Covid-19 y sociedad

La aparición de pandemias está documentada desde la plaga bajo Marco Aurelio. Tuvieron especial impacto la plaga bajo Justiniano y la peste negra de mitad del siglo XIV. La última de gran envergadura fue la Influenza Española, entre 1918 y 1920. Hace una década el brote de SARS, un virus en China, puso al mundo en alerta, pero el impacto fue modesto.

A finales del año pasado apareció en el mismo país una variante del virus, producto de mutaciones de naturaleza desconocida, con enorme potencial de dispersión y riesgo letal para una proporción no despreciable de quienes la contraen. La información proveniente de China, país con régimen totalitario, no es confiable: la palabra del partido comunista es la única y sus líderes administran la verdad para su conveniencia.

En democracias con disciplina social, como Corea del Sur, Japón y Taiwán, y en países de carácter autoritario, como Rusia y Singapur, han sido eficaces medidas restrictivas al contacto social, combinadas con el seguimiento a la interacción para detectar portadores asintomáticos con apoyo de la cibertecnología. En contraste, países desarrollados como Italia y España han enfrentado saturación de capacidad de las instituciones prestadoras de servicios de alta complejidad por personas contaminadas que requieren ayuda para respirar por el Covid-19.

Como los problemas ambientales y los riesgos potenciales de las guerras nucleares, las pandemias afectan a toda la especie, y trascienden fronteras. En la sociedad globalizada la posibilidad de que la contaminación llegue a todos los rincones del mundo es muy elevada. Llama la atención la debilidad de las instituciones supranacionales, mal diseñadas y además burocratizadas, para actuar con rapidez y eficacia.

Preocupa que cada país, y en algunos casos cada unidad política dentro de los países, tiene autonomía para tomar medidas con el fin de neutralizar el virus. No se entiende que se trata de un problema de acción colectiva, que requiere participación activa de toda la especie. No cabe evitar el riesgo con dinero o con contratos. Así, personalidades notables como el primer ministro de Gran Bretaña y el Príncipe Carlos, presunto heredero de la corona británica, han resultado positivos en pruebas de Covid-19.

La naturaleza de las pandemias obliga a concertar medidas preventivas de aplicación simultánea o cuasi simultánea. Además exige velocidad en los procesos de evaluación y aprobación de medicina preventiva y curativa. De otra parte, requiere medidas de economía de guerra, pues es preciso enfrentar la lucha contra virus o bacterias con recursos públicos, reasignar capacidades instaladas para abordar la emergencia y evitar el colapso de las cadenas de valor, y proteger a los estamentos vulnerables. Hoy hay recursos tecnológicos para estas tareas, pero no hay procesos públicos apropiados en el mundo desarrollado, y menos en el subdesarrollado.

La experiencia de vivir una pandemia debe iluminar la conciencia de los humanos: somos una sola especie, que compite con todas las demás por recursos, pero también coopera con muchas de ellas. Para asegurar la viabilidad económica, social y ambiental de su modelo de convivencia debe respetar el ambiente. La experiencia de 2020 debería impulsar modelos políticos diferentes, apropiados para administrar riesgos de dimensión extraordinaria, promover la armonía y facilitar la innovación.

Imagen: https://bit.ly/2yAnNBr

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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