En defensa del Acuerdo

Las campañas para 2018 arrancaron y la polarización entre quienes se opusieron al Acuerdo con las FARC y sus promotores marca una distancia mayor.  Por un lado, los opositores están estancados en una retórica muy popular sobre los efectos adversos del Acuerdo, basados en una visión normativa que dista mucho de lo plausible y de lo fáctico. El ejemplo más elocuente es su crítica a la justicia transicional, basada en una expectativa vana que las FARC deberían recibir castigos proporcionales a sus delitos, aun cuando en cincuenta años de conflicto ha sido la impunidad uno de los elementos comunes. Ver a Timochenko en la cárcel es un escenario que muchos desearían, pero esto difícilmente se iba a conseguir por la vía negociada -y tampoco por la militar-; lo curioso es que Uribe, por ejemplo, sabe bien eso por experiencia. Y por el lado de los promotores del Acuerdo ha existido una persistente creencia que sus efectos son superiores a los que realmente tendrá, básicamente porque su retórica desconoce la existencia de otros actores al margen de la ley.

Hay que partir de una realidad: el Acuerdo está logrando que siete mil hombres alzados en armas, una estructura de guerra que hace poco más de una década puso en jaque al Estado colombiano, hayan reducido a cero sus acciones armadas y violentas y estén en camino de la reinserción. El CERAC, un instituto de estudios sobre el conflicto armado con muy buena reputación, estima que por cuenta del cese al fuego bilateral se han salvado alrededor de dos mil vidas en el último lustro. Debe tenerse, entonces, cierto grado de mezquindad política para pensar que el acuerdo de paz no sirve porque no salva muchas vidas.  Y debe tenerse otro grado importante de ignorancia, si se considera que, de los 12 mil homicidios anuales en Colombia, más del 90% se explican por cuenta de fenómenos asociados a problemas de convivencia ciudadana.

Pero el Acuerdo marca un hito en la historia de un país en conflicto y es un mensaje político poderoso. La estructura de la sociedad colombiana lleva décadas asentada sobre bases pre modernas, con expresiones profundas de exclusión y segregación social que han sido combustibles del conflicto armado. El gran logro del Acuerdo con las FARC es que pone sobre la mesa la necesidad de pensar una serie de reformas que cambien la cara al campo y a la política, unas reformas pendientes y que hasta ahora no se había tenido la voluntad de proponer y afianzar. Esas transformaciones profundas justamente constituyen la garantía para que en el futuro no exista necesidad de empuñar un arma para ser escuchado. Hacer trizas el Acuerdo, como lo proponen sectores radicales de la extrema derecha colombiana, sería marcar un retroceso cuyos efectos devastadores son apenas inferiores a los de la guerra.

Colombia no va a ser un país pacífico y próspero producto del Acuerdo. Hay expresiones de violencia y fallos estructurales de la sociedad que aún impiden que avancemos mucho más como nación. El Acuerdo es apenas una pequeña contribución, pero un gran punto de partida para apostarle a transformaciones profundas que ataquen, justamente, esos grandes problemas de la sociedad colombiana. Hacer trizas ese pacto de paz con las FARC es, por decir lo menos, una renuncia a pensar en el futuro y más bien devolvernos a 2002. Sería un gran salto hacia atrás.

  * Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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