El Poder Ciudadano

Es usual que la realidad colombiana genere sentimientos de indiferencia, impotencia, vergüenza e indignación que en la mayoría de ocasiones se expresan de manera privada y muy pocas veces trascienden a los escenarios públicos.

Este año ha sido particularmente generoso en situaciones que traspasan los límites de la moral y la ética, los cuales son publicados en los diferentes medios de comunicación –el cuarto poder- que diariamente presentan a la opinión pública un nuevo caso de abuso del poder o de corrupción.

Históricamente la sociedad se ha enfocado en que son los dueños del poder –empresarios o políticos- quienes se convierten en los protagonistas de acciones que pueden estar por fuera de la ley, pero con el paso del tiempo se puede constatar que hay una ciudadanía permisiva y en muchos casos cómplice de las actuaciones ilegales de los poderosos.

Este estado actual de decadencia por el cual pasa no solo Colombia sino también el mundo debe llevar a repensar el orden actual de las cosas. No se puede desestimar el hecho de que todos sin excepción tenemos intereses, ya sean políticos, económicos y hasta ideológicos que hacen parte de la misma condición humana.

Lo preocupante del asunto es que, en el caso de Colombia, esos intereses están por encima de la patria, de la ley, de la sostenibilidad ambiental, de la sana convivencia e inclusive de la vida misma.

Está también organizado el orden actual de las cosas, lo que algunos llaman el “establecimiento” que no se observa en el mediano plazo una renovación en el poder y en el liderazgo de lo público y lo privado. Inclusive la posibilidad de generar movilidad social que permita consolidar una clase media más robusta se ha ralentizado a pesar de que este sector de la sociedad es fundamental para el desarrollo económico y social del país.

Como ciudadanos debemos comenzar a debatir abiertamente y de manera sincera qué país –inclusive qué ciudad- queremos. Un país con grandes desigualdades sociales y económicas, con una preocupante concentración de la riqueza y niveles de impunidad insostenibles o uno con mayores oportunidades donde la educación pública y la salud tengan altos estándares de calidad que ayuden a cerrar la brecha social, donde lo público no sea sinónimo de enriquecimiento y corrupción y lo privado no se relacione con prácticas poco transparentes (recuerden el cartel del papel, del azúcar y pañales, Interbolsa, Odebrecht).

El diagnóstico es claro, las evidencias están por todas partes, pero hace falta una gran voluntad ciudadana para iniciar la transformación del país. Dos elementos claves son la sanción social en contra de los corruptos que se puede ejercer en el día a día y la otra es el poder del voto teniendo en cuenta las elecciones al Congreso y las presidenciales en el 2018.

Mientras esto sucede acostumbrémonos a respetar las leyes, a no abusar del poder, a reconocer nuestros derechos, pero también nuestros deberes como ciudadanos y a vivir en paz.

  * Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

* Imagen extraída de: Amateo Ra Disponible Online: LINK

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