¿Por qué Colombia no será como Venezuela?

Aunque a algunos partidos políticos les ha resultado muy rentable hablar de Venezuela como la amenaza más cierta que enfrenta hoy Colombia, la realidad es que invocar la crisis venezolana como el puerto de destino de los colombianos es una muy eficaz herramienta de propaganda política, pero, como casi siempre ocurre cuando se agitan las banderas dogmáticas, está lejos de ser cierto. Al mejor estilo de Hitler, que dibujó en el horizonte la amenaza judía y bolchevique para luego erigirse como el único capacitado para combatirla, hoy muchos en Colombia pintan la crisis venezolana para, obviamente, proyectarse como los únicos capaces de evitarla. No en vano hoy hay una paranoia anti-comunista que no se veía desde la Guerra Fría.

Pero, ¿por qué Colombia no será una nueva Venezuela?, el primer motivo -y más obvio, por demás- es que el modelo venezolano está naufragando y, aunque el votante promedio colombiano es poco informado, difícilmente una propuesta basada en chavismo va a prosperar en nuestro país. De hecho, los sectores más conservadores de la sociedad colombiana le otorgan unos poderes casi sobrenaturales a las FARC y a la izquierda radical colombiana cuando creen que en 2018 van a cambiar de un plumazo el modelo político y económico del país. Pero hay otros motivos que impiden pensar en Colombia como una próxima Venezuela:

Los determinantes históricos de ambos países son distintos. Mientras Colombia vivió durante el siglo XX sólo cuatro años de interrupción de la democracia por cuenta del golpe de estado de Rojas Pinilla en 1954, Venezuela inauguró el siglo pasado con la dictadura de Juan Vicente Gómez entre 1908 y 1935 y vuelve a caer en manos de otro dictador, Marcos Pérez Jiménez, entre 1952 y 1958. Si se quiere contrastar, mientras el 4% del total del siglo Colombia vivió bajo un régimen autoritario, los venezolanos vieron suprimida la democracia durante el 33% del mismo periodo, sumado a un intento de golpe de estado en 1992. De modo que no se entiende por qué, de repente, a los colombianos les gustaría un modelo basado en la supresión de la democracia. Por cuestiones históricas, parece improbable.

La revolución bolivariana tuvo un origen en el establecimiento, algo que contrasta con la paranoia que ha despertado el ingreso en la legalidad de las FARC. El cambio institucional que sufrió Venezuela provino de un coronel de las Fuerzas Armadas, Hugo Chávez, un representante del establecimiento que, incluso, no reveló sus pretensiones revolucionarias cuando fue elegido en 1998. Esto a diferencia de los dirigentes de las FARC, que provienen de la ilegalidad y no cuentan con vínculo alguno en el establecimiento. Resulta inverosímil creer que Timochenko o Iván Márquez van a pasar a ser caudillos populares y a controlar las instituciones del Estado y alinear al establecimiento para cambiar un modelo político, social y económico. Basta ver la estructura de financiamiento de las campañas políticas en Colombia para saber que las FARC no tendrán el poder para llegar muy lejos en el terreno electoral.

Alguna de las cosas que más lamenta uno del actual debate político es la pobreza argumentativa y la incapacidad de intercambiar ideas sin acudir a posturas maniqueas que separan a unos y otros entre buenos y malos. Si bien el comunismo y el socialismo han despejado las dudas sobre su fracaso, darle a quien cree en estas ideas una connotación criminal denigra completamente de los principios democráticos de la pluralidad y de la libertad de opinión. Por agitar las banderas de una falsa llegada del modelo venezolano a Colombia, estamos sacrificando el debate que conduce al pluralismo. Y esa sí es la puerta de entrada al autoritarismo.

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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