Expediciones por la historia

Cuando el hombre siente la necesidad de visitar la historia para comprender ciertos sucesos y encontrar la verdad más allá de las versiones oficiales, se embarca en un difícil viaje hacia el pasado.

Se trata de verdaderas expediciones en torno a acontecimientos históricos en busca de lo desconocido, con la pretensión de arribar al tiempo y a las experiencias de quienes los vivieron por fuera del radar que registró los hechos, o de explorar la sensibilidad de sus protagonistas. La novela histórica es un vehículo para ese propósito, apelando a la ficción, pero no a cualquier ficción.

La ficción en la novela histórica no ha de asimilarse simplemente a la mentira o a lo falso, cuando sea un modo de alcanzar un nuevo conocimiento posible o de iluminar lo sucedido en un ejercicio serio de investigación por la voluntad del autor de hacer ética y estéticamente verosímil una versión que acerque a los lectores al evento histórico en aspectos hasta entonces desconocidos.

Para mencionar solo algunos autores que incursionaron en semejante odisea literaria, están Napoleón Baccino Ponce de León (Montevideo, 1947), Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963), Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927- 2014), con sus respectivas obras, “Malucco La novela de los descubridores”,  “Tríptico de la infamia” y “El General en su laberinto”.

Hay en estas novelas nuevas lecturas con otras voces y otras perspectivas, especialmente de quienes no pudieron contar la historia, gentes del común o marginales, artistas en su trasegar o el “héroe” en sus manifestaciones humanas y degradación. Entre esas miradas se entreteje la historia oficial, en íntima relación con quienes padecieron el suceso desde su subjetividad, sobre la cual se desarrolla el drama.

El protagonista de “Maluco”, Juanillo, bufón de la expedición de la primera circunnavegación alrededor del mundo, dirige una extensa carta a Carlos V, retirado en el monasterio de Yuste, para que interceda con su hijo Felipe II y le restituya su pensión, que le fue negada por “andar por pueblos y plazas indagando nada más que la verdad”. La pérdida de su pensión es el drama que vive por decir la verdad. En la extensa carta, Juanillo desenvuelve su propia crónica y salva del olvido los padecimientos y prodigios de la tripulación, que habrían sido omitidos por los cronistas de la expedición al mando de Magallanes hacia las Molucas (Islas de las Especias), capitán de unos sueños locos, como dice el mismo Juanillo.

Un personaje marginal como Juanillo, observa desde su perspectiva lo que otros no pueden ver: “Allí, en el bajo vientre de la nave, oculto a los ojos del contramaestre por su propia concavidad, tuve ocasión de descubrir aspectos de nuestra aventura, prolijamente escamoteada por los cronistas de tus reinos en su petulante ignorancia”. Desde los bordes, bajo la mesa, encuentra otro mundo no descubierto: “no es bueno para un príncipe ver el mundo desde el trono solamente, y a la caterva de aduladores de tu corte a la cara, empolvada y compuesta para la hipocresía. En cambio, debajo de la mesa las cosas se ven de manera diferente”.

La crónica de Juanillo reclama esa realidad que no ha sido escrita: “para que su Majestad sepa y medite en su noble retiro de cómo las ambiciones y caprichos de los príncipes afectan la vida de quienes andan por el mundo a ciegas, siempre sujetos al arbitrio de los poderosos”. Porque, dice Juanillo, “¿qué saben ellos (los cronistas), Alteza, de lo que en verdad sentíamos cada uno de nosotros ante esos cuatros o cinco grandes hechos a los que se limita su historia?”.

En “Tríptico de la infamia” el autor incursiona en el siglo XVI en el terreno del complejo encuentro y desencuentro entre el viejo continente y el nuevo mundo. La obra se compone de tres partes, cada una remonta el destino y las obras de tres artistas: Jaques Lemoyne, cartógrafo y pintor, François Dubois, pintor del que se conserva el cuadro La Matanza de San Bartolomé, y Theodore de Bry, grabador, quien se aplicó a la ilustración de las infamias y crueldades narradas por Bartolomé de las Casas.

Solo mediante una seria investigación histórica del autor se entiende la recreación de los lugares, el conocimiento de los conflictos y la caracterización de los artistas con sus obras, con lo cual entreteje las historias y da verosimilitud al relato. En entrevista a El Espectador (enero 2015), el autor considera la novela como un vaivén entre la invención literaria y la verdad histórica. Con ese movimiento logra incursionar en vivencias de cara al nuevo mundo desde el devenir y la sensibilidad de aquellos artistas, testigos e ilustradores de la despiadada imposición del poder y la religión de los conquistadores.

Con “El General en su laberinto” se rompe el mito del héroe representado al extremo en imágenes de tipo greco romano, para mostrarlo en toda su dimensión humana dentro de un contexto histórico ampliamente documentado que pareciera dar a la obra un carácter biográfico. Es un recurso maestro para explorar en la ficción lo que sería la subjetividad del héroe caído en su último viaje por el río Magdalena, soportando la gavilla, el odio y la ingratitud.

En la misma obra, en los agradecimientos, García Márquez advierte que “el último viaje por el río es el tiempo menos documentado de la vida de Bolívar. Sólo escribió tres o cuatro cartas –un hombre que debió dictar más de diez mil- y ninguno de sus acompañantes dejó memoria escrita de aquellos catorce días desventurados.  Sin embargo, desde el primer capítulo tuve que hacer alguna consulta ocasional sobre su forma de vida, y esa consulta me remitió  a otra, y luego a otra más y a otra más, hasta más no poder. Durante dos años largos me fui hundiendo en las arenas movedizas de una documentación torrencial, contradictoria y muchas veces incierta, desde los treinta y cuatro tomos de Daniel Florencio O´Leary hasta los recortes de periódicos menos pensados. Mi falta absoluta de experiencia y método en la investigación histórica hizo aún más arduos mis días.”

La búsqueda de la verdad en la historia desde otras perspectivas como las que ofrecen las anteriores obras, evidencia la pretensión de una conciencia histórica entendida como la necesidad de reconocerse convocando el pasado al presente, para cuestionar las acciones humanas, según desde donde se mire. Aún cuando hayan transcurrido siglos desde los acontecimientos, perduran en la memoria los conflictos, sus efectos, las preguntas sin respuestas y los locos sueños no realizados, que en algún momento presente o futuro reclaman un espacio para contarlos desde otras experiencias posibles. Significa que somos el resultado de un pasado y que los hechos y ambiciones de hoy también tendrán consecuencias en el mañana.

Fuente imagen: https://bit.ly/2Ht5kt8

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