¿Hacia una nueva política?

Los tres hitos políticos de este 2016 fueron sin lugar a dudas los triunfos del Brexit, el NO y Trump. Tres acontecimientos traspasados por dinámicas y lógicas semejantes, pero en contextos totalmente diferentes. Aunque las leyes de la política sean eternas y solo cambien sus modos de aplicación práctica, ¿hasta dónde se reajustó el discurso y el quehacer político tradicional tras las conmociones democráticas de este año?

Las consignas, eslóganes y frases efectistas destronaron al discurso extenso, retórico y profundo. Las personas privilegian las propuestas concretas, breves y que los tienen en cuenta. Los proyectos que los escuchan y responden eficazmente a sus miedos, ansiedades y principales preocupaciones, dejando al margen las grandes conquistas históricas, las cuales les parecen pura metafísica. Importan más sus prejuicios sobre la realidad, que el diagnóstico y la cura objetiva sobre la misma. Hasta la agenda de los medios está condicionada por lo se vuelve tendencia en Twitter y Facebook. El ciudadano ya no espera pasivamente la información de los medios tradicionales sino que la puede tomar de internet y reaccionar inmediatamente a lo que acontece sin intermediarios. La opinión ya no la modelan los grandes referentes de opinión, las encuestas, destacadas figuras públicas o las editoriales de los grandes medios. La autonomía política del espectador contemporáneo le permite desmarcarse de esas fuentes de influencia pasadas y conservar su propio criterio con suficiente independencia del entorno.

La ciudadanía se rebeló principalmente contra la clase política y el establecimiento. Los representantes del pueblo representan a muy poco pueblo. El rol del político profesional carece de distinción y credibilidad, especialmente ante los milénicos. Toda empresa colectiva que aspire a sumar más voluntades, debe marcar distancia frente al poder político establecido. La ciudadanía premia más el liderazgo fresco, transgresor y crítico frente a los poderes ancestrales, a un actor dinámico que sacuda el mundo político y no a una causa defendida por los mismos profesionales del Estado.

Lo que diga la ONU, la Unión Europea, el premio nobel, los intelectuales o el Papa, le importa un bledo al ciudadano corriente en relación a sus preocupaciones cotidianas. Es prácticamente inmune al influjo de sus ídolos. Es paradójico que tras la globalización y la expansión de las tecnologías de la información, se haya vuelto más fácil conocer lo que pasa al otro lado del mundo en cuestión de instantes, pero se haya deshecho la confianza y la credibilidad en los antiguos faros morales e intelectuales de la humanidad.

El péndulo de los tiempos marca el inicio de un ciclo conservador. Las fuerzas políticas tradicionalistas toman vuelo frente a las corrientes progresistas. Se han endurecido las reivindicaciones morales y religiosas. El pensamiento y la tradición conservadora arrastran una tradición rica en ideas, valores y principios de acción política. Sin embargo, lo que hoy asciende como espuma en las sociedades occidentales, no es el conservatismo clásico sino una marea de odio e intolerancia que promueve la xenofobia, el racismo, la desigualdad y la irracionalidad. Es una deformación política que promueve la democracia totalitaria: mayoritarias aplastantes que despojan de  sus derechos a las minorías. El fin de la multiculturalidad. Más que conservatismo, las sociedades contemporáneas se inclinan peligrosamente hacia el delirio fanático.

Quizás lo más preocupante de todo es que los terremotos políticos que llevaron a la victoria al Brexit en Inglaterra, al NO al plebiscito por la paz en Colombia y a Trump en Estados Unidos, se caracterizaron por la tergiversación, la ruptura con la ética democrática y por desafiar la corrección política. La deformación en las redes sociales de la realidad es posible porque los medios perdieron el poder de tamizar y comprobar la información divulgada. Ante un océano de datos, la responsabilidad reposa en el ciudadano que, despojado de las gracias de la duda y la comprobación, termina consumiendo teorías de conspiración baratas, insultos, escándalos y denuncias sin evidencias. Aún más grave que la crisis de la verdad, es el vacío ético. La corrección política es tediosa y paralizante, pero nos salvaba del irrespeto y abuso contra las minorías históricamente lastimadas. Ese seguro se estropeó. Tras el ascenso de Trump, a quien la capacidad de humillar lo hizo el hombre más poderoso del mundo, se desvanecieron los linderos del respeto, la prudencia y la cortesía en política.

Hasta ahora, solo los populistas han sabido capitalizar este nuevo escenario político. El terreno es fértil para que esa indignación ciudadana sea arrebatada al populismo y domada e interpretada por movimientos ciudadanos e innovadores. Para ello es imprescindible renovar los formatos para ejercer el liderazgo público, gestionar mejor la incertidumbre y leer asertivamente el malestar cotidiano de la gente.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario