad, han caído en las garras de la herencia maldita. Es por eso, que una multiplicidad de docentes, -inclusive de prestigiosas universidades y carreras-, han buscado afecto y placer en jóvenes estudiantes prometiéndoles el cielo y la tierra, el oro y el moro, aún a pesar de tener en sus casas a esposas e hijos. Vergüenza; otro síntoma de la herencia maldita.

En suma, mis poco optimistas conclusiones afortunadamente no son una sentencia definitiva, estas admiten recursos y por supuesto, cambios. Sin embargo, hasta que no nos analicemos como sociedad; y dejemos de elogiar y llenar de fama y lisonjas a tristes personajes que nos recuerdan viejas épocas de grandes capos y mujeres de vida fácil; y no volvamos a valorar el trabajo duro, la riqueza conseguida honestamente y a pulso, y la lealtad de quiénes deciden formar parte de nuestra vida, no progresaremos como ciudad, región y país. ¡Dejemos atrás la herencia maldita!

Imagen: https://bit.ly/2ILDaKf

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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