Cien años del Obrero: ¿el barrio está de moda?

El barrio está de moda. La frase vino a mi mente el pasado noviembre cuando Renata Lozano, la diseñadora caleña, hizo las fotos de su próxima colección —de moda— para el de fin año en La Matraca del barrio Obrero. Una frase que se me antojó descriptiva en su literalidad a la vez que sugestiva pues encierra la mirada encontrada entre lo perdurable, que se asocia a la palabra barrio, y lo pasajero que se relaciona al término moda.

Con el traje de publicista puesto unos minutos después, llegué a imaginarla como el eslogan perfecto para una quimérica o posible feria textil en un barrio de sastres y zapateros legendarios, como lo ha sido el Obrero: «El barrio está de moda». Quizás a Hernán Nichols le hubiera gustado ¿por qué no?

La sesión de la diseñadora fue unos días después de que la exreina Taliana Vargas y su esposo candidato a la Alcaldía de Cali, Alejandro Eder, contaran por redes sociales que habían llegado al barrio Obrero y a La Matraca, para celebrar el pasado día del Amor y la Amistad. Unos días antes de eso, tres célebres invitados a la Feria Internacional del Libro de Cali fueron advertidos por la gente del hotel: «No vayan a ese lugar, por favor, es muy peligroso».

Entonces los hechos contrastantes y la frase me dan una entrada, un lead, ahora que fui invitada a escribir en este espacio algunas reflexiones, miradas y rememoraciones en el marco de la celebración de los cien años del barrio Obrero de Cali.

Antes les cuento que acepté el reto por varias razones: la principal es porque creo fielmente que el Obrero, entre muchas otras cosas, ha sido una síntesis de lo que nos enorgullece culturalmente como caleños, al menos en esa identidad consolidada de ser una ciudad diversa, colorida y alegre. Y la segunda, porque conocí y vengo participando en algunos procesos en y sobre el barrio Obrero desde los albores del año 2000, hace diecinueve años. Ya cumplí la mayoría de edad como ciudadana asidua a ese espacio, por lo cual me entusiasma el poder hacerle este pequeño homenaje reflexivo.

Perdónenme, lectores, pues mis recuerdos me ayudarán a encontrar el hilo conductor. Llegué al Obrero gracias a que Leyda Santa, mi mamá, me invitó a conocer eso que ella había estado gestando, de la mano de Jaime Parra, desde hacía un tiempo en un lugar llamada La Matraca. Corrían los años noventa cuando Leyda soñó que una tienda de abarrotes y fuente de soda, de propiedad de Clímaco Parra, podía convertirse en salón de baile y centro cultural en el corazón de ese barrio, que colinda con el Sucre y está cerca al Calvario, dos territorios que como vimos, aún hacen temblar a los incautos.

Hoy muchos podemos dar fe: lo suyo no fue algo efímero, a fuerza de volver a la danza, de escribir una historia que la conectara con sus primeras memorias musicales y familiares, de querer sanarse en todas las dimensiones posibles la vida, de volverse a conectar con gente del barrio de su niñez y aprender de ellos algo más de su amor por la música, Leyda empezó a idearse exposiciones, traer obras para las paredes, brindar conciertos, audiciones, presentaciones de baile y conversatorios ahí, en el Obrero.

Lleva un cuarto de siglo invitando a que habitantes y foráneos saquen sus propias vivencias y conclusiones: una de ellas, que ese barrio no es simplemente «un sitio peligroso», sino que justamente es el corazón de ella y de muchos más. ¿Cómo lo hizo? ¿Por qué lo hizo? las respuestas dan para un par de capítulos que no se publicarán acá pero que desde ya podrían titularse Manual de antimarketing para proyectos culturales.

Lo que sí contaré es que comenzando los años dos mil, le dije que eso que ella estaba haciendo, en una historia íntima de resiliencia personal en ese lugar, y que estaba contagiando a muchas personas en Cali, merecía contarse. Me dijo que estaba de acuerdo y, mientras tomábamos una sopa de torrejas me nombró con su cariño de madre jefe de prensa de La Matraca. La joven entusiasta y recién graduada de comunicación, que era yo en ese entonces, tomó como un logro que, después de redactar un comunicado y de dar muchos golpes de puerta, la Revista Semana, RCN y casi todos los medios locales hablaran de ese lugar y de la agenda gratuita que Leyda se inventó en ese momento, hace 15 años: Gardel, 70 años de espera.

¿Por qué lo cuento? Porque para bien o para mal, esta vivencia se suma a muchas historias de personajes legendarios que han aportado, desde hace muchísimo años, para que el barrio Obrero cada vez más se convierta en una hito cultural reconocido por fuera de las fronteras de la ciudad de Cali. Y más allá de eso, una suerte de marca, ¿o sello?, para quienes llegamos a sus cuadras buscando nutrir nuestros proyectos y procesos creativos. Cabe resaltar que personas que nacieron y crecieron en el barrio Obrero se destacaron a nivel nacional en lo político, lo artístico lo deportivo y otros campos. Entre ellos, está Alex Escobar El Pibe del barrio Obrero, el compositor Volney Naranjo y el artista Edgar Álvarez, por mencionar solo un par. Así como personajes locales que le han dado una magia particular a esas cuadras: La Ibérica, gran bailarina popular que aún hoy vive en ese barrio, el Sastre Posú que le confeccionaba los trajes al legendario Piper Pimienta y Don Arcesio, el hombre más longevo del barrio que conocía toda la historia de sus calles, pues murió con más años de los que el barrio cumple hoy.

Hoy que se cumplen cien años de fundado el barrio Obrero, estas remembranzas me valen para resaltar que, desde hace un lustro, quienes nos dedicamos a las artes y también los que trabajamos desde otros ámbitos de la gestión cultural, (incluso en las que el Viceministro David Melo, a la luz naranja de la economía, define como «creaciones funcionales», en las que incluye la publicidad, el diseño y los contenidos digitales), hemos encontrado en ese territorio obrero elementos para seguir creando, viviendo y sobreviviendo.

Ese es uno de los puntos centrales de este texto: ¿qué indica lo anterior? Muestra que si tantos nos fijamos en el barrio Obrero desde diferentes orillas y con distintos propósitos es porque es un territorio valioso, no tanto a la manera que plantea la economía, veces roja otra veces naranja; es valioso cultural, social y humanamente para Cali. Eso hace que sea importante que las dinámicas y valores cotidianos que se han tejido en ese barrio tan particular sigan vigentes cien o mil años más. ¿Cómo lo vamos a lograr?

No comulgo con la idea de que la cultura debe ser siempre rentable y central para poder ser financiada por el Estado. El barrio Obrero —es decir, sus habitantes— han generado valor humano y social para Cali y si hoy está en el foco de muchos, pese a todas las dificultades socioeconómicas que han enfrentado sus vecindades por un siglo, debería ser menos motivo de lamento que de interés para detenerse y preguntarse: ¿qué implica tejer un proyecto cultural o de vida en o sobre el barrio Obrero? ¿Qué nos reclama, como ciudadanos, la realidad cultural de este barrio? Hoy lo veo un poco más claro que hace 19 años cuando conocí el barrio, o que hace 7 años cuando escribí la historia de ficción protagonizada por un personaje que fue la base del proyecto musical La Mambanegra: nos exige luchar por conservar cada vez más una coherencia entre lo que se publicita y la intimidad de lo que se confecciona o se gesta. ¿Me hago entender?

Con motivo de su centenario, se ha publicado en los medios de comunicación que una de las tareas, lideradas por la Junta de Acción Comunal es la remodelación del mismo, por lo que se invertirán cerca de $1000 millones. Y que Desarrollo Económico se está organizando una feria empresarial que será llamada ‘Del Obrero para el mundo’, que busca visibilizar a los comerciantes del sector y los productos que los han caracterizado por años, como la fabricación de calzado. (Mi sueño del eslogan «El barrio está de moda» no es un simple oxímoron).

Bien, celebro la inversión y en la lógica de lo expuesto resalto que eso no nos puede hacer perder de vista que, en ese lugar, el valor de lo comunitario ha estado muy por encima del valor de lo conveniente. Y que el barrio Obrero de Cali ha sido la prueba fehaciente que la cultura es valiosa, no solo por ser rentable. Por tal razón, lo mejor manera de ayudar a las personas del barrio es haciéndolas partícipes y que el posible beneficio económico que pueda llegar, se ejecute a la luz de fortalecer espacios y dinámicas en por de los lazos comunitarios para sus gentes, antes que nada.

El barrio Obrero, esa fuente de la que tantos bebemos los caleños y foráneos, por gusto y/o compromiso, es corresponsabilidad de todos. En estos cien años brindo para que los fuegos artificiales de lo pasajero no oculten lo genuino y perdurable que ese territorio nos ha legado como ciudad. Mi gratitud con la gente que baila y ve bailar sólo para arreglarse y alegrase la vida.

Feliz cumpleaños, barrio Obrero. Como cantó Chavela: «que el corazón no se pase de moda».

Imagen: https://bit.ly/2WWV94j

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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