Cultos y utopías

Vivimos una mala época para la buena política. No es extraño, hay muchos ejemplos en la historia de cómo en épocas de turbulencia se desbordan los límites de la razón y la moral. Son épocas de polarizaciones extremas que no vaticinan nada bueno. Los más polarizados dicen que quienes nos oponemos estamos buscando unanimismos inconvenientes. Todo lo contrario, son ellos quienes quieren imponer la unanimidad al no concederles a los otros el derecho de pensar diferente. Son ellos quienes destruyen la controversia, hacen imposible la discusión e inútil la argumentación.

Los grupos políticos más agresivos en esta lucha de sordos se están convirtiendo en verdaderos cultos. Cumplen con gran parte de los criterios usuales para reconocerlos. Veneran a un líder dotado de la más pura y bíblica inerrancia (es decir, libre de errores o fallas). El líder es omnisapiente. El disenso es condenado, y con tanta o más fiereza si quien disiente es o fue parte del culto. El líder tiene métodos intelectuales para descubrir la Verdad (con V mayúscula). Para el culto, todos sus miembros son buenos, todos los extraños a él no lo son (a menos que sean candidatos para proselitismo). Siempre hay agendas ocultas, a veces se le descubren solo al círculo más cercano al líder, muchas veces ni siquiera a ese círculo.

En un culto, el fin justifica siempre los medios o, más aún, los medios son santificados, aunque contradigan cualquier estatuto moral que fuera aceptado con anterioridad por el grupo. Al líder no se le pide nunca que rinda cuentas porque es inadmisible que haya hecho algo que no esté bien hecho. Un culto se refuerza cuando hay otro que se le opone. En esa situación deja de existir el individuo neutral. El cultista le explica acuciosamente qué es lo que ‘realmente piensa’ y ‘qué lo que quiere decir, cuando dice…’.

Quienes en las descripciones anteriores ven dibujados solamente a ‘los otros’ deberían revisarse un poco a sí mismos. El líder de culto descrito retrata, para algunos, a uno de nuestros políticos; para los otros es su antagonista el que está pintado. No es que todas las opiniones sean equivalentes, sino que, si no son ilegales, todas tienen el derecho a ser controvertidas con argumentos, no silenciadas con descalificaciones.

Los cultos llevan a utopías. Los falsos mesías convocaron a multitudes que no temían lanzarse a aventuras descabelladas y suicidas o a regalar todas sus pertenencias mientras esperaban la nave espacial que los iba a llevar al mundo perfecto. El siglo pasado, la humanidad vio cómo se asesinaron más de cien millones de personas por quienes prometían la llegada del “milenio”, una sociedad en la que todos serían felices en el futuro, y para la que no importaba sacrificar a tantos como fuera necesario en el presente. Esos líderes a los que se rendía culto absoluto surgieron desde las más extremas derechas e izquierdas. Ellos, como nuestros máximos polarizadores de hoy, no concebían la posibilidad de un diálogo entre personas que no están de acuerdo, solo sabían monologar.

Precisamente en momentos de crisis como los que vivimos actualmente debemos usar toda nuestra racionalidad, nuestra empatía y nuestros sentimientos morales (que están ahí) para no ser embrujados. Una estrategia posible es empeñarnos en pensar que nadie es tan malo como el demonio ni tan bueno como los ángeles. Que no hay verdades reveladas, y que cada decisión debe confrontarse autónomamente con los hechos y con una evaluación de los efectos que va a producir en la gente. Que hay que desconfiar de las promesas de paraíso, porque la expulsión no tenía tiquete de retorno. Somos humanos, y a lo único que podemos aspirar es a una sociedad humana, eso sí, cada vez un poco mejor.

Fuente: https://bit.ly/2Y7rBEL

Imagen: https://bit.ly/2N5XWFy

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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