Flashback

La necesidad de comunicación a distancia antes del internet y de las facilidades tecnológicas y económicas en la transmisión de la voz, alimentó la escritura de misivas y el empleo de emisarios que las llevaran al destinatario. Durante años aquella fue la forma en que las personas remitían sus ideas o inquietudes familiares, amorosas o de negocios.

La sensación de recibir por el correo postal una carta escrita a puño y letra del remitente, no se compara con el ingreso en la pantalla de un e-mail electrónico o un chat. El contacto con el papel, la caligrafía, la firma, el color de la tinta  y su estilo tradicional, le imprimen a la comunicación un carácter personalísimo y grato.  Actualmente,  aún cuando a veces llegan cartas, se ha abandonado la costumbre y por eso se valoran como una reliquia aquellas hojas amarillentas por el paso del tiempo que aún conservamos. Son un pedacito de nuestro pasado o del pasado de padres o abuelos. Por ese intimismo que ofrece la correspondencia que aborda sentimientos y dramas de quien los expresa, también se aprecian y despiertan gran interés las novelas construidas a partir de cartas, postales o manuscritos.

En la memoria de los caleños de antaño hay una imagen de Cali inolvidable que evoca los tiempos en que la comunicación era fundamentalmente epistolar; es decir, cuando con el importe de una estampilla se remitían cartas hacia otras latitudes en medio de la natural expectativa del remitente por su suerte y contenido. Es la imagen del lugar a donde dirigíamos los pasos para enviar por el correo quién sabe cuantas noticias o anhelos dentro de un sobre, con la esperanza de que llegaran a su destinatario. El correo de entonces prestaba también los servicios de telegramas, los llamados “marconis” y los casilleros personales para depositar la correspondencia recibida.

Allí, en ese lugar, a primera vista se integraba en un atractivo cuadro el Puente Ortiz con las amplias gradas que bajaban para conducir al primer piso del Edificio Gutiérrez donde funcionaban las oficinas del correo postal y de Avianca, el cual miraba hacia un vigoroso río Cali. Paralelo al edificio corrían bajo los arcos del puente, las aguas claras del río, se escuchaba su rumor y maravillaba su corriente agitada al descender algunos escalones bajo las bóvedas del puente, para continuar brindando frescura a la ciudad en su recorrido.

El Puente Ortiz con su diseño y simbolismo como todo puente, permanece fiel a la memoria de Cali para llevarnos de un lado al otro. Si bien los muros del edificio Gutiérrez y muchos otros que caracterizaron la ciudad no perduraron ante el desarrollo de Cali, también es cierto que el puente – fortalecido gracias a valiosas mejoras a lo largo del tiempo desde su construcción (año 1844) – así como la Avenida Colombia con el reciente Boulevard del Río, la Ermita, el monumento a Efraín y María y la Tertulia entre otras obras, constituyen un magnífico y bello escenario para albergar manifestaciones  culturales.

En especial, el ambiente de la Feria Internacional del Libro es propicio para disfrutar obras literarias del género epistolar. Éstas crean para el lector una atmósfera de realidad y credibilidad, en cuanto acuden a cartas reales o ficticias al revelar historias o secretos desde una visión individual. O remontan la nostalgia del personaje como sucede en la novela La nieve del almirante de Álvaro Mutis; la obra se inicia cuando el autor narrador encuentra el diario de Maqroll el Gaviero y un “cúmulo de hojas, en su mayoría rosa, amarillo o celeste”, donde al final “se leía, en tinta verde y en letra un tanto más firme” del mismo Maqroll: “Para entregar a Flor Estévez en donde se encuentre” (p15).

Otras tantas cartas y novelas epistolares permiten la mirada atrás y despiertan curiosidad en torno a la intimidad de los personajes, sus pensamientos y relaciones con el mundo. Solo por mencionar algunas obras de este género, se destacan: La nueva Eloísa de Jean Jacques Rosseau; Amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Lacios: Cartas de Dinamarca de Karen Blixen; Cartas escogidas de William Faulkner; Balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde; Donde el corazón te lleve de Susana Tamaro.

Imagen: Archivos Consorcio Ciudadano.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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