El sinsabor que deja Ivan Duque…

Desde que irrumpió en la política hace cuatro años ha tenido un desarrollo vertiginoso como protegido de Álvaro Uribe. Se destacó como Senador, cargo al que accedió en la lista cerrada de Centro Democrático. El contraste con el grueso de sus congéneres lo beneficia, pero no es suficiente credencial: la mayoría son pésimos, como consecuencia de que las instituciones patrias facilitan la vida pública de quienes son audaces con los recursos públicos, e inhiben la participación en política de personas preparadas y honestas, sin interés en las redes subterráneas que controlan la estructura de poder. El examen ordenado de las cosas lleva a concluir que hay muchos interrogantes aún no resueltos sobre la idoneidad de Iván Duque profesional sin experiencia en cargos de responsabilidad administrativa.

Su padre era buena persona, a pesar de su cercanía con Julio César Turbay, el máximo manzanillo de su época. Fue gobernador de  Antioquia y Ministro de Minas bajo Belisario Betancur. Se casó tres veces, la primera  con Claudia Samper de cuyo matrimonio nació Marìa Paula Duque, luego con Juliana Márquez, madre del candidato, y luego con Leonor Barreneche. Casi toda su vida profesional estuvo vinculado a la política y a la administración pública. Le imputaron negligencia con la tragedia de Armero, pero la verdad es que nadie sin experiencia previa está  en capacidad de interpretar la información y sus implicaciones en lo relacionado con episodios de esa naturaleza. Su vida pública se apagó con la discusión sobre la elección de gobernador de Atlántico, que finalmente ganó Alejandro Char cuando ya habían trascurrido dos años de gobierno bajo Ventura Díaz. Duque era Registrador, y esa circunstancia fue el puntillazo, pero eso no lo descalifica; como evidenció el caso reciente del Movimiento Mira, que  logró el reconocimiento de varias curules en el Congreso cuando  ya expiraba  el cuatrenio, la Registraduría, como casi todas las entidades públicas de alguna importancia en Colombia, requiere revisión a fondo. Es curioso que su hijo niegue esta evidente realidad, a pesar de haber vivido durante cuatro años el Congreso. Duque Escobar murió hace dos años, ya muy alejado del poder por los avatares de un sistema caótico, y antes de que su hijo tuviera perspectivas presidenciales.

Ivan Duque el hoy aspirante al trono criollo, estudió derecho en la Universidad Sergio Arboleda, de  talante conservador, empezó en la vida pública  con Juan Manuel Santos en el Ministerio de Hacienda en el gobierno de Andrés Pastrana y a quien conocía por la Fundación Buen a gobierno a la que estuvo vinculado. Es Santos quien lo nombra en la delegación de Colombia en el BID con María Cecilia Otoya como Representante de Colombia y permacio en Washington durante  los dos gobiernos de Alvaro Uribe, con Luis Guillermo Echeverry, el actual gerente de su campaña, como jefe. Echeverry, quien ha dedicado su vida al rejoneo y la cria de caballos llego  a la Representación en el BID, sin las calidades necesarias pero con el respaldo de su papá, Fabio Echevery Correa, el más influyente de los asesores de Uribe, sobre todo en el primer gobierno. Desde entonces Duque entró a firmar parte de los jóvenes cercanos al ex Presidente Y termino premiado a invitarlo a formar parte de la primera lista al Sebado presidida por el en el 2014. Durabte su permanencia en el BID hizo dos posgrados: una maestría en derecho, título de escaso reconocimiento en Estados Unidos, donde no hay abogacía como pregrado y el ejercicio de la profesión requiere un doctorado (Juris Doctor), y otra en gestión pública, de cierto valor práctico, pero tampoco de alto nivel.

La formación de Duque no es, pues, sobresaliente, como pretenden sus seguidores, pero no lo descalifica para sus pretensiones, sirve  para marcar diferencia con casi todos los presidentes recientes, cuya educación ha sido inadecuada para los problemas y oportunidades de la época. Sus críticos han sostenido que Uribe lo va a manejar, pero olvidan que no sería acertada estrategia de Duque confrontar a su patrocinador cuando necesita su apoyo. Uribe suscita admiración y rechazo en proporciones más o menos iguales, pero fue quien lo inventó, no se sabe si en buena hora, y al menos para la primera vuelta sería decisivo ese apoyo en nuestro desacertado proceso electoral, sin verdaderos partidos y construido con maquinarias o con caudillismo. Eso no es culpa del aspirante.

Urge tener claridad sobre la posición de Duque en asuntos sobre los cuales ha hecho declaraciones infortunadas. Así, desconocer el derecho de la mujer al placer corporal y proponer sublimarlo a través del trabajo evidencia machismo inaceptable. Penalizar la dosis personal tendría implicaciones prácticas terribles para las fiscalías y los juzgados penales, donde los atrasos de hoy se agravarían con el amontonamiento de procesos por incidentes asociados al modelo de convivencia, la estrategia económica y la baja calidad de la educación; cabe recordar que el consumo de estupefacientes no tiene implicaciones penales en muchos sitios desarrollados, donde se abordan  como problema de salud pública, con las medidas preventivas apropiadas. Desconocer lo que el Estado colombiano ha firmado con los rebeldes no derrotados no es solución, al margen de consideraciones ideológicas sobre los Acuerdos de la Habana, no es propio de un país serio; la institucionalidad nacional avaló lo firmado, y ya se desmovilizó el grueso de la base de la contraparte (7500 soldados enemigos), así el gobierno nacional se empeñe en creer que solo importan los directivos de las Farc y no sus huestes.

Sería conveniente, en contraposición, por la importancia política del Centro Democrático, que Duque aceptara lo evidente: la erosión de los procesos públicos imputable al pésimo diseño consagrado en la actual Constitución. El candidato ha dicho que no en su gobierno no habría corrupción porque su equipo de colaboradores inmediatos sería de gente honesta como él. Desconoce  así que las fuerzas en contra de sus propósitos serían avasalladoras. Preocupa que estas declaraciones sean reflejo de vanidad enorme o falta de sentido práctico. Esta  materia es  central para lograr alguna eficacia del gobierno central en la distribución del ingreso.

Es posible que su fuero interno sea independiente de los designios de Álvaro Uribe y que su personalidad tenga la fortaleza necesaria para tener relación de autonomía con el padrino, inteligente y diestro en el arte de manejar voluntades, pero cuyo gobierno no hizo la tarea en infraestructura y educación, ni aprovechó el cuarto de hora para ajustar de manera apropiada las instituciones. Lo cierto es que hasta hoy no se sabe si Duque reconoce las limitaciones del presunto dios, quien en su momento  dijo que lucharía contra la politiquería y el clientelismo, e hizo lo contrario: concentró las energías en prolongar su gobierno, y les dio juego a politiqueros y politiqueras de más connotación. Uribe hizo parte importante de la tarea para aprovechar el apoyo de EEUU, conseguido por Pastrana, y recuperar el ejercicio del dominio eminente del Estado sobre el territorio, pero eso no es suficiente; el solo hecho de haber escogido a Santos como sucesor es error grave que justifica el paso al costado. Su participación en la estructura de poder debe ya concluir, y se debe revisar lo existente, para archivar el caudillismo propio de los regímenes presidenciales y construir estructuras más modernas: lo público tiene  mucho que aprender del sector privado en todo el mundo en asuntos de gobierno corporativo, y nuestro caso es apremiante, por la ausencia del Estado en la vida cotidiana de las periferias, que incluyen las barriadas de las ciudades. En esta materia Duque se ha limitado a hacer unas declaraciones imprecisas sobre la justicia, con una idea no elaborada de una supuesta Super Corte, y no ha demostrado interés serio en el asunto. Ni siquiera  ha abordado las razones por las cuales el  Legislador no es capaz de mitigar el caos nacional. Los interrogantes subsisten.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

* Imagen extraída de la página oficial de la Revista Semana.

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