El otro, el conquistador

La polémica y el enfrentamiento por acontecimientos históricos siempre está a la orden del día. Es la demostración de que la historia continúa, porque el pasado emerge desde las profundidades de la psiquis colectiva y de la individual. Y este fenómeno propicia nuevas dinámicas y conflictos.

Los encuentros con el “otro” distinto a “nosotros”, en muchos casos son verdaderos desencuentros. Y aún así sucede lo inesperado o no deseado, y es que como la vida tiene que continuar,  se genera un sustrato ideológico alimentado con lo que traen las  culturas de uno y otro contendor. Durante  la conquista española la fundación de ciudades fue un medio para imponerse sobre el pasado ancestral de culturas indígenas, estableciendo otra forma de vida y organización social. Vino entonces el surgimiento de muchas ciudades latinoamericanas bajo la dominación de pueblos con una cultura muy diferente, como le sucedió en tantos lugares del mundo a muchos imperios a través de los siglos. En esos procesos también se da el fenómeno de la negación del otro, en especial lo hace el vencedor.

Como quiera que sea, no puede olvidarse que la ciudad es un texto en el cual se escribe e inscribe la vida de sus moradores en trazos que reflejan su mentalidad y cultura. La arquitectura, sus edificaciones, calles, centro, vías y arterias, parques, plazas, miradores, monumentos, no son solo elementos físicos sino expresión con sentido de un hábitat . La construcción de una ciudad desde su inicio es la creación de un nuevo mundo, es un universo de tradición y significado. La ciudad es obra cultural de un pueblo, con la cual éste se identifica adquiriendo un sentimiento de pertenencia con ella.

Como lo expresa Mari Gennari en la obra Semántica de la ciudad y educación. Pedagogía de la ciudad, no debemos pasar por alto “la individualización de los nodos de la ciudad, esto es, los lugares que más la caracterizan y que permiten orientarse por su interior. Había que explorar estos lugares cuando la vida de la ciudad palpita en torno a ellos. Una gran plaza (…) es siempre un lugar de encuentro hacia el que el habitante, el visitante, el turista se sienten llamados por un reclamo oculto y lejano”. (p-120). Se entiende comprendido en esta idea un mirador que caracterice la ciudad, como es el caso del mirador con la estatua de Sebastián de Belalcázar inaugurada en 1937, en una colina de la ciudad de Cali. Allí han confluido varias generaciones de habitantes y turistas para su disfrute y e interrelación con la extensión de la ciudad y el paisaje.

La estatua de Sebastián de Belalcázar en el mirador es un ícono de la ciudad, que va más allá de la representación del ser humano que fue el conquistador, expuesto al juicio de la historia. A esto se suma el hecho cierto de que a partir del acontecimiento del dominio español, surgió una ciudad con esquemas administrativos y urbanos siguiendo modelos hispánicos, con todo lo bueno y malo que ello haya podido tener. Lo que se pretende subrayar es que guste o no, hay hoy en día  una relación de identidad de la ciudad con esa estatua en ese lugar.  Esta figura es una invitación a mirar la ciudad de Cali que se despliega en su entorno en una grandiosa panorámica. Es una obra actual, no una estatua desgastada como algunas, porque allí se entremezclan el espacio, la naturaleza y una de las mejores vistas de la ciudad, con la obra artística emblemática que dirige su mano sobre el horizonte, en dirección a la salida al mar. La estatua de Belalcázar hace del lugar un punto fijo en conexión con la urbe, distintivo de la misma. Ello no conlleva una glorificación de lo colonial, ni una devoción al conquistador.

Ya no hay un pensamiento colonial supeditado a lo español, hay en cambio hoy, nuevos conquistadores que van por otras riquezas con fines no santos, y sobre los cuales vale más ocuparse, que en estatuas del pasado. Es respetable sin embargo, el impulso del pensamiento anticolonial latinoamericano que de tiempo en tiempo, resiente los hechos dolorosos que cobraron la vida y la dignidad de individuos y pueblos. Es allí cuando se disparan juicios sobre la historia y los personajes que la protagonizaron. Se comprende ese sentir, y hay casos de casos en que se vale sacar del paisaje obras que los recuerdan. Mas lo ideal es revisar la historia con las luces y sombras de unos y otros que siempre las hay, a fin de reescribirla cuando no ha sido suficientemente contada, sin necesidad de borrar la otra parte o cara de la historia, o un elemento distintivo de la ciudad. En tal evento, se caería en lo mismo que se critica, esto es la negación del otro.

Para reescribir el relato o contraponer elementos que representan a unos y otros, hay más espacios, sitios o nodos en la ciudad (plazas, templos, lugares arqueológicos, archivos, museos) que la unen para relacionarse con la historia.  También pueden erigirse monumentos conmemorativos de la presencia de indígenas y negros, así como de sus cosmogonías, luchas y líderes omitidos en las versiones oficiales de la historia. En especial,  lo conveniente es visibilizar el drama y la suerte de los protagonistas en placas y textos educativos, e invitar a lecturas de los muchos episodios de la historia narrados en valiosas crónicas, documentos antiguos y estudios olvidados. Allí, se descubren importantes y apasionantes sucesos que contribuyen a conocer causas y efectos en nuestra realidad e identidad.

Foto: Mario Carvajal – CC BY 2.0

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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