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FINANCIAR EL FUTURO: RETO COLOSAL

El mundo enfrentará retos complejos: la humanidad debe al tiempo reducir la desigualdad en la distribución del ingreso, pues los avances  en materia social despiertan expectativas legítimas que es preciso atender. Al tiempo, la automatización cambiará el contenido del trabajo como mecanismo para agregar valor, la mala gestión ambiental pasada y presente puede tener consecuencias catastróficas si no se toman medidas correctivas y preventivas, y además será preciso construir instituciones apropiadas para administrar los grandes desarrollos técnicos y la integración global resultante. Todo ello tiene importantes implicaciones en materia financiera: la noción de que se puede usar recursos fiscales para evitar consecuencias ruinosas cuando se inhibe la demanda agregada no puede legitimar gasto público ineficiente porque el costo del desperdicio, en el agregado, es mayor cada día: las circunstancias apuntan a mayores exigencias en calidad del gasto.

Desde hace casi medio siglo la distribución del ingreso se ha deteriorado en forma paulatina y marcada en todas partes. Aunque algunos analistas aducen que se trata de circunstancias transitorias, el hecho es innegable. Por su parte, el impacto nocivo de la especie en el ambiente es evidente, así sea cierto que en el pasado hubo temperaturas mucho mayores y menores que las prevalentes hoy. Lo cierto es que el sistema de convivencia de la humanidad está amenazado hoy, cuando, por fin, habría elementos para construir soluciones atractivas y seguras para las necesidades de todos los humanos: las diferencias económicas crecientes podrían poner en peligro la confianza mutua entre los habitantes del planeta si el aumento en educación no se vuelve fuente de bienestar y si no se mantienen los avances en servicios de salud, cuyo costo crece en forma sostenida en la medida en que la expectativa de vida se incrementa. Como la prestación de estos servicios, por lo menos en el futuro cercano, corresponde en buena medida al ámbito estatal en casi todo el mundo, la importancia de mejorar su eficiencia es enorme. La gestión pública debe permitir mejor atención a las necesidades y menos carga para generaciones futuras, que deberán continuar la búsqueda  de oportunidades para vidas plenas de todos los humanos, con respeto por la libertad y, al tiempo, con protección para los bienes comunes.

El futuro de la humanidad incluye la provisión  de más educación para todos, desde el nacimiento  hasta la muerte, de manera que se mantenga la funcionalidad relativa en ámbitos cambiantes para participar en procesos productivos y para acceder a oportunidades de consumo. Además comprende el aseguramiento de recursos para atender el consumo de personas improductivas, cuya proporción será cada día mayor hasta que se generalice la determinación de controlar la natalidad y terminar el capítulo vital por voluntad propia como elemento estabilizador de la presión sobre recursos escasos. La vinculación a la fuerza de trabajo tomará más tiempo preparatorio, y la vigencia para participar en los procesos de producción y distribución de bienes y servicios aumentará menos que la vida de consumo. En consecuencia, la productividad de los trabajadores activos deberá aumentar para que una proporción menor de la población pueda con su trabajo, apoyado en herramientas cibernéticas de eficiencia creciente, atender las necesidades de todos.

Todo esto significa cambio permanente en el modo de trabajar: la fase preparatoria para agregar valor en procesos productivos será más extensa, la definición de interés profesional se volverá muy compleja, y será permanente la exigencia de adiestramiento para contextos de producción y consumo cambiantes. Los elementos que permiten productividad también exigen cierta destreza para el acto de consumo. En consecuencia, ciencia y tecnología facilitan mejoras en el nivel de vida de quien los aprovecha, pero socavan las posibilidades de ejercicio de opciones en ambos los ámbitos para quienes no se adaptan a contextos cambiantes , y obligan a quienes se incorporan a la nueva dinámica social a someterse a un gran conjunto de códigos, quizá universales mientras estén vigentes, pero de vigencia transitoria.

El proceso comunitario para construir bienes públicos apropiados para el nuevo mundo requiere selección de fórmulas específicas y puede no resultar en acierto frente a otras posibilidades no acogidas porque  no se han comunicado de manera efectiva, porque el contexto mismo induce predisposiciones, porque  los canales para divulgar y facilitar transacciones hacen la diferencia en la selección. Cabe incluso la posibilidad de que la comunidad obvie el reto de expresar de manera ordenada las posibilidades y los criterios de escogencia, con resultados potencialmente desastrosos.

En la práctica, la velocidad de cambio obligará a aceptar limitaciones al arbitrio, para asegurar desde el presente funcionalidad en futuros nuevos, impredecibles e inestables, mediante procesos ordenados. Será preciso hacer concesiones frente al ideal expansivo de la Ilustración para sobrevivir. Somos una misma especie, cuyos miembros nos hemos sometido a creciente interdependencia para aumentar el nivel de consumo de la mayoría, mitigar riesgos y crear espacios para  el desarrollo individual. El límite de sostenibilidad del sistema humano, determinado por la capacidad para aprovechar la energía solar, desembocará en ajustes de valores: será laudable la determinación de prevenir degradación somática radical y sostenida mediante la terminación voluntaria de la experiencia vital individual. Esto significa regresar a prácticas prevalentes en muchas sociedades antes de la globalización impulsada por Occidente en siglos recientes, pero como fruto de convicción, no como desenlace trágico.

No es posible lograr estados de equilibrio estables, porque  nuestra condición de animales nos somete a las implicaciones de las fluctuaciones climáticas en el medio vegetal y, por ende, en nuestra cadena trófica, pero la articulación en la base de la organización social permite evitar la fractura y la exclusión, en un mundo donde la capacidad patrimonial no será suficiente medio para asegurar la funcionalidad. La institucionalidad pública que hemos inventado será objeto de creciente escrutinio a medida que se haga más evidente el costo del uso ineficiente de recursos en el presente. La práctica actual de  diferir el pago por el gasto público y endosarlo a futuras  generaciones será calificada como improcedente, y más bien será pertinente abogar por  el ahorro público para asegurar la congrua subsistencia de quienes no tengan la capacidad para hacer parte del esfuerzo colectivo y la provisión de recursos para pagar por la innovación permanente.

Las inversiones de riesgo no pueden asegurar rendimiento, por  lo cual solo se podrá concertar  la distribución de beneficios sin construir escenarios con elevada probabilidad de materialización. Lo público debe movilizar recursos con rigor, con meticuloso cómputo de externalidades e indicadores de desempeño apropiados. El ingreso como propósito será complementado por la evaluación del impacto del presente en el mediano y largo plazo. La conciencia de incertidumbre será estímulo para la prospectiva amplia y rigurosa.

En todo caso, será preciso defender el respeto por la individualidad como premisa de convivencia. Está apenas en ciernes en muchas partes, pero es el único camino claro para el ordenamiento social congruente con la aritmética de nuestra condición interdependiente.

  * Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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