• Lo público es demasiado importante para dejarlo en manos de oportunistas y politiqueros

El futuro de la Unión europea

En años recientes se ha cuestionado la viabilidad de la Unión Europea. Incluso algunos países no han renunciado a la independencia monetaria. En esencia, preocupa que la plena integración podría no ser la mejor solución para algunos miembros, porque sus economías tienen diferente composición, de manera que los cambios en valor relativo de los bienes y servicios de cada uno afectan la competitividad y el empleo. De otra parte, el libre flujo de las personas tiene limitaciones porque las culturas son muy diversas y los sistemas de seguridad social son nacionales. Además, las diferencias en marco normativo penal entre los países miembros agregan complejidad. Hoy es preciso revisar el futuro de la institución, ante la decisión de los votantes en Gran Bretaña de desvincular al Reino Unido.

Para entender la situación es conveniente la perspectiva histórica. Los países de Europa Occidental vivieron un proceso de integración paulatina desde 1951, cuando Alemania Federal, Bélgica, Francia, Holanda, Italia, y Luxemburgo conformaron la Unión Europea del Carbón y el Acero. En 1957 se firmó el Tratado de Roma, con el cual se creó el Mercado Común Europeo, cuyo propósito era la unión comercial y aduanera. Su ámbito de actividad se amplió en 1993, como consecuencia del Tratado de Maastricht, que estableció el libre flujo de bienes, capital y personas entre los países miembros. El nombre se cambió a Comunidad Económica Europea. Dinamarca, Irlanda y Reino Unido se vincularon en 1973, y España, Grecia y Portugal en los ochenta. A raíz del colapso del sistema soviético en Europa Oriental, un grupo grande de países se unió en los noventa, y se adoptó el nombre actual, con alcance más amplio. El crecimiento hizo más heterogéneo el conjunto, con espectro más amplio de desarrollo económico, social e institucional.

El resultado del referendo británico ahora ofrece la oportunidad de replantear los elementos básicos del complejo mecano, de manera que Escocia, Irlanda del Norte, Cataluña, los Países Vascos, Flandes y Valonia se integren de manera independiente y reduzcan el gasto público asociado a la instancia nacional, pues la Unión puede asumir papeles para ellas, como lo hace con Luxemburgo. Así, un esquema más fracturado puede permitir más autonomía regional y al tiempo menos gasto de funcionamiento total para lo público, pero también requeriría profunda revisión de la institucionalidad, para hacer más democrático el aparato de la Unión, cuyo Parlamento tiene escasa importancia, y cuyos comisionados son producto de negociación entre los gobiernos de los países.

La Unión Europea es caso extremo de complejidad en el necesario proceso de integración para capturar economías de escala en la gestión pública y peso relativo para la negociación internacional con EEUU, China y Japón. Es importante aprovechar para construir un esquema más sólido y, al tiempo, proteger los valores y la cultura de cada comunidad. Hay muchas consideraciones relevantes. Por ejemplo, en el caso de Grecia el turismo tiene importancia para la economía, pero también la hace volátil, porque el sector fluctúa con más amplitud que las economías de origen de los visitantes. Lo cierto es que la gestión pública en todo el mundo exige esquemas institucionales más flexibles y dinámicos, consistentes con el objetivo de comprometer a toda la especie con los propósitos de sostenibilidad social, económica y ambiental. Ojalá esta oportunidad ilustre en la materia a todo el planeta.

 

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

Deja un Comentario