Con odio no habrá vida ni progreso

Faltando días para la segunda vuelta de las pasadas elecciones presidenciales, se realizó un almuerzo de periodistas con el candidato Iván Duque. Alguno de los presentes expresó que el país necesitaba una reforma inmediata de su esquema institucional, lo cual permitiría corregir las graves falencias en materia de administración de Justicia, lucha contra la corrupción, distribución del ingreso, seguridad ciudadana, ocupación del territorio, etc. En las intervenciones se argumentó que para lograr tal propósito además de acceder al Poder Ejecutivo, se requeriría contar con mayorías parlamentarias suficientes o considerar los procedimientos no libres de riesgo, representados por el referendo y la constituyente.

Tras varios meses de la posesión de Duque cuya bancada es minoritaria, las reformas se empantanaron. Muchos proyectos trascendentales siguen atrapados en ese remolino aperezado que es el Congreso. Entre tanto el desgate propio de la gestión cotidiana y las expectativas frustradas de la población quitaron al gobierno la posibilidad de intentar métodos extra parlamentarios de ajuste institucional.

Pero toda situación por mala que sea es susceptible de empeorar, así al marasmo descrito vino a sumarse el Covid-19. Lo que antes era lentitud se convirtió en virtual parálisis. Las prioridades debieron replantearse y los esfuerzos oficiales se han orientado a controlar los impactos negativos generados por el virus.

Como si lo anterior fuese poco ha estallado también una epidemia más mortífera y contagiosa. Es un morbo presente de tiempo atrás en nuestra historia patria contra el cual no hay antídotos. Me refiero a la epidemia del odio, esa emoción brutal y totalizante que lleva a negarle a quien piensa diferente el derecho a existir. Una pasión impulsada ahora con frialdad para obtener réditos electorales mientras Colombia se incendia de nuevo.

En esta dinámica de la confrontación sin tregua participan connotados actores de la vida nacional, congresistas, directorios políticos, medios de comunicación, empresarios, académico y sindicalistas. Tampoco faltan pastores y jerarcas del mundo cristiano quienes olvidaron su compromiso con el mandamiento del amor. Las consecuencias son evidentes: la polarización está haciendo que la gente del común se deje seducir por el tronar de los tambores que de nuevo convocan a la guerra.

La manzana de la discordia recurrente ha sido el acuerdo de paz. Buena parte de los empeñados en defenderlo o de sus malquerientes actúan declarando repulsa radical, abominación, contra las personas que tienen un enfoque distinto sobre el tema. Como si la paz y la justicia pudieran florecer en una sociedad cuyos integrantes tienen el corazón plagado de odio; como si la paz no debiera merecerse y ser construida en el ejercicio de la templanza y el perdón.

Siendo tal el contexto los ciudadanos conscientes de espíritu libre deberíamos evitar las conversaciones contaminadas de inquina, y la tentación de unirnos a los bandos en pugna situados a los dos extremos del espectro político. Más bien, nos corresponde buscar caminos junto a quienes apuestan por la convergencia y rechazan el odio. Y es que si no desterramos esta pulsión siniestra seremos territorio de muerte fratricida, nación fracasada donde no caben la vida con dignidad ni el progreso.

Imagen: https://bit.ly/2Q5jzHx

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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