Gloria Zea, la ópera y yo

Es 1979, tengo 15 años y aún no adivino  lo que Gloria Zea hará por mi. La teoría de los seis grados de separación dice que todos estamos conectados con cualquier otro en el planeta a través de seis personas. Si es así, entonces estoy solo a dos de ella.

Una  inolvidable pareja de amigos de mis padres son cantantes españoles: el tenor Carlos Gorostiza  y  la mezzosoprano Visitación Gómez. Carlos descifra mi pasión por la música expresada en una guitarra y en mi empeño por aprender a tocar las canciones de los Beatles, así que me ofrece algo inesperado: trabajar en la Ópera de Colombia.

¿La qué? La ópera. Ir al templo de la música sinfónica en el centro histórico de Bogotá, no es precisamente la ruta para un adolescente que prefiere colarse en los bares a tocar rock.

Pero  Carlos es madrileño  y contrario al recato del páramo, dice las cosas de manera directa y sin tapujos. Así que su oferta suena como una orden. Y obedezco, enhorabuena.

Llego al Teatro Colón, donde me reciben Gloria Zea y Alberto Upegui Acevedo, quienes luego de una musical entrevista me “nombran” coordinador de extras  para reclutar a 30  que les guste la música y  que tengan  mi contextura física. O sea un casting.

Gloria Zea y Upegui, junto con el maestro Daniel Lipton, Marta Senn, Zorayda Salazar, Marina Tafur, Juan Carlos Mera, Gerardo Arellano, Carmiña Gallo y Francisco Vergara, trabajan en la primera ópera de la temporada: Aida de Giuseppe Verdi. Y se requiere de un ejército de soldados egipcios para su marcha triunfal, que muchos sin saber de qué se trata, han escuchado en cuanta graduación existe en este país.

Así que llego a mi colegio y empiezo a buscar candidatos. El primer día, solo uno, Germán Dueñas. Luego del primer ensayo, la voz se riega  y me vuelvo el centro de atención: “Prado, ¡por favor, póngame en su lista!”.

A partir de ese momento fue fácil seleccionar a los 30 extras, mi primer empleo. Y empieza un viaje maravilloso, una nueva dimensión llena de sensibilidad por la ópera.

Fue un amor a primera vista. Si hay algo mejor que una función de ópera, son las mágicas horas de ensayos en los que cada artista busca la perfección. Quienes han estado en la ópera incluyendo las tranmisiones en cine que hoy existen, no disfrutan la dinámica que se vive tras escena.

Luego de vivir a Aida, vino Carmen de Georges Bizet, donde me dieron el rol del alguacil de la plaza,  antes de la Canción del Toreador. Recuerdo la transmisión en vivo y en directo en televisión nacional, cuando en medio de la emoción, ingresé al escenario antes de tiempo y el maestro Lipton estuvo a punto de un infarto, por culpa de mi juvenil entusiasmo operático. Tuve que improvisar unos interminables segundos para recuperar la sincronía con la orquesta y darle paso a Escamillo el torero.

Después, Lucía de Lammermoor de Gaetano  Donnizeti. Conservo como un tesoro una foto  mía vestido de  soldado escocés.

Hace unos días nos dejó Gloria Zea y no pude darle  personalmente las gracias por la música, por darnos la oportunidad a tantos colombianos de despertar el deleite por  la ópera y por haber hecho que ese periodo de mi vida fuera diferente al de un adolescente promedio colándose en los bares a tocar rock, pues ahora amo la buena música en toda su integralidad.

Fuente imagen: Juan Carlos Prado

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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