Del caney al bulevar

La semana anterior tuve el inmenso placer de visitar al municipio de Buenaventura. Al igual que hace cuatro años que fui por última vez y que hace 20, cuando acompañaba a mi padre a sus visitas de negocios, resulta imposible resistirse al magnetismo que tiene el mar, la exuberante flora que rodea a la ciudad y el carácter alegre de la cultura del Pacífico. Por supuesto muchas cosas han cambiado: el rigor del conflicto armado no se siente ya en la vía que conecta al puerto con el interior del departamento, se evidencia algún desarrollo inmobiliario en la ciudad y la actividad portuaria da cuenta del crecimiento del comercio exterior desde y hacia Colombia. No obstante, la desazón se mantiene: la pobreza, el desorden y el desgreño saltan a la vista en casi todas las cuadras de Buenaventura y, no menos fuerte, se sienten las preguntas sobre cómo puede eso persistir en el principal puerto del país.

Los resultados sociales y económicos de Buenaventura no se compadecen con los recursos de los que dispone. Por ejemplo, la DIAN reportaba en 2014 un recaudo tributario en el puerto de 3,1 billones de pesos -algo así como 1% del PIB de Colombia-, mientras para 2016 el presupuesto aprobado por el Concejo Distrital fue de aproximadamente 510 mil millones de pesos; en contraste, Armenia, una capital departamental de similar tamaño, tuvo un presupuesto de 379 mil millones para la actual vigencia. La pobreza monetaria resulta un indicador mucho más elocuente: mientras en Armenia se registra 24%, en Buenaventura el indicador ronda más del 60%. Lo notable y lamentable del asunto es que, a diferencia de Armenia, el municipio vallecaucano más importante después de Cali es el puerto más importante de Colombia y la puerta del país al Pacífico. Parece que la gestión de la administración distrital y la clase política ha llevado a que el Estado colombiano tenga en Buenaventura a uno de sus más notables fracasos.

Al contar con unos minutos que me concedieron en la Junta Intergremial de Buenaventura, expuse algo que dista de ser un gran descubrimiento pero que debe recalcarse en todo momento: sin dirigencia política local consagrada al desarrollo del municipio, el progreso verá siempre obstaculizado su paso. En el Puerto es notable la desconexión entre los distintos sectores y de ello dio cuenta uno de los asistentes a la reunión: el alcalde, desde su posesión el pasado 1 de enero, no ha asistido a ninguna de las reuniones de la Junta en la cual tiene participación, para citar apenas un caso. Por supuesto, también desde los distintos niveles del Estado se espera un compromiso basado en la efectividad, la eficiencia y la transparencia para mejorar las condiciones de vida de los bonaverenses, que han padecido años de gasto público ineficiente, corrupción y desgreño administrativo.

¿Qué debe hacerse entonces para cambiar el panorama de Buenaventura? Además de la necesaria reingeniería de la administración pública del Distrito, urge focalizar los esfuerzos en la población más vulnerable: el 70,73% de los pobres de la ciudad, según Planeación Departamental, tiene menos de 35 años, lo cual se relaciona estrechamente con la violencia que se vive en el Puerto. Atacar este foco de pobreza y miseria debe ser una bandera del Estado en este punto del Pacífico colombiano, donde además se requieren esfuerzos en educación, infraestructura y desarrollo económico; por ejemplo, un plan de actualización de infraestructura -vías, servicios públicos, espacio público, parques, colegios, bibliotecas- demandará mano de obra y fortalecerá el tejido empresarial local a través de la demanda de insumos. Y esto no solo en la zona urbana: la zona rural, de mayor potencial turístico, exige actualización en servicios para los turistas que permita aprovechar el recurso natural único que tiene la región. En este distrito vallecaucano hay muchas oportunidades de negocios sin explotar plenamente.

Buenaventura es la ciudad del siglo XXI, pero se encuentra anclada en el siglo XX. Desde Cali y desde muchos sectores en Colombia debemos estar comprometidos para hacer del mayor puerto del país un símbolo de progreso y desarrollo. Si Antofagasta (la ciudad con el PIB per cápita más alto de América del Sur), en Chile, pudo prosperar teniendo el mar a un lado y al otro un desierto, ¿cómo no lograrlo con Buenaventura, rodeada de maravillas naturales y con recurso humano abundantes? El Grupo Niche y muchos autores del Pacífico nos enseñaron a gozar con canciones que recrean lo mejor del Puerto, ¿quién no bailó con el coro Del caney al bulevar, camino dos pasos aún sin saber a qué se refiere ese estribillo? Ya va siendo hora que no solo en la pista de baile nos acordemos de la ciudad donde, estoy seguro, reside buena parte del futuro de la región y de Colombia.

 

*Las opiniones aquí expresadas pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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