Elogio de la tibieza

El tibio se permite dudar, se permite aceptar ideas buenas y rechazar malas, de uno y otro lado.

Los llamados ‘tibios’ están siendo atacados con fiereza en redes y columnas. No sé si todos los que manifiestan su odio contra ellos saben que el filósofo político que mostró hace mucho tiempo su intemperancia con ellos fue Nicolás Maquiavelo. Efectivamente, en El príncipe le advierte al mandatario que quiere introducir una norma por la cual “… quien gobierna deberá recurrir a la fuerza para imponer ese orden nuevo, dejando de lado toda tibieza”. En su pragmatismo político, le explica al gobernante que sus enemigos se le van a oponer con ímpetu y sus amigos van a ser “tibios” en su defensa; por tanto, debe usar la fuerza.

Los argumentos no parecen haber cambiado mucho desde 1513 pero las circunstancias, sí. El tibio de hoy no es quien está de acuerdo con todos y evita confrontaciones, sino más bien al contrario, quien tiene el valor de mantenerse en minoría, a veces en soledad, pensando diferente a los extremos mayoritarios. Para la mente independiente es menos crucial estar proponiendo nuevas formas de hacer las cosas (al fin y al cabo, eso es lo que hacen hoy todos los políticos, todo el tiempo) que ser capaz de mantener posiciones críticas ante las presiones de grupos extremos y vociferantes. El tibio de hoy no es el que evita las discusiones sino el que las da, de lado y lado, sin asumir compromisos de fidelidad ideológica ciega.

Dos corrientes fallidas de pensamiento en el siglo XX demostraron el papel clarificador que tuvieron los filósofos tibios. Una fue la de los relativismos extremos que, basándose en la premisa de que “es lógicamente imposible derivar lo que debe ser (moral) de lo que realmente es (ciencia)”, se fueron al extremo de afirmar que todo conocimiento y toda moral son relativos a la cultura donde se producen. En palabras de uno de sus exponentes, Feyerabend, “todo vale”, y así, la Declaración Universal de los Derechos Humanos solo es un metarrelato equivalente al Código de Hammurabi. Si “todo vale”, finalmente nada vale y cualquiera puede justificar cualquier cosa. Las decisiones no se pueden tomar en el plano racional, y queda como único recurso imponer la fuerza. No es extraño, pues, que patriarcas relativistas se hayan plegado a dictaduras, y así Heidegger fue nazi y Sartre apoyó a Stalin.

Por otro lado, surgieron teorías exactamente opuestas; es decir, unas que pretenden que “lo que debe ser define a lo que es”. Es una posición que hoy podríamos llamar de ‘corrección política’. No concibe razón diferente a una gran maldad para explicar que estando claro (para ellos) cómo deben ser las cosas, se puedan hacer de otra forma.

Eso condujo a doctrinas políticas que tenían en común su aspiración de crear “un hombre nuevo”. Con el nuevo hombre se debían acabar las contradicciones, y las sociedades durarían mil o más años. Creo que el lector reconocerá esas doctrinas presentes tanto en el régimen nazi como en la Unión Soviética y la China de Mao. La convicción absoluta de las bondades del nuevo hombre llevó a aniquilaciones sistemáticas del viejo hombre, o de aquel que dudaba de lo que para el régimen era una certeza diáfana. La corrección política es esencialmente intolerante, y, como en el caso de los relativistas, los extremos se encontraron en el mal.

El tibio no cayó en ninguna de las dos opciones. Tenía claro que hay hechos y conocimientos que modifican las normas morales y eso hace que los derechos universales, por ejemplo, sí sean un documento de gran valor objetivo. Pero también entiende que las grandes ideas influyen en cómo son y cómo van a cambiar las cosas en el mundo. Simplemente, el tibio se permite dudar, se permite aceptar ideas buenas y rechazar malas, de uno y otro lado. El tibio confía en su racionalidad para resolver dilemas políticos complejos.

Columna: https://bit.ly/2IlfBsx

Imagen: https://bit.ly/2ItLgaC

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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