Globalización en estado crítico o simple mal entendido

La globalización, uno de los fenómenos sociales más sólidos de los últimos siglos, ha sufrido uno de los mayores daños colaterales producidos por la pandemia del Covid-19. Y lo más curioso es que a muchos los tiene sin cuidado o creen que es algo necesario o incluso positivo.  De hecho, la globalización en su totalidad se ha visto afectada debido a que su arista económica es especialmente importante y es ésta la que ha soportado en mayor medida el efecto de las políticas de cuarentena a nivel mundial. Sin embargo, otras dimensiones de la globalización se muestran hoy más robustas que nunca.

Analicemos primero los signos de una globalización comercial supremamente afectada frente al cierre preventivo de fronteras. Desde el comercio de automóviles entre México y Estados Unidos, hasta el comercio entre Colombia y Ecuador presentan caídas interanuales en abril superiores al 50%. Roberto Azevêdo, director de la Organización Mundial del Comercio estima que  si la pandemia no se pone bajo control, y los gobiernos fallan al coordinar sus políticas económicas en respuesta a la crisis, la caída del comercio mundial en 2020 podría superar el 32%.[1]

El frenazo al turismo internacional, un rubro muy importante del comercio de servicios, ha sido todavía más fuerte, llegando a caídas superiores al 70% en la gran mayoría de las naciones en el mes de abril. La recuperación de este sector se anuncia mucho más lenta que la del comercio internacional de bienes. No obstante, algunos corredores turísticos internacionales comienzan a perfilar su apertura, como es el caso de Australia y Nueva Zelanda, también entre los países bálticos[2] e incluso entre las Islas Baleares españolas y Alemania.

Los meses de marzo, abril y mayo de 2020, no solo han configurado un proceso de desglobalización económica entendido como una reducción en las redes de interdependencia comerciales, financieras y migratorias entre naciones distantes. Las redes de interdependencia económica regionales: México-Estados Unidos, Francia-España o Colombia-Perú también han decrecido. Aunque menos visible, en la medida en que las cuarentenas recayeron bajo el control de los gobiernos locales, los flujos de negocios entre ciudades de un mismo país vieron retroceder fuertemente sus niveles de integración. No había suficientes recolectores para el café en Caldas y Risaralda, y solo personal indispensable podía realizar rutas tan básicas como Cali-Buenaventura o Barranquilla-Cartagena. Ciudades como Cali y Bogotá de alto tráfico aéreo vieron caer sus redes de interdependencia a mínimos históricos. Así, la globalización no sufre sola, también con ella, se ha caído la propia integración nacional.

Si bien es cierto, la globalización económica ha retrocedido con el Covid-19, no podemos decir lo mismo de la globalización social, o de la globalización sanitaria. El propio viaje de un virus por todo el globo terráqueo y el hecho de que miles de millones de personas en el mundo entero pusieran su atención en el drama vivido en Wuhan, Madrid, Milán o Nueva York, movidos por la compasión, pero también por la búsqueda de aprender las lecciones que muy generosamente, médicos, enfermeras, pacientes recuperados y funcionarios públicos compartieron con el resto de la humanidad son muestras latentes de que la globalización sigue viva. Lecciones de españoles enseñándoles a los latinoamericanos a quitarse bien los guantes, a hacer un tapabocas con pañoletas o incluso a incrementar los niveles de vitamina D exponiéndose al sol, con la esperanza de que de algo ayudaran estos consejos, han ido formando parte de nuestra nueva cotidianeidad. Lo son también el uso sistemático de plataformas tecnológicas americanas como Zoom o YouTube que permitieron que parte de la actividad económica se mantuviera incluso cuando la movilidad física estuvo restringida.

Se espera que las redes de interdependencia económica a nivel nacional se reestablezcan rápidamente conforme se va superando la crisis sanitaria. Primero, el tráfico por carretera y luego la apertura de rutas aéreas domésticas. Sin embargo, el temor que se instala de que la globalización económica haya recibido su tiro de gracia con la crisis del Covid-19, no es un simple malentendido.

Desde la administración Trump, tratando de culpar a China por lo sucedido, hasta la propia China anunciando sanciones a Australia por pedir investigaciones al respecto[3], la guerra comercial se agrava al pasar por una fase que podríamos llamar la guerra del tapabocas, en ambos sentidos de la palabra, una guerra que puede degradar en modelos de desarrollo nacionalistas, promovidos por gobiernos que intentan prescindir del socio internacional, ahora visto como un rival o una amenaza.

Los delirios de autosuficiencia podrían inducir un ciclo global de desglobalización sin precedentes desde el avance del comunismo y la destrucción dejada por la segunda guerra mundial durante los años 40 del siglo XX. Más que nunca, la comunidad científica y los defensores de la libertad de comercio y de expresión, enfrentan el reto de defender el modelo de desarrollo que, pese a sus imperfecciones, notablemente en el plano de la justicia social y la sostenibilidad ambiental, ha contribuido a mejorar la calidad de vida material de millones de personas en el mundo entero.

[1] Gustavo Azevêdo (2020, 8 de abril) OMC. Message of Director-General Roberto Azevêdo on trade outlook 2020. Recuperado 18 de mayo 2020 de https://www.wto.org/

[2] The Economist (2020, 18 de mayo) Could travel bubbles offer a route to economic recovery? Recuperado de: https://www.economist.com/

[3] The Economist (2020, Mayo 18) Has covid-19 killed globalisation? Recuperado de https://www.economist.com/

Imagen: https://bit.ly/2XjbvpQ

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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