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Corrupción totalitaria

Ahora que se viraliza hablar de corrupción pareciera que este asunto es algo extrañamente nuevo. La verdad sea dicha, desde la génesis del país este mal nos ha acompañado y se ha enquistado en todos los niveles de la sociedad.

Históricamente desde inicios del siglo XIX, se presenta el demonio de la corrupción con la llamada patria boba, donde algunos criollos recibieron prebendas para estar tranquilos y no sublevarse ante el dominio español. Así mismo se ve la perversión corrupta en los “prestantes” hacendados que para su acumulación económica se tomaron las tierras sin “dueño” que afloraba en la gran Colombia entre (1819 y 1831), generando pobreza a la mayoría de la población y poderío económico para unos pocos avarientos y monstruosos terratenientes. También se vivió al principio del siglo XX con la separación de Panamá que generó riquezas de millones de dólares para quienes negociaron dicho despropósito.

Ahora, en pleno siglo XXI, le siguieron a la corrupción de antaño, las pirámides o cadenas económicas de David Murcia, el carrusel nacional de la contratación, el negocio de la venta de ISAGEN, los sobrecostos de REFICAR y el más reciente escándalo de sobornos por la multinacional brasilera ODEBRECHT. La pandemia de la corrupción ha permeado la iglesia, la policía, la escuela y hasta los mismos órganos de control como la Fiscalía, la Contraloría o la Procuraduría. En nuestro país, el término corrupción se ha asociado ingenuamente a cobrar lo que legalmente no corresponde con una honesta actuación ética, política, humana y social. También se vincula con recibir coimas en relación a hechos indebidos, fraudulentos y pervertibles, todos “por debajo de la mesa”.

Es una lástima que se haya incorporado con una naturalidad abismal recibir sin merecimiento, recibir más de lo que corresponde, aceptar más de lo acordado, mentir y presentar como verdad eterna aquellos refranes o titulares de prensa que dejan una profunda huella de perjuicio moral y comunitario: “Como voy yo ahí”, “como vamos con la mermelada”, “aquellos reciben ají” o “usted no sabe con quién se metió”.

Por definición, la corrupción es la acción y el efecto de corromper (depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar y hacer deficientemente lo que se puede hacer bien). Así, la corrupción es, hacer las cosas ilícitas para sacar provecho personal o de grupo. Pensar por encima del otro, ir adelante con la habilidad del que rompe las reglas y usa el atajo. No trabajar y cobrar, infringir señales de tránsito, mentir y sacar provecho. Todas estas situaciones preocupan ante la crisis ético-política, moral y ciudadana que hoy carcome en su totalidad las instituciones colombianas.

Es crítico lo que pasa en la estructura y movilidad de funcionamiento de la policía, de las alcaldías, de las gobernaciones, de la iglesia, de la escuela, de la Fiscalía, de los medios de comunicación, de la familia, de la contraloría y de los órganos sociales y/o estatales visionarios de dar ejemplo y llevar control y/o justicia en todo sentido.

Como la corrupción se normalizó, se naturalizó o se cotidianizó. Es tan corrupto o igual de corrupto quien compra un CD pirateado,  se roba los panes de la escuela, la limosna de la parroquia, el martillo de la obra o las monedas del almacén, como quien se apropia de miles de millones de los recursos de todo un país y condena a la pobreza y la miseria eterna a sus compatriotas. Todo esta maldita corrupción acuña hoy la frase “sálvese quien pueda” porque la corrupción es enemiga de la paz, de la sana convivencia, del desarrollo social y de los DDHH y antípoda de los referentes éticos y morales de cualquier sociedad medianamente educada.

Finalmente, la premisa de salida está en rescatar la dignidad humana, la justicia y la verdad como bien común, denunciando a quien se oponga a hacer las cosas que le corresponde hacer bien y por comprender que  la corrupción aunque pervive, no es una cultura totalitaria de la población.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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