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Comentarios a la tertulia “En busca de la nación colombiana” entre Daniel Pécaut, Alberto Valencia y Álvaro Guzmán

El pasado viernes 17 de noviembre tuvo lugar, en la casa solariega de la Sociedad de Mejoras Públicas, una interesante tertulia a propósito de la presentación del libro “En busca de la nación colombiana”, escrito a cuatro manos entre los profesores Daniel Pécaut y Alberto Valencia, con la presencia del profesor Álvaro Guzmán, como catalizador y provocador de algunas preguntas, formuladas posteriormente por varios asistentes al evento. Sea lo primero, felicitar a Rosita Villegas por hacer de la Sociedad mucho más que una congregación de ciudadanos interesados en la conservación del patrimonio público de Cali y proyectarla como una plataforma para la deliberación pública y la formación de ciudadanía, con la valiosa sinergia de Consorcio Ciudadano, bajo el liderazgo de Julián Garcés, y el decidido apoyo institucional de la Alcaldía. Con tertulias de este alcance, se va consolidando una “triple alianza” imprescindible en esta etapa de transición política que estamos viviendo, como debe ser la formada por la Academia, la Ciudadanía y la Administración pública. De alguna, forma el saber sobre el poder expuesto al debate público, para entre todos ir en la búsqueda de esa ignota nación colombiana. Por eso, valdría la pena que el próximo año estas tertulias públicas sobre el poder, el saber y la ciudadanía continuaran y se convirtieran en un ámbito para la deliberación, tanto más necesaria y urgente en época de elecciones. Quizás, así, encontremos un lugar acogedor, plural y abierto –como la solariega casa de la Sociedad de Mejoras Públicas– que nos permita trascender el grito de la polarización proselitista y la consigna descalificadora –propia de los certámenes electorales– por el argumento razonado y el debate crítico, consubstancial a toda democracia, para avanzar por la senda diversa y libre de la ciudadanía y abandonar la ruta estrecha, interesada y servil del clientelismo.

Volviendo al libro, pretexto para la tertulia, lo primero a resaltar es que se trata de una auténtica biografía intelectual, que nos permite conocer y comprender la extensa, rigurosa e inspiradora obra del profesor Daniel Pécaut, gracias a una fecunda amistad académica e investigativa con el profesor Alberto Valencia. En ese sentido, algo excepcional, pues leyéndola seguramente no sólo podremos comprender mejor a Pecaut, sino algo más importante, el laboratorio de su pensamiento, su proceso formativo y descifrar –con la ayuda de Valencia—sus claves secretas. Por todo ello es imprescindible su lectura, así como la gratitud hacia ambos, por revelarnos las intimidades de su relación académica, investigativa e intelectual, sin ninguna presunción y reserva, con toda la generosidad y amabilidad de que hicieron gala en la tertulia.

Entre luces y sombras

Ya entrando en el desarrollo de la tertulia, fueron muchas las luces, pero también las sombras que se proyectaron. Entre las luces, la inspiradora reflexión de Pécaut sobre esa especie de determinismo histórico-trágico, a manera de un eterno retorno, de la Violencia política como una fuerza atávica y casi natural, que nos impide salir del laberinto de las guerras y los ajustes de cuentas, por nuestra incapacidad –la ciudadana y la partidista— de proyectar una Nación donde la heredad sea compartida por todos, más allá de apellidos predestinados a gobernar y de privilegios a conservar. Reflexión que convoca, hoy más que nunca, el rol fatal de la indolencia y la desesperanza que jugó la abstención en el pasado plebiscito del 2 de octubre, ganadora indiscutible con el 62% frente a una polarizada opinión cercana al 38% de electores, como bien lo resaltó el profesor Pecaut. Una abstención que hoy nos tiene sumidos en un limbo macabro, entre la paz política y el pantano de una violencia ubicua e indescifrable, ensañada en liquidar líderes sociales y defensores de Derechos Humanos, cuya cifra superó con creces el centenar durante este primer año del supuesto “postconflicto”.

Por ello, las sombras que en mi opinión quedaron flotando en el ambiente y que tenebrosamente han recorrido nuestra historia y siguen gravitando sobre ella, son las proyectadas por las tesis del profesor Pécaut sobre el supuesto predominio de la civilidad en nuestra vida política, la continuidad de su institucionalidad democrática y el tímido protagonismo de los militares. Creo que esas tres constantes, más que mitos en nuestra realidad política, son tres poderosas y casi insuperables mitomanías que debemos cuestionar, develar y superar, si en verdad queremos vivir en una nación donde predomine la civilidad del poder ciudadano  –en lugar de la facticidad de la redes de la corrupción y el crimen—; la democracia, entendida y vivida modestamente como “aquella forma de gobierno que permite contar cabezas en lugar de cortarlas” (James Bryce) y no la actual forma de gobierno que tenemos, donde se cortan impunemente cabezas sin poder contarlas o, incluso, impedir que aquellos que ayer las cortaban, en desarrollo del degradado conflicto, se dejen contar en las próximas elecciones y, por último, donde los militares no sean esa otra cara de la “civilidad” que nunca responde por sus abusos y crimines –masacres, “falsos positivos”, desapariciones forzadas, desplazamientos masivos– y que hoy, incluso, tiene una especie de impunidad garantizada en la misma Justicia Especial de Paz (JEP), pues la responsabilidad de los mandos superiores quedó en suspenso, así como la obligatoriedad de los civiles de comparecer ante la misma.

Para ir disipando esas mitomanías fatales, vale la pena citar dos sentencias pronunciadas por pensadores afines con el profesor Pécaut por su indiscutible carácter y ejemplo democrático. Don Miguel de Unamuno, cuando en medio de la guerra civil española, expresó: “Es más fácil civilizar un militar que desmilitarizar a un civil”, y tal parece que lo está demostrando Timochenko frente a Álvaro Uribe. El primero, ya dejó las armas y las balas, y ahora sólo tiene palabras en busca de votos. El segundo, está empecinado en impedirle los votos, sin percatarse que así otros argumentarán que sin armas no valen, ni son nada. ¿Será que “los pactos sin la espada son sólo palabras”? (Hobbes) ¿Qué tipo de civilidad será esa? Y sobre la democracia, Robert Dahl, sentenció: “La democracia comienza en el momento –que llega después de mucho luchar— en que los adversarios se convencen que el intento de suprimir al otro es mucho más oneroso que convivir con él”. Está claro que, para muchos, en nuestra nación ese momento no ha llegado, pues exigen eliminar al otro del juego político, impidiéndole su participación. Quizá la búsqueda de la nación, entre nosotros, no sea otra cosa que la construcción de democracia, lo que es imposible sin civilidad en sus gobernantes y sin poder ciudadano en sus electores. Por ello, debemos darles continuidad a estas tertulias ciudadanas, con la hospitalidad de la Sociedad de Mejores Públicas y el respaldo de Consorcio Ciudadano y la Alcaldía. Felicitaciones.

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