El espíritu de los tiempos

“Ni un grado más, ni una especie menos” parece una frase del coro de ángeles que replica a Mefistófeles en el Fausto de Goethe, héroe trágico que apuesta su vida a la acción y al autodesarrollo. En realidad viene de la voz de los jóvenes en la marcha a favor del planeta y contra el cambio climático, realizada en días pasados a nivel mundial.  Ellos son voceros del clamor que se alza en los últimos tiempos ante la grave amenaza a la supervivencia en la tierra por obra del hombre, y representan la nueva sensibilidad a favor de las especies que la habitan.

Algunos tiempos se destacan por haber albergado ambientes cargados de fuerzas que representaron un desafío a lo establecido y la inversión de conceptos tradicionales o de acciones inconsecuentes con los derechos o con la existencia. Cuando se da este proceso histórico se habla del espíritu del tiempo cuyo significado fue acuñado con el término alemán “Zeitgeist” (Zeit:tiempo; Geist: espíritu), el cual se globalizó para referirse al alma o  al reflejo de un tiempo, época o pueblo.

En la llamada revolución del 68 confluyeron diversos factores y búsquedas de un mundo diferente. En medio de las pulsiones y reivindicaciones del proceso estuvieron en primera fila los más jóvenes con su ímpetu natural. En los años 60 se venía acumulando el descontento de los universitarios en Paris que reclamaban mayores libertades, la resistencia a la guerra del Vietnam, las rebeliones en Praga, las luchas por los derechos civiles y las protestas hippies de algunos herederos del sueño americano, que  originaron la más radical y trascendental ruptura con las tradiciones familiares de entonces y la sociedad de consumo.

Unos sueños no se realizaron, otros sí, algunos se perdieron en el camino de las drogas, también hubo violencia, movimientos pacifistas y reivindicaciones,  pero sobre todo el espíritu del 68 originó una contracultura. Ello significó una apertura hacia otras realidades, conocimientos y dimensiones más allá del mundo occidental, que se fueron acomodando y adquiriendo un lugar en el abanico de nuevos modos de vida. Desde ahí viene el acercamiento a creencias orientales, la vuelta a la naturaleza y el concepto de ecología, entre otros.

Ahora, por esos nuevos coros de ángeles, es necesario reconocer las fuerzas imperantes ante la amenaza al planeta que pone de presente el mito fáustico que avizora el destino del hombre moderno, cuando vende su alma al diablo. En el drama que envuelve el portentoso poema de Goethe con su profunda raíz metafísica, el doctor Fausto resuelve sus insatisfacciones y ambición adquiriendo un poder inconmensurable que le lleva a la seducción trágica de Margarita y a la posesión de tierras sin límites en el horizonte hasta su devastación física y espiritual. Sus conquistas, como sucede con el actuar del hombre sobre la tierra, se logra a grandes costos en un proceso dinámico y diabólico con sus dramáticos efectos.

El deseo de poder en Fausto es egoísta, busca someter la tierra y el mar sin consideración a la naturaleza, sin sentimiento por los otros, destruye para su propia satisfacción sin capacidad de mirar hacia el pasado. La vacilación no fue ajena a Fausto al escuchar el coro de los ángeles que anuncian la resurrección de Cristo y el repique de las campanas que remontan su memoria al tiempo de su niñez, ellas lo “llaman ahora de nuevo a la vida”, al de la felicidad de las fiestas primaverales, es un llamado que le impide dar el más grave paso, “¡Ah! Seguid sonando, dulces cantos celestes. Una lágrima corre, la tierra me recupera” (p28,29)

Para Fausto, el desarrollista, en el principio no fue la palabra, “En el principio era la Acción” (p42) y se lanza a actuar con frenesí. Construir y destruir, como toda acción, lleva en su entraña el error y con ello el infortunio. Las acciones del hombre que sin miramiento alguno solo busca satisfacer sus más íntimos deseos consumiendo irracionalmente, contaminando, socavando la tierra, desocupando los mares, sacrificando animales, emitiendo gases malignos, está robando un mundo posible a las generaciones futuras.  Si esta amenaza a la vida en el planeta no es suficiente para tomar medidas eficaces e inmediatas, no habría esperanza, pero siempre debe haberla si se lee el espíritu del tiempo y se atiende su clamor, vertiéndolo en políticas globales y locales de organizaciones, gobiernos, ciudadanos, profesores, niños  y jóvenes, con respeto y sin ideologías pues no es patrimonio de ningún partido sino de la humanidad.

Fuente imagen: https://bit.ly/2Uhb4gk

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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